domingo, 16 de mayo de 2010

EL LADO OSCURO DE LOS LIBROS ELECTRÓNICOS (y II)

Continuación de la entrada anterior:

Alquiler, no venta

Al extremar el control sobre todo el circuito del libro, la industria editorial despliega una influencia inédita sobre cada aspecto de la relación entre lectores y libros. Lo que antes era sólo un manejo inicial, que terminaba cuando el libro salía de la librería y entonces seguía su destino venturosamente incierto, ahora se convierte en control total.

Las tiendas de venta virtuales conservan un control sobre los archivos del usuario, tanto en el dispositivo de lectura, como en el servidor remoto. Más que una venta, la relación comercial que se plantea entre lector y librería se asemeja a un alquiler, sólo se compra el acceso a los libros. El modelo que las editoriales han decidido respaldar se parece más a los pay per view del cable, que a cualquier otra cosa.

Una lista de todo lo que lees

Hasta el momento, los sistemas que comercializan los libros electrónicos, son tiendas virtuales (como el caso de Amazon para Kindle), lo cual dificulta –sino impide completamente la posibilidad de efectuar compras anónimas. Queda entonces un registro de cada venta efectuada, conformando un listado de todos los libros que lee cada consumidor. Sumemos lo centralizado del sistema, y la información acumulada se vuelve sumamente sensible. En épocas y países donde predomina la sensatez, esto no parece una amenaza, incluso se pueden aprovechar los beneficios de recibir una ajustada y precisa lista de recomendaciones, a partir de los hábitos de lectura propios.

Pero ¿qué ocurre en los momentos difíciles? es decir, cuando los gobiernos, por diversas circunstancias, avasallan los derechos de los ciudadanos. En ese caso, haber montado semejante sistema de registro sobre un aspecto tan sensible como son las lecturas de cada persona, permite construir un detallado perfil de tendencias políticas, ideológicas, y religiosas. Es un antecedente que horrorizaría a cualquier militante político con suficiente edad como para haber vivido el clima de persecución que prevaleció en Latinoamérica hace algunas décadas, donde tener o no libros de determinados autores en su biblioteca podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

¿Y las bibliotecas?

La IFLA (organismo mundial que agrupa a los bibliotecarios) indica que “las bibliotecas juegan un papel crítico para asegurar el acceso de todo el mundo a la información, incluyendo las obras protegidas por derecho de autor, y que en el contexto digital esto no es diferente”. Pero de llevarse a cabo semejante recomendación, según las leyes de casi todo el mundo, las bibliotecas estarían entrando en la ilegalidad, al ofrecer por Internet libros con derechos de autor, que tienen restricciones a la copia o difusión, o digitalizar material sin permiso. En este caso, el marco legal se adecua claramente a las demandas de la industria editorial, pero no hace nada por definir una función lícita para las bibliotecas en el contexto digital. De seguir así, en un mundo donde los libros electrónicos reemplacen completamente a los de papel, no quedaría lugar para las bibliotecas, excepto para las obras en dominio público. Eso, si el dominio público sigue existiendo…

Libros libres

Una respuesta al nuevo contexto digital, es la de aquellos que apuestan a la distribución sin trabas por Internet de sus libros electrónicos. Licencias como Creative Commons, dan un marco legal a esta modalidad, donde los lectores, a través de redes P2P, foros o blogs reviven en la red, los circuitos de préstamo y recomendación del mundo analógico, en una lectura compartida. Muchas grandes editoriales ya han publicado libros con licencias Creative Commons, aprovechando el potencial multiplicador de promoción que otorga la Web. Internet les da a los autores la posibilidad de dar a conocer sus obras, sin necesidad de pasar primero por las editoriales. Algunas de las perspectivas económicas que se abren a los autores son: ventas de libros de papel en proporción al número de descargas, beneficios de posteriores adaptaciones al cine o teatro, conferencias, donaciones o micro-pagos por descarga. Un caso paradigmático es la Colección Planta 29 editada en España, que publica sus libros en dominio público en la red y en papel, y obtiene beneficios de las ventas en papel, proporcionales al número de descargas: mientras más circulen las obras y más se las comente en blogs y sitios de la web, mejores números y beneficios para los autores.

1. “Hasta ahora, los libros siguen encarnando el medio más económico, flexible y fácil de usar para el transporte de información a bajo costo. La comunicación que provee la computadora corre delante de nosotros; los libros van a la par de nosotros, a nuestra misma velocidad. Si naufragamos en una isla desierta, donde no hay posibilidad de conectar una computadora, el libro sigue siendo un instrumento valioso. Aun si tuviéramos una computadora con batería solar, no nos sería fácil leer en la pantalla mientras descansamos en una hamaca. Los libros siguen siendo los mejores compañeros de naufragio. Los libros son de esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos. Como el martillo, el cuchillo, la cuchara o la tijera” Así es como Umberto Eco despejaba los apocalípticos temores sobre la “muerte” del libro en una conferencia ofrecida en Alejandría en 2003, con motivo de la reapertura de la milenaria Bibliotheca Alexandrina. (publicada por el semanario Al-Ahram. Traducción de Sergio Di Nucci en Página/12.)

2. DRM son sistemas diseñados para impedir la copia. Según lo advertido por las campañas antiDRM difundida por la Free Software Fundation, cuya consigna, defective by design”, indica el aspecto más controvertido de estas tecnologías, la inclusión deliberada de una “falla” en el sistema, para que no funcione tan eficientemente como debería. Para hacer una analogía, es como si volviésemos a los autos menos eficientes en el consumo de combustible, para que las empresas que lo venden puedan ganar más. En este caso volvemos a la tecnología digital menos eficaz para copiar, de lo que es capaz.

3. Un ejemplo paradigmático del precario desempeño de los medios electrónicos para preservar la información es el caso de las sondas espaciales Viking. A mediados de los 70, estas sondas transmitieron valiosa información desde Marte. Lo datos quedaron almacenados en cintas magnéticas. En 2001 fue necesario comprobar algunos datos de dichas cintas originales, pero el sistema era tan obsoleto que la NASA ya no tenía forma de acceder debido al formato. Los programadores de aquel momento ya habían muerto. Entonces, si se complica acceder a información –almacenada con la intención de ser recuperable de hace tan sólo 25 años, ¿qué pasará con los libros electrónicos almacenados en dispositivos plagados de DRM de hace 50? ¿Qué tan difícil será eliminar el DRM obsoleto?

4. Un ejemplo reciente: como consecuencia del atentado del 9/11, el congreso de EE.UU. aprobó una “ley patriótica” que incluía la vigilancia en bibliotecas. Los bibliotecarios debían registrar el destino de determinados libros e identificar a quien los pedía. Esta disposición elevó las quejas de muchas organizaciones de derechos civiles, finalmente la ley dejó de estar vigente. Con el sistema electrónico, la ley no sería necesaria… solo habría que pedirle las bases de datos a las tiendas virtuales.

5. “Documento sobre la postura de la IFLA sobre los Derechos de Autor en el entorno digital”, aprobado por el Comité Ejecutivo de la IFLA en agosto 2000. Publicado en Correo Bibliotecario N°48.

FUENTE: http://www.vialibre.org.ar/2010/05/12/el-lado-oscuro-de-los-libros-electronicos/

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