domingo, 16 de mayo de 2010

EL LADO OSCURO DE LOS LIBROS ELECTRÓNICOS (I)

En un instituto de EE.UU. decidieron deshacerse de todos los libros de su pequeña biblioteca para sustituirlos por libros electrónicos (e-Books). Era una cuestión de espacio y comodidad, dijeron.

Esta noticia y el preguntarme… ¿Qué pasará con el préstamo de libros? ¿Con el regalo de libros? ¿Con las librerías de viejo? ¿Con las bibliotecas? ¿Con la encuadernación y la impresión artística?...

En fin, que me hice muchas preguntas pero no tengo respuestas. Reproduzco aquí un artículo que puede servir para le reflexión. Al fin y al cabo nosotros, con nuestra libertad para elegir como consumidores, podemos cambiar un poco las cosas. En los tiempos que vivimos vale más nuestra decisión de compra que nuestro voto. Ya no somos ciudadanos, ni cuando enfermamos somos pacientes, ahora  sólo somos clientes. Si George Orwell escribiera en nuestro tiempo, seguro que imaginaría una sociedad donde los Consejos de Administración de las grandes empresas sustituirían a los Consejos de Ministros… Quizás eso sea ya una realidad y no un futurible.

No, no crean que me opongo a los avances técnicos, reconozco la utilidad práctica de los libros electrónicos, y de la fotografía digital y aprecio la espectacularidad del efímero, creo, cine en 3D, pero en lo que no creo es en que los intereses comerciales y la utilidad inmediata sean el paradigma, el Dios al que todos tengamos que plegarnos. La calidad, la honestidad y la chispa artística o artesanal -el Duende, que dicen los flamencos- es una especie en vías de extinción. A eso sí que me resisto.
© JAVIER CORIA

Por Derecho a Leer
Fundación Vía Libre

Mucho se debate sobre el surgimiento del “libro electrónico”: las características de los dispositivos, la competencia por liderazgos en el negocio, el posible “fin” del libro de papel … sin embargo poco se habla sobre cómo muchas de las prácticas que habitualmente realizamos con los libros “analógicos” se perderán en el modelo propuesto por la industria para el mundo digital.

No más préstamos, no más regalos, no más donaciones a bibliotecas, no más anonimato, son algunas de las preocupantes consecuencias que traerá el sistema de comercialización de libros electrónicos, tal como quieren imponerlo las editoriales y los grandes jugadores del negocio.

La vida de los libros

Si pensamos en el azaroso itinerario recorrido por los libros a través de su vida, encontramos que el período controlado por los aspectos más comerciales, es apenas al comienzo. Una vez que el libro sale vendido del estante de la librería, ni el autor, ni el editor o el distribuidor pueden imaginar su destino. Es ahí donde el verdadero recorrido del libro comienza. Conocerá lectores, estantes, cajones y mesas de luz. Será motivo de disputas y préstamos eternos. Pasará por tiendas de usados. Será olvidado en altillos por años y redescubierto por los nietos del dueño original. O quizás sea un heroico libro víctima de épocas de persecución y encuentre anónimos lectores que se atrevan a leerlo y protegerlo. Culminará con suerte en el santuario de los libros, la biblioteca. Sin embargo, todo este caótico recorrido no es inconveniente desde la perspectiva comercial, todo lo contrario.

Un mercado saludable

Cuando el objetivo es promover un mercado de libros activo y vigoroso, son esos hábitos y prácticas que rodean a los libros, motivo de fomento: las “librerías de viejo”, las bibliotecas de barrios, clubes o escuelas, los lectores generosos en intercambios, préstamos y recomendaciones. Son estos circuitos los que mantienen animado el interés por los libros y ponen de manifiesto la presencia de un público ávido por la lectura, que en definitiva, es quien estimula el mercado comercial: cerca de las bibliotecas y las librerías de usados, no faltarán los Shopping con sus vidrieras bien iluminadas, llenas de best sellers y libros nuevos, un consumo quizás menos bohemio… pero mas redituable para el negocio. Desde siempre, ambos circuitos han convivido sin conflictos.

