miércoles, 1 de septiembre de 2010

LAS PLAÑIDERAS (y II)

GRECIA Y LA ROMA CLÁSICA

Las viejas tradiciones confieren a los difuntos el poder de interceder por nosotros ante los dioses y el miedo a importunar a los espíritus y que volviesen para vengarse, hacían de los ritos...

funerarios una necesidad que era preciso cumplir con todo su rigor.

En la Grecia y la Roma clásicas, no enterrar a sus muertos suponía condenarlos a vagar eternamente. Pero en los ritos no sólo se buscaba el descanso de los fallecidos, sino también el de sus deudos que exteriorizaban su dolor y lo socializaban entre la comunidad.

Aparte de las creencias religiosas y transcendentes, el entierro y sus ritos también tenían una función de representación social, de muestra del poderío económico, por ello era habitual entre los poderosos de la época preparar unos funerales más costosos que las propias ceremonias nupciales. Pero incluso los más pobres, guardaban dinero para asegurarse un entierro digno o se agrupaban en asociaciones funerarias, como los modernos seguros de decesos, para garantizarse unos mínimos ritos mortuorios que dejaran constancia de su paso por esta vida.

Los griegos además de rendir culto a sus diversos dioses y a sus héroes cuya muerte en combate la llamaban kalos thánatos (bella muerte) en las oraciones fúnebres, veneraban a sus difuntos ya que creían en la otra vida. Los sacrificios, la ofrenda de comida y los ajuares funerarios, se renovaban periódicamente pues creían que el difunto los necesitaría en su nueva morada y podría venir a reclamarlos. Era importante ser enterrado en su localidad natal y siempre que se podía, se repatriaba a los cadáveres que morían fuera de ella. En honor de los héroes, se celebraban competiciones que están en el origen de los Juegos Olímpicos. Preparado el cuerpo con baños y ungido en aceite y perfumes, se ponía una moneda en la boca para que pagara a Caronte, el barquero de la muerte que la ayudaría a cruzar los ríos infernales como el Aqueronte.

Pero los griegos temían a los difuntos y sobre todo a la putrefacción y la impureza de la muerte, por ello las ceremonias de purificación y limpieza eran largas. Delante de la casa del difunto se ponía un jarro con agua y la rama de un ciprés. Los visitantes se lavaban al entrar y al salir y después del entierro o cremación, todos los familiares se bañaban y la casa era barrida hacia fuera y después purificada con agua de mar. La presencia de las mujeres en los velatorios, estaba restringida a las parientas próximas. Pero era común contratar a plañideras que se alisaban el pelo delante del muerto y eran las encargadas del treno fúnebre. Eran famosas las plañideras griegas que podemos ver representadas en el arte funerario, tanto que hasta nuestros días ha llegado el dicho: “Llorar como plañideras griegas”.


Los ritos romanos eran muy complicados y largos. Cuando el difunto había tenido un poder político o social muy elevado, había ofrendas que a veces incluían cabellos del fallecido, sacrificios de animales, banquetes y los “juegos fúnebres” que incluían pruebas de lucha, carreras de carros, etc., los juegos y los banquetes fúnebres se celebraban a los nueve días del fallecimiento y recibían el nombre de novendalia. Cuando la persona estaba en trance de muerte era depositada en el suelo y, cerrándole los ojos, era besada por un ser querido. Luego se ponía en un altar doméstico (lararium) y se producía la conclamatio, donde los presentes llamaban al difunto por su nombre, era una forma de comprobar la muerte real y una despedida. Lavado y preparado el cuerpo con ungüentos y perfumes por los empleados funerarios, se preparaban las exequias.

El entierro de los humildes se hacía de noche y siempre era la inhumación la fórmula empleada, ya que era más barata que la incineración. Las diferencias sociales, de edad y de sexo, se hacían patente en los entierros romanos, algunos como Cicerón trataron de poner coto a los fastos y los gastos excesivos de las exequias pero sin mucho éxito. El entierro de los niños por considerarse antinatural y motivo de un miedo supersticioso, casi se hacía a escondidas. La inhumación o la cremación conformaban los funerales romanos, pero en todas ellos jugaban un papel importante las plañideras. Con el pelo suelto y despeinado seguían al cortejo de músicos, parientes y amigos, con sus cánticos y sollozos y, como las mujeres de la familia, solían arañarse y rasgarse las vestiduras.

Curiosamente aunque el barroquismo, la pompa y la teatralización del duelo y los entierros fueron decayendo con el paso de los siglos por diversos motivos que no son objeto de este trabajo, el uso de las plañideras se mantuvo en el tiempo hasta bien entrado el siglo XIX y aún hoy, en algunas zonas y culturas, se sigue ejerciendo este oficio.

PLAÑIDERAS EN ESPAÑA

Las plañideras, lloronas o plorantes, tenían mucha tradición en nuestros ritos funerarios y buena muestra de ello es que su nombre forma parte del lenguaje popular. Incluso hay refranes y expresiones que se hacen eco de ellas: “Te vas a quedar como la judía de Zaragoza, que cegó llorando duelos ajenos”, que nos habla de una afamada plañidera. En la Ría de Vigo es común la expresión: “Ir a chorar a Cangas” cuando se llora sin motivo, aunque se relaciona esta expresión con las plañideras de este lugar, más bien parece que alude al lamentable estado en que quedó la ciudad después de un saqueo turco. En nuestra literatura clásica, hay muchos ejemplos donde son citadas estas mujeres que son conocidas con nombres diferentes, choronas en Galicia, ploraneres, ploramorts o ploracossos (estos últimos curiosamente eran hombres) en Cataluña, erostariak en Vizcaya (famosas eran las de Bermeo), aldiagileak en Guipúzcoa o nigareguileak en la Baja Navarra por poner sólo unos ejemplos.


