lunes, 18 de noviembre de 2013

LA BELLA IMPERIA


Para ir al Concilio de Constanza el arzobispo de Burdeos había incluido en su séquito a un curita turenés bien apersonado, cuyos modales y discurso eran, cosa cara, exquisitos, tanto más cuanto que pasaba por ser hijo de la Soldée (1) y del gobernador.

El arzobispo de Tours se lo había entregado gustosamente a su cofrade cuando aquél estuvo de paso en la ciudad, por aquello de que los arzobispos, sabiendo cuán agudos son los pruritos teológicos, se hacen regalos entre ellos.

Así pues, al concilio vino ese joven cura y fue alojado en casa de su prelado, hombre de buenas costumbres y de gran saber.

Philippe de Mala, que así se llamaba el cura, resolvió obrar bien y servir con dignidad al que le promovía, pero vio en aquel concilio mistigórico mucha gente de vida disoluta, sin que por eso obtuvieran menos, sino que por el contrario, poseían más indulgencias, escudos de oro y beneficios, que todos aquellos prudentes y comedidos.

Pero hete aquí que una noche, dura para su virtud, el diablo le susurró al oído y entendimiento que ya era hora de que hiciera su provisión a cestadas, ya que cada uno se nutría en el seno de nuestra Santa Madre la Iglesia, sin que jamás se agotara, milagro que demostraba con creces la presencia de Dios. Y el curita turenés no decepcionó al diablo. Se prometió, puesto que era pobre a más no poder, banquetear, arrojarse sobre los asados y otras salsas de Alemania, cuando le conviniera y sin pagar.

Pero, como seguía manteniendo continencia, ya que tomaba por modelo a su pobre y viejo arzobispo quien, por fuerza ya no pecaba y era tenido por santo, sufría frecuentemente ardores intolerables seguidos de melancolías, dado el número de bellas cortesanas de abundante pechera y de indiferencia glacial con la gente pobre, que vivían en Constanza para despejar el entendimiento de los padres del Concilio. Rabiaba por no saber cómo acometer a tan galantes urracas que zaherían a los cardenales, abades, príncipes, duques y margraves, tal como lo hubieran podido hacer con simples clérigos desprovistos de dinero.

Por la noche, dichas sus oraciones, intentaba hablarles, aprendiendo a estos efectos el hermoso breviario del amor. Se hacía preguntas para poder contestar a cuantos casos pudieran presentársele… Y sí, al día siguiente, hacia las completas, se encontraba con alguna de aquellas ufanas princesas, en buen punto, repantigada en su litera, escoltada por pajes bien armados, permanecía boquiabierto, como perro cazando moscas, viendo aquella fría figura que tanto le abrasaba…

(Cuentos libertinos, Honoré de Balzac. Edición de Carlos Pujol, traducción de Nöelle Boer y María Teresa Cirlot. Ed. Bruguera. Barcelona, 1984)

(1) Mujer “aficionada” a los soldados. También quiere decir la Saldada. (N. del T.)

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