miércoles, 15 de diciembre de 2010

ENTERRADO VIVO


Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.

El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd…

Edgar Allan Poe
El entierro prematuro

Quizá muchos piensen que el caso de los enterramientos de personas vivas sea una leyenda o producto de la imaginación de los escritores góticos, pero como el propio Allan Poe escribe en el cuento citado, él conocía algunos casos que referían los periódicos y revistas de su época. Claro que hay que decir que, la prensa sensacionalista y algunos autores sin escrúpulos, se inventaron muchos casos y fueron los causantes, en parte, de la psicosis colectiva sobre los enterramientos prematuros que recorrió la Europa, y en menor medida América, del siglo XVIII y XIX.

Este miedo atávico al enterramiento prematuro casi desapareció después de la Primera Guerra Mundial, en parte por los avances de la medicina, en parte porque el horror bélico lo tapó todo. Aún así seguían sucediendo casos aislados de presuntos cadáveres que “resucitaban” en la morgue o en el ataúd. Pero eran considerados accidentes y ya no despertaban la fascinación morbosa del público, por lo que los tabloides dejaron de recogerlos. La confianza en los médicos ganó terreno ante unos hechos que, de alguna forma, se vieron aumentados por la superstición y el interés por vender periódicos y libros.


Pero cualquiera que busque en los viejos legajos de la historia médica puede encontrar casos reales de este macabro fenómeno. Tanto es así que, los métodos e inventos para poder evitar un enterramiento en vida, eran comunes hasta el siglo XIX. En Inglaterra se creó la Sociedad Londinense para la Prevención del Enterramiento Prematuro, y sociedades similares existieron en otros países. Los primeros métodos utilizados fueron los pabellones de velatorios que tenían muchos cementerios para depositar allí los cadáveres un tiempo prudencial antes del enterramiento. Estos lugares se llamaron “Hospitales para los muertos” y se pretendía que los cuerpos estuvieran vigilados hasta que aparecieran los primeros indicios de putrefacción. A pesar que en 1787 el médico francés François Thiérry propuso en un libro que estos “Hospitales de los muertos” se construyeran por toda Francia, pronto se desestimó esta solución. Esto no impidió que en algunos países se llegaran a construir lujosos “observatorios de muertos” que sólo podían pagar las familias más pudientes. En 1797 se construyó uno en Berlín que, incomprensiblemente, tenía un pabellón para damas y otro para caballeros. Los ataúdes estaban unidos con unas cuerdas atadas a los dedos de los difuntos y a su vez ligadas a una gran campana que estaba vigilada día y noche. En Munich, en el año 1808, se inauguró un pabellón que, como en los viejos trenes, tenía departamentos de primera, segunda y tercera clase.

Luego estaban los ataúdes de seguridad. El primer artilugio de este tipo se le suele atribuir al duque Fernando de Brunswick allá por el año 1792. Se hizo construir un ataúd con respiraderos y una ventanilla para dejar pasar la luz. Tenía una tapa con cerradura y, llegado el caso, sus criados tenían orden de poner en su mortaja las llaves del féretro y de la puerta de la cripta. Menos lujosos y sofisticados que el ataúd del duque, también las empresas funerarias se lanzaron a la construcción de ataúdes que tenían, por ejemplo, tubos de respiración para los que no tenían cripta y eran sepultados en tierra. Campana y bocinas de barco completaban el particular ajuar funerario. Claro que también se tuvo en cuenta a los resucitados que, quizá, no tendrían la fuerza para jalar una cuerda. Pero los “tanatoinventores”, y perdón por neologismo que me acabo de sacar de la manga, encontraron una solución que parece un chiste pero es verdad. Como imaginaban que el muerto levantaría la cabeza de golpe y bruscamente, no se les ocurrió otra cosa que poner un timbre en un lugar estratégico para que el golpe accionara un artilugio mecánico que hacía sonar un timbre.

Hoy nos puede parecer muy raro, pero la certificación de los signos de muerte no era tan fácil y fue un tema de discusiones médicas hasta  hace bien poco, históricamente hablando. Los médicos alemanes se confesaban incapaces de distinguir un vivo de un muerto en ausencia de descomposición corporal. Por ello los métodos para certificar el óbito fueron de lo más peregrino. Punzar el cadáver con agujas, quemar con cigarrillos, descargas eléctricas, etcétera. De las más curiosas y que muestra que ni después de muertos nos dejan de dar por el… son los edemas de humo de tabaco (como muestra el dibujo del siglo XVIII). En 1784, el médico belga P. J. B. Previnaine recibió un premio de la Academia de Ciencia de Bruselas por un libro sobre la muerte aparente donde describía unos aparatos de su invención para administrar, mediante un fuelle, estos edemas de tabaco.


A los letraheridos como un servidor, el capítulo de los entierros prematuros literarios nos gusta especialmente. Quizá por lo tratado, no sea un libro agradable para alguna gente, pero es curioso e interesante. Eso sí, en mi opinión, el estilo es poco divulgativo y se hace reiterativo al repetir en diferentes capítulos las mismas cosas. Que le sobran 100 páginas, vamos. Pero en una época en que están de moda los “tochos” y si no escribes un “tocho” no vendes, pues que le vamos a hacer.

© JAVIER CORIA

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