martes, 31 de agosto de 2010

LAS PLAÑIDERAS (I)


EL LLANTO COMO PROFESIÓN

Desde la más remota antigüedad se tiene noticia de la presencia de mujeres pagadas para exteriorizar el dolor en los entierros. Las plañideras ejercían su profesión, que pasaba de madres a hijas, para dejar constancia pública del dolor de los familiares y era una forma de representación del status social del difunto objeto de sus llantos.

Desde el antiguo Egipto, Grecia y la Roma clásica, ha perdurado una de las más curiosas profesiones en torno a los ritos funerarios que aún en nuestros días se ejerce en algunos pueblos y culturas.

Plañir deriva del latín plangere que significa herirse, golpearse en el pecho o gemir y llorar en señal de duelo. Son varios los textos clásicos que hacen referencia a esta actividad, en la Ilíada de Homero por ejemplo. También en el que es considerado el relato de ficción más antiguo de la historia, la Epopeya de Gilgamesh, escrita en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme a finales del año 2000 a.C., aparecen plañideras. En la versión Babilónica Antigua se dice: “Para Tammuz, el amante de tu juventud, has ordenado llantos año tras año.” Y en otra tablilla podemos leer: “¡Escuchadme, ancianos, escuchadme: soy yo quién llora por Enkidú, mi amigo! Me lamento amargamente, como una plañidera.”

En sus Historias, Herodoto (c.484-c.424 a.C.) nos cuenta sobre los babilonios: “Entierran sus cadáveres cubiertos de miel y sus lamentaciones son muy parecidas a las que usan en Egipto”. Y sobre éstos últimos dice: “Se hieren en el pecho los asistentes, se maltratan, lloran y plañen”. También nos habla de las mujeres libias de las que dice que eran excelentes plañideras, como lo eran las plañideras de Cisia, una región de la antigua Persia. Pero Herodoto también nos describe un cortejo fúnebre egipcio con unos ritos comunes a otras culturas y épocas: “es costumbre que al morir un sujeto de importancia, las mujeres de la familia se emplasten de lodo el rostro y la cabeza. Así desfiguradas y desceñidas y con los pechos descubiertos, dejando en casa al difunto, marchan por la ciudad llorando y dándose golpes de pecho.” Se sabe que en dichas comitivas, además de los familiares, participaban plañideras profesionales que eran las que marcaban el ritmo, la frecuencia y hasta el volumen de los llantos y alaridos.

El Antiguo Testamento también nos habla de estas mujeres: “Atended, llamad a las plañideras, que vengan; buscad a las más hábiles en su oficio.” (Jer. 9:17). El uso de las plañideras pagadas o alquiladas estaba muy extendido entre los antiguos cristianos, aunque los padres de la iglesia primitiva condenaban esta práctica por ser en su mayoría ejercida por mujeres paganas que con sus llantos mercenarios, acrecentaban el dolor y el luto que no se correspondía con la esperanza de la vida eterna y la creencia en la resurrección.

LAS LÁGRIMAS DE LOS FARAONES

Las plañideras o Cantoras de la diosa Hator tenían mucha importancia en los ritos funerarios de los prohombres del antiguo Egipto. El mejor documento gráfico que se conserva de la labor de estas mujeres, lo encontramos en las paredes de las tumbas del Reino Nuevo así como en las del escriba real Jaemhet o los escribas de Amón, llamados Hori y Neferhotep. Aunque sin duda el más famoso de estos murales sea el del grupo de plañideras que decoran la tumba del visir de Amenhotep III, llamado Ramose (XVIII Dinastía), plañideras acompañadas por los portadores de ofrendas y del ajuar funerario. Esta pintura tiene muchos aspectos que la hacen singular en el arte egipcio, la composición, el uso del color, la perspectiva, el movimiento, que los personajes miren hacia arriba donde otra imagen nos enseña el transporte del catafalco poniendo en comunicación las dos pinturas… pero para el objeto de este trabajo lo importante es que sintetiza la parafernalia del oficio de las plañideras.


Las plañideras, siempre en grupos, eran las primeras en llegar a la casa del difunto y en ocasiones afeaban su rostro embadurnándose con barro del Nilo y vistiendo andrajos. Luego se preparaban para el cortejo fúnebre donde su labor no era meramente exteriorizar el dolor de la familia, sino que formaba parte de un complejo ritual que se componía del rezo de los sacerdotes, cánticos y danzas con el objeto de llamar la atención de los dioses y preparar al difunto para el último viaje. Las plañideras se purificaban con natrón, un carbonato sódico que se utiliza en la elaboración de jabones y de tintes, y se perfumaban con incienso. Vestían túnicas blancas o de un gris azulado, desfilaban descalzas, con los pechos descubiertos y tocadas con pelucas rizadas de las que se arrancaban los cabellos. Los lamentos y gritos, las letanías y los golpes en el pecho, se alternaban con ese movimiento de manos que podemos ver en el mural de Ramose, al parecer, las palmas hacia arriba significaban lamento mientras vueltas hacia el suelo eran un ruego por el alma del finado. El llanto está representado por pequeñas gotas que caen de los ojos y por las muecas de la boca en señal de dolor.

La profesión se transmitía de madres a hijas, por ello vemos a niñas que están aprendiendo el oficio y que repiten los movimientos de sus mayores. A veces la aprendiza se muestra desnuda y con la característica “trenza de la juventud”.

CONTINUARÁ...