Pero las plañideras no sólo lloraban, las llamadas endecharas entonaban cantos fúnebres (endechas) o elegías que, curiosamente, están en el origen de algunos palos del flamenco como la petenera. También estaban las que loaban y hacían panegíricos de los difuntos a los que, en ocasiones, simulaban conocer en una teatralización de la vieja costumbre de hablar bien del finado porque, según creencia ancestral, podían volver para importunar a los vivos. De ahí el dicho popular de: “Dios te libre del día de las alabanzas”.

Autoridades civiles y eclesiásticas en diferentes épocas, intentaron terminar con este ritual que consideraban irreverente. Ya en el siglo XIV se hicieron leyes para erradicar el uso de las plañideras y prohibir los banquetes fúnebres. El Fuero de Vizcaya también intentó poner coto a esta práctica que poco a poco fue cayendo en desuso. En las iglesias se conservan autos donde los Obispos daban poderes a los curas de las parroquias para que prohibiesen la acción de las plañideras dentro de los templos ya que entorpecían con sus llantos los oficios y, en ocasiones, llegaban a tirarse encima de los féretros con gran alboroto. En uno de estos autos fechado en 1732 se dice: “Que las personas que asisten con clamores a los entierros, el cura las multe a su arbitrio implorando el auxilio de la justicia secular”

CURIOSIDADES SOBRE RITOS FUNERARIOS

GALICIA: La leyenda de la “Santa Compaña” o la peregrinación a San Andrés de Teixido (“vai de morto quen no foi de vivo”) con claras influencias druídicas sobre la transmigración de las almas, son algunas de las curiosas tradiciones que aún existen en Galicia en torno a la muerte. Entre ellas destacan las procesiones votivas de las mortajas o procesiones de los ataúdes. Son varias localidades gallegas donde se realizan estos cortejos fúnebres figurados que proceden de la Edad Media. La Romería de los Milagros de Amil o la de Santa Marta de Ribarteme en Pontevedra son muestra de ellos. En La Puebla del Caramiñal, en La Coruña, el tercer domingo de septiembre y dentro de la Fiesta del Divino Nazareno, tiene lugar la Procesión das Mortaxas que data del siglo XV. En ella los oferentes u ofrecidos desfilan dentro de un ataúd portado y seguido por sus familiares simulando su propio entierro. Luego los ataúdes son subastados o quedan como exvotos en la iglesia y comienza la fiesta donde, como decía Álvaro Cunqueiro: “Los muertos comen con los vivos”. Promesas o el considerarse salvado de la muerte o la enfermedad por algún milagro, suelen ser los motivos que llevan a realizar este curioso ritual que, de alguna forma, pretende engañar a la parca, pero también es la expresión plástica del rito que encontramos en todo camino iniciático que comienza con una muerte simbólica y una resurrección, un renacer a lo nuevo.


CATALUÑA: En las ceremonias fúnebres de las clases acomodadas, era costumbre alquilar ploraneres que, pagadas con un real, a veces tenían que recorrer grandes distancias para ejercer su oficio. Los cortejos funerarios se componían de varias mujeres con cuévanos portando obleas y niños con antorchas o faroles. Era costumbre terminar con el llamado banquete de exequias. El folclorista Joan Amades nos refiere la existencia de un personaje curioso que antiguamente tenía un importante papel en los entierros en la comarca del Vallès (Barcelona). Se trataba del ofertaire (ofertante) que se escogía entre el vecino más próximo al difunto sin importar que incluso estuvieran enemistados. El personaje, ataviado con capa y sombrero de copa, abría el cortejo portando un cesto con pan y vino cuya cantidad dependía de la importancia del entierro. El ofertante se sentaba apartado de los demás en la iglesia y hacía su ofrenda al cura, ofrenda que acompañaba de unas limosnas que corrían a cargo de la familia del difunto. Luego era el encargado de despedir a los presentes en nombre de los deudos.

EUSKADI: De la tradición vasca sobre los “ritos de paso”, comentamos aquí el que se refiere a “Los caminos de los muertos”. Con el nombre de hil-bidea (camino del cuerpo) o anda-bidea (camino de andas, por el tablero con dos varas paralelas utilizado para transportar al difunto) se conocían unas sendas o caminos que usaban los habitantes de los caseríos dispersos para llevar los cadáveres al cementerio del pueblo. Cada caserío o grupo de ellos tenía su propio anda-bidea que venía marcado por la tradición y la costumbre, no importaba que hubiera caminos más cortos y cómodos, nadie osaba llevar a sus muertos por otro camino que no fuera el marcado por sus antepasados. Por él venía el cura a dar el viático, el sacramento de la eucaristía a los enfermos en trance de muerte, precisamente viático procede del latín viaticum que es vía o camino, y por dicho sendero se conducía al muerto hasta su última morada. Una ley no escrita prohibía construir casas junto a estas vías, cultivarlas o vallarlas, allá por donde pasara la comitiva mortuoria, se convertía automáticamente en camino franco, en camino público. Cosa que tenían muy presente los propietarios de los terrenos lindantes que debían que vigilar que estos cortejos no entraran en sus tierras convirtiendo así el terreno pisado en tierra baldía.
JAVIER CORIA

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