martes, 19 de enero de 2010

EPITAFIOS (I)


El epitafio, a lo largo de la historia, ha cambiado mucho. Los clásicos referían los honores que el finado había gozado en vida; lo que fue y a que clase pertenecía. Era el conocido como el cursus honorum, la carrera de los honores, de los que les traeré aquí algún ejemplo curioso.

En el siglo XIX, el epitafio era más transcendente, nos hablaba de lo que supuestamente será el difunto en la otra vida. Hoy el epitafio es casi inexistente salvo el meramente indicativo, el “Aquí yace” y poco más. Claro está que, en los panteones más ostentosos, el epitafio más repetido es el que mi amigo Manolo Chivite califica como “sagrado y solemne”: “Propiedad Privada”.

Actualmente, todos estos asuntos están viviendo (valga la expresión) un cierto auge. En Internet son innumerables las páginas que se ocupan de los epitafios o de los cementerios monumentales y curiosos. Las empresas dedicadas a la publicación de obituarios, libros de homenaje, álbumes de imágenes de recuerdo, etcétera, también son más comunes de lo que creemos. Lo último, son las webs dedicadas a los epitafios “ciberespaciales”. Los usuarios ya pueden dejar su epitafio, acompañado de poemas o fotografías, en lo que yo llamo “cementerios electrónicos”. Es una forma de dejar el recuerdo imborrable de nuestros seres queridos en la red de redes.

Entre los epitafios que yo he recogido, los que me llaman más la atención son los que se refieren a la mujer en los roles de la tradición machista. A saber: madre, hija y esposa fiel. En las que morían solteras se les suponía la virginidad, por lo que dicha “cualidad” era recogido en su epitafio. Este es un ejemplo del cementerio de Poblenou (Barcelona). Está en una tumba de 1840 y pertenece a una adolescente de 16 años:

“¡A su recuerdo! ¡Aquí! Bajo de aquesta fría losa

Yace una virgen llena de ternura;

Era sin par su gracia y tan hermosa

Que no merece el mundo tal dulzura;

La cruel parca no quiso, envidiosa

Que gozara un mortal cosa tan pura,

Y así, antes que verla en nupcial lecho

Cebó la rabia en su virgíneo pecho.”

 
Un ejemplo contrario lo encontramos en un epitafío, quizás apócrifo, que nos habla de una actriz de segunda en el Holywood de los años cincuenta. Sus supuestos amigos escribieron en su lápida:

“Al fin duerme sola”

 
Y el que sigue podríamos decir que es un canto a la mala suerte:

“Aquí yace Doña Mariana, que murió tres días antes de ser condesa”

Pero sin duda, como ya dije en una ocasión, mis preferidos son los recogidos por el gran Luis Carandell:

“Ya no tose”

 
Y…

“Murió sin dejar señas”.
© JAVIER CORIA

FOTO: © Javier Coria. “El beso de la muerte”, obra de J. Barba en la tumba de la familia Laudet (Poblenou). Película de b/n T-Max 400 ASA. Sin retoque digital, fondo oscurecido en el laboratorio durante el positivado.