domingo, 21 de febrero de 2010

PLAÑIDERAS EN ESPAÑA


Plañir deriva del latín plangere que significa herirse, golpearse en el pecho o gemir y llorar en señal de duelo. Son varios los textos clásicos que hacen referencia a esta actividad, en la Ilíada de Homero por ejemplo. También en el que es considerado el relato de ficción más antiguo de la historia, la Epopeya de Gilgamesh, escrita en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme a finales del año 2000 a.C., aparecen plañideras.

En la versión Babilónica Antigua se dice: “Para Tammuz, el amante de tu juventud, has ordenado llantos año tras año.” Y en otra tablilla podemos leer: “¡Escuchadme, ancianos, escuchadme: soy yo quién llora por Enkidú, mi amigo! Me lamento amargamente, como una plañidera.”

EL LLANTO COMO PROFESIÓN

Las plañideras, lloronas o plorantes, tenían mucha tradición en nuestros ritos funerarios y buena muestra de ello es que su nombre forma parte del lenguaje popular. Incluso hay refranes y expresiones que se hacen eco de ellas: “Te vas a quedar como la judía de Zaragoza, que cegó llorando duelos ajenos”, que nos habla de una afamada plañidera. En la Ría de Vigo es común la expresión: “Ir a chorar a Cangas” cuando se llora sin motivo, aunque se relaciona esta expresión con las plañideras de este lugar, más bien parece que alude al lamentable estado en que quedó la ciudad después de un saqueo turco. En nuestra literatura clásica hay muchos ejemplos donde son citadas estas mujeres que son conocidas con nombres diferentes, choronas en Galicia, ploraneres, ploramorts o ploracossos (estos últimos curiosamente eran hombres) en Cataluña, erostariak en Vizcaya (famosas eran las de Bermeo), aldiagileak en Guipúzcoa o nigareguileak en la Baja Navarra por poner sólo unos ejemplos.

Pero las plañideras no sólo lloraban, las llamadas endecheras entonaban cantos fúnebres (endechas) o elegías que, curiosamente, están en el origen de algunos palos del flamenco como la petenera. También estaban las que loaban y hacían panegíricos de los difuntos a los que, en ocasiones, simulaban conocer en una teatralización de la vieja costumbre de hablar bien del finado porque, según creencia ancestral, podían volver para importunar a los vivos. De ahí el dicho popular de: “Dios te libre del día de las alabanzas”.

Autoridades civiles y eclesiásticas en diferentes épocas, intentaron terminar con este ritual que consideraban irreverente. Ya en el siglo XIV se hicieron leyes para erradicar el uso de las plañideras y prohibir los banquetes fúnebres. El Fuero de Vizcaya también intentó poner coto a esta práctica que poco a poco fue cayendo en desuso. En las iglesias se conservan autos donde los Obispos daban poderes a los curas de las parroquias para que prohibiesen la acción de las plañideras dentro de los templos ya que entorpecían con sus llantos los oficios y, en ocasiones, llegaban a tirarse encima de los féretros con gran alboroto. En uno de estos autos fechado en 1732 se dice: “Que las personas que asisten con clamores a los entierros, el cura las multe a su arbitrio implorando el auxilio de la justicia secular”.

En Cataluña tenemos algún rito curioso. En las ceremonias fúnebres de las clases acomodadas era costumbre alquilar ploraneres que, pagadas con un real, a veces tenían que recorrer grandes distancias para ejercer su oficio. Los cortejos funerarios se componían de varias mujeres con cuévanos portando obleas y niños con antorchas o faroles. Era costumbre terminar con el llamado banquete de exequias. El folclorista Joan Amades nos refiere la existencia de un personaje curioso que antiguamente tenía un importante papel en los entierros en la comarca del Vallès (Barcelona). Se trataba del ofertaire (ofertante) que se escogía entre el vecino más próximo al difunto sin importar que incluso estuvieran enemistados. El personaje, ataviado con capa y sombrero de copa, abría el cortejo portando un cesto con pan y vino cuya cantidad dependía de la importancia del entierro. El ofertante se sentaba apartado de los demás en la iglesia y hacía su ofrenda al cura, ofrenda que acompañaba de unas limosnas que corrían a cargo de la familia del difunto. Luego era el encargado de despedir a los presentes en nombre de los deudos.

Nota: Hace años escribí un trabajo, aún inédito, sobre la historia de las plañideras. Desde los faraones, pasando por Grecia y la Roma clásica. Este texto es una parte de aquel trabajo. Como también incluía, de forma telegráfica, algunos ritos funerarios curiosos de nuestro país, pues si tienen paciencia, los iré colgando aquí. Se aceptan aportaciones.

JAVIER CORIA

FOTO: © Javier Coria. Cementerio de Montjüic (Barcelona).