sábado, 29 de mayo de 2010

CONAN DOYLE: ¿ASESINO?


Sobre la leyenda que aseguraba que Conan Doyle asesinó a un tipo para robarle la idea del “Sabueso de los Baskerville”, un amigo, ilustre miembro del Círculo Holmes de Barcelona me remitió hace tiempo lo siguiente que ahora pego aquí.

CONAN DOYLE NO FUE EL ASESINO DE FLETCHER ROBINSON…

Contagiado este sábado brumoso del espíritu latino que se apoderó de Sherlock Holmes, aquella vez que disfrazado de anciano sacerdote italiano escapaba de las garras del insidioso Moriarty, leo con sumo agrado la referencia que el ilustre Lord Greystoke (el genuino aristócrata con marca de la casa of course) formula sobre cierta infame calumnia, aflorada hace unos años, que acusaba malignamente a Sir Arthur Conan Doyle de envenenar y robar la idea de El Perro de los Baskerville, a uno de sus mejores amigos.

A pesar de que los círculos holmesianos de todo el mundo corrieron a desprestigiar semejante nadería, sólo comparable a otro impagable libelo, que afirmaba que el detective de Baker Street era un plagio de un autor francés (¡¡¡Mon Dieu!!!), recogiendo el docto guante que siempre supone la gentil invitación, que nuestro selvático Lord me realiza, procedo a relatar el caso, tal y como lo conozco:

A principios del siglo XX, Conan Doyle, convaleciente de una molesta enfermedad, decidió pasar unos días en Cromer (Norfolk) en compañía de Bertram Fletcher Robinson, un amigo suyo, editor de Vanity Fair y que había sido corresponsal en Sudáfrica, durante la Guerra de los Boers. El tiempo borrascoso y el ambiente agreste de la zona, encendió (con la ayuda del tabaco fuerte de pipa y el whisky) la imaginación de ambos ilustres camaradas. Una tarde, sentados junto al fuego, mientras soplaban los fuertes vientos del Norte y la tormenta amenazaba con inundar el condado, tras una animada charla sobre espectros descarnados y demás aparecidos, Fletcher Robinson narró la atroz leyenda popular de un sabueso infernal, que había asolado aquella inhóspita y húmeda región. Como experto cronista, Fletcher Robinson brindó con su estilo colorista e intenso, una idea sin par al bueno de Conan Doyle: la novela de ese ser del averno, que perseguía a los descendientes de una antigua familia local. No hay que olvidar que Conan Doyle ya poseía cierta experiencia en la escritura de relatos breves de miedo y horror, por lo que materializar la idea con éxito, no iba a suponer dificultad alguna para él. Entre ambos amigos esbozaron el esqueleto inicial de la trama, y aunque Conan Doyle ofreció que Fletcher Robinson colaborar con él en el texto definitivo, el otro se contentó con que se lo dedicase.

Aun así, Fletcher Robinson le acompañó a recorrer y explorar la neblinosa zona, tomando notas de los paisajes y ambientes oscuros, que después plasmaría en su obra. De hecho, buena parte de la novela se gestó sobre la marcha, a medida que caminaban por la desabrida meseta y las cavernas prehistóricas. La idea y la temática estaban sembradas, pero hacía falta un protagonista. En principio, era imposible que Sherlock Holmes tomase las riendas del caso, pues Conan Doyle lo había "asesinado" en su última historia, años antes, tras su batalla final con Moriarty. Sólo había una solución: Sherlock Holmes sería el protagonista, pero no volvía a la vida, para tristeza del lector. La trama no era más que un caso anterior a su muerte. Una crónica perdida del Doctor Watson, que ahora veía la luz, pero el detective seguiría reposando en el fondo de las burbujeantes cataratas de Reichenbach. En teoría para siempre. Descanse en paz...

El pobre Conan Doyle no sabía que su criatura de papel iba a obligarle a que lo resucitase, mucho antes de lo que él creía...


Hasta aquí "el como fue" de la gestación de una de las mejores novelas del autor de Sherlock Holmes, publicada por entregas en el Strand Magazine, a partir de agosto de 1901.

No obstante, como tan solo en las primeras ediciones de El Perro de los Baskerville se citaba la dedicatoria a Fletcher Robinson, omitida en las posteriores versiones, hasta la fecha, un retorcido "investigador" (por bautizarlo de algún modo) llamado Rodger Garrick-Steele fabuló ante Scotland Yard, en el año 2000, tras 11 años de estudios, que Conan Doyle, en colaboración con Gladys, la esposa de Fletcher Robinson (de la que era su amante ocasional), envenenó a base de láudano a su amigo, para evitar que fuese él, el que escribiese la novela.

Oficialmente, Fletcher Robinson falleció en 1907 a la edad de 36 años, víctima de fiebres tifoideas. Los síntomas son similares a los del envenenamiento por tamaña y letal droga.

Más allá de los mil peros que se pueden poner a las tesis de Garrick-Steele, al igual que sucede con las que cada año identifican a Jack el Destripador con el más improbable de los personajes, si Conan Doyle hubiese querido acabar con su competidor literario, debería de haberlo hecho antes de que se publicase la novela, para evitar repercusiones posteriores. Por otra parte, si bien es cierto que Fletcher Robinson había publicado un relato sobre la leyenda del sabueso, su texto era más una crónica periodística, que una novela en sentido formal, y Conan Doyle nunca negó que la idea de la historia era propiedad de su amigo. Él sólo se había limitado a tomar una leyenda e incluirla en un relato detectivesco al uso. De ahí la dedicatoria del texto, a pesar de las lamentables omisiones posteriores.


Aunque Sherlock Holmes afirma que cuando se ha excluido lo imposible, lo que queda por improbable que sea ha de constituir la verdad, me parece que en este caso, Garrick-Steele se lo creyó a pies juntillas y fue demasiado lejos.
© Jaume Gabaldà (John Hector McFarlane)

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