Sin embargo ¿cómo se proyecta en la plataforma digital toda esta cultura del intercambio? Ese es el problema, no se proyecta. Al menos, según las editoriales. Lo que en el mundo real es un signo de saludable de vida cultural, en el ámbito digital muchas veces es estigmatizado como “piratería”.

Una industria con miedo

En el mundo digital no hay diferencia entre original y copia. Tampoco copiar es algo excepcional, cada operación que procesa una computadora no es otra cosa que una copia de bits de un lugar a otro de la memoria o el disco. Por esto “copiar” se vuelve una tarea trivial, y sin costo. Acostumbradas a un negocio donde la venta de copias es la principal fuente de ingresos, es lógico que este nuevo escenario descoloque a la industria editorial. El problema es que cuando se piensa en quiénes deberían ser los encargados de decidir sobre cómo articular “el libro” con la nueva plataforma, a todo el mundo le parece lo más natural, que la industria editorial sea quien decida: cuando se diseñan los dispositivos, se toman en cuenta las necesidades de la industria, cuando se decide el marco legal, se consulta a los abogados especialistas de la industria, cuando se desarrolla el software, es a la medida de los requerimientos de la industria. Pero la industria editorial, asustada, es posible que no sea la mejor candidata para tomar todas las decisiones…

Que sea la escasez

¿Cómo volver valiosa la copia, cuando la copia es lo único que no vale nada?, esa es la clase de preguntas que se formulan quiénes no hicieron otra cosa ¡que vender copias toda su vida! ¿Y en qué pensaron? no mucho ingenio, disponer de medidas que impidan y dificulten la copia… de esta forma la copia se vuelve nuevamente escasa y recupera su valor. Y la industria editorial satisfecha: se libran del problema de pensar en un nuevo modelo comercial y pueden seguir en lo suyo: vendiendo copias…

Para materializar nuevamente la escasez hay dos estrategias a aplicar: las medidas técnicas y las legales. Entre las técnicas, los sistemas de restricciones digitales especialmente implementados (como los DRM), que impiden que el usuario haga más copias de sus archivos que las que haya decidido la editorial por él (generalmente ninguna), sumado a un modelo muy controlado de distribución, que hace posible que cada dispositivo de lectura (de los libros electrónicos) sea monitoreado desde un sistema central. Y entre las medidas legales, avanzar con modificaciones en las leyes que eliminen cualquier ambigüedad y dejen expuestos a los copiadores desobedientes a demandas legales, volviendo acciones aparentemente inofensivas, en delitos graves.

Prohibido prestar

Impedir a los lectores copiar sus archivos tiene consecuencias profundas. La primera es bastante evidente, los libros ya no se podrán prestar. No se le podrá pasar a un amigo un ejemplar de un libro electrónico que hayamos comprado, porque habría que copiarlo de un dispositivo a otro, y los responsables del hardware y del software, por lo explicado en el párrafo anterior, se han esforzado para que esto sea completamente imposible. El préstamo de libros no es una práctica intrascendente: es la forma más sencilla de permitir el acceso a libros, de hacer de la lectura una actividad compartida, además de una muy efectiva forma de promoción boca a boca.

Otro aspecto, es que nada garantiza que el sistema anticopia en el futuro, siga funcionando como se espera. Quizá el candado digital no pueda volver a abrirse. Cuando el dispositivo se vuelva obsoleto, si se necesita acceder al material guardado como quien consulta un libro leído hace 30 años no sólo se tendrá que lidiar con tecnologías anticuadas, sino también con un sistema de restricciones anticopia anticuado.

Los métodos legales para evitar que los libros se compartan no son mejores. Convertir en delito algo que antes era un práctica normal y arraigada implica ejercer cierta violencia simbólica sobre la sociedad. Cambiar nada menos que el “sentido común”, sólo para posibilitar un cambio en las costumbres que sean favorables ciertos intereses. ¿Qué consecuencias traerá en los valores de las sociedades, que se empiece a percibir el préstamo de libros como una actividad deshonesta o censurable? ¿Acaso eso ya no está sucediendo?

Continuará...

FOTO: Wikimedia Commons, autor Jorghex

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