lunes, 13 de septiembre de 2010

VIDA, OBRA Y PENSAMIENTO


Por Manuel García Viñó*

Cuando Carlos Luís Álvarez y yo trabajábamos en La Estafeta Literaria, ideamos una sección, que tuvo mucho éxito, en la cual, bajo el lema “Vida, obra y pensamiento”, publicamos una serie de estudios sobre escritores europeos contemporáneos, es decir, de la segunda mitad del siglo XX. La serie completa dio al final para dos libros, que constituyeron un excelente panorama de la literatura de dicho periodo.

Nunca pudimos incluir en la serie a ningún autor español y Carlos solía decir: “es que los escritores españoles tienen vida y obra, pero no pensamiento”.

Verdaderamente, teniendo en cuenta a quien pasaba entonces por el mayor escritor español ¿hay alguien, incluso entre los fanáticos e incomprensibles miembros de la Sociedad de Amigos de Cela, que se atreva a apuntar el contenido de un posible apartado sobre el pensamiento del gallego malhablado y peor desahogado, dilapidador senatorial de rumorosos ímpetus interiores, laxante literario, en certero juicio de Evaristo Acevedo, Evaristóteles, en su Cárcel de Papel? Seguro que no. Ni de sus contemporáneos españoles.


Sin embargo, por aquel entonces, iniciaban su andadura algunos escritores que sí tenían pensamiento, esto es, una concepción del mundo y de la vida, subyacente a sus obras de ficción, y una poética coherente. Tales: Alfonso Albalá, Alfonso Grosso, Juan Goytisolo, Vidal Cadellans, los incluidos en el grupo de la Novela Metafísica (Carlos Rojas, Andrés Bosch, Antonio Prieto, Manuel San Martín, José Tomás Cabot y yo mismo), Juan Ignacio Ferreras, Antonio Risco, José María Castillo Navarro... Increíblemente, la crítica, inclusive la universitaria, volvió la espalda a estos escritores que, además de escribir, pensaban. Tanto la crítica de derechas (Iglesias Laguna, Dámaso Santos, Blanco Vila, Rafael Conte, José María Guelbenzu, Darío Villanueva, Hipólito Esteban Soler, etc.), como la que se decía de izquierdas: Sobejano (que publicaba sus libros en Prensa Española, la editorial maoísta de ABC), Soldevila, Santos Sanz Villanueva, etc. Estos últimos, defendían con encono excluyente a los, no solamente superados, sino estéticamente impresentables Jesús López Pacheco, Armando López Salinas, Antonio Ferres, Juan Marsé, Juan García Hortelano... Es más, cuando ya hasta José María Castellet -probablemente, con el editor José Manuel de Lara (Planeta), uno de las dos personas más dañinas para la novela de nuestro siglo XX-, Castellet, digo, importador y promotor del realismo social, había decretado el fracaso de la tendencia y la nula entidad literaria de quienes la habían practicado, y girado sus versátiles y no excesivos talentos hacia todo lo contrario, el nouveau roman, dejando a sus pupilos con el culo al sol con calzoncillos nuevos, como decía el himno de falange; aún entonces, iba a decir, siguieron Santos Sanz Villanueva, Gonzalo Sobejano, Darío Villanueva e Ignacio Soldevila defendiendo lo indefendible con empeño realmente canonizable. De hecho, aún lo siguen defendiendo. Hay, verdaderamente, quienes tienen facilidad para equivocarse y constancia para persistir en el error.

M. García Viñó, en primer término, con su esposa la pintora Pepi Sánchez y Juan Ignacio Ferreras. Foto de M. García-Viñó Sánchez

Bueno pues, aunque no se note a primera vista, todo esto venía a cuento de unas declaraciones de Juan Goytisolo hace algún tiempo y he reencontrado ahora (El País, 29-abril-99), en las que decía cosas dignas de meditación. Declaraciones que configuran a un escritor como el Centro de Documentación de la Novela Española lo define y exige que sea, si quiere cumplir con sus cuasi sagrados deberes. Decía Goytisolo:

-Yo soy un escritor minoritario y no aspiro a que cambie mi suerte.

-Siempre he tratado de evitar en la medida de lo posible todos los festivales que acompañan a la tarea de escribir.


-Yo no soy un disidente, sino alguien que habla con voz propia.

-Sólo los que no aspiramos a premios, los que no concebimos la literatura como una carrera, tenemos libertad de expresión.

-Siempre digo que una buena editorial es la que publica libros que le dan el dinero suficiente para publicar otros que no le darán demasiado.

-En España se ha pasado de lo políticamente incorrecto a lo culturalmente incorrecto. Esto último no se prohíbe, pero no se difunde, y es muy raro escuchar voces propias.

Citaba Goytisolo una frase de Brodski: Cuanto más clara es mi voz, más disonante suena en el grupo de los que cantan a coro.

Yo quiero añadir, porque entiendo que ilustran las palabras de Goytisolo, unas de Nietzsche: Considerar el hecho de escribir como una profesión tendría que ser tomado, por lo menos, como una forma de estulticia. Y otras de René Daumal, aplicables a los profesionales españoles de la escritura: Se ponen a escribir con la esperanza de aprender lo que, en realidad, deberían saber antes de decidirse a coger la pluma.

El grupo de la novela metafísica (años 60/70), como el grupo reunido en torno a La Fiera Literaria, ahora mismo y desde hace quince años, han defendido todo esto, que significa, en suma, la europeización de la novela española, la eliminación para siempre de nuestras letras del costumbrismo y el casticismo.


*M. García Viñó se licenció en derecho por la universidad de Sevilla. Poeta, ensayista, crítico de artes plásticas y autor de veinticinco novelas entre las que cabría destacar: La pérdida del centro, Polución, Isla Mayor y El puente de los siglos. Como ensayista: Mundo y trasmundo de las leyendas de Bécquer, Teoría de la novela, La novela española del siglo XX, La novela española desde 1939: historia de una impostura o La gran estafa. Alfaguara, Planeta y la novela basura. En los últimos años desarrolla una intensa actividad como crítico literario desde el irreverente y transgresor libelo llamado La Fiera Literaria, del que es su cabeza visible.


Ilustración: "Manos que se dibujan" de Maurits Cornelis Escher

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