martes, 23 de mayo de 2017

“Tú no eres como otras madres”


Por: Javier Coria.

Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff (1924-2016), es la vida novelada de la madre de la autora (su abuela murió en un campo de concentración).

La protagonista Else, nacida en la burguesía judía de Berlín, es una mujer inconformista,  que huye del destino marcado por sus padres que le buscaban un comerciante maduro y rico para desposarse, cuando ella quería casarse con un artista bohemio. Estamos en los años veinte, y la culta vida berlinesa empapan a una mujer cuya máxima era vivir la vida con intensidad y tener un hijo con cada hombre que amara, de hecho tuvo tres hijos de hombres diferentes.  La vida dedicada a las fiestas, los viajes y el amor, se toparan con la cruda realidad de una Europa que iba hacia la locura de la guerra y el racismo. Será en el exilio donde Else encontrará una realidad reveladora. La novela ha sido llevada al cine con la actriz alemana Katja Riemann como protagonista.

Nos encontramos ante un libro autobiográfico, que recorre la vida de la autora y su familia, y también el testimonio de una época. Pero está lleno de personajes como artistas, revolucionarios, vividores, políticos nazis, etc. Se lee como una novela con intrigas, asesinatos, delaciones, la música de los cabarets y las novelas de Stefan Zweig. Una buena lectura, publicada por Periférica & Errata Naturae en castellano –con traducción de Richard Gross– y en catalán por La Campana –conla traducción de Albert Vitó i Godina–. Aquí tienen las primeras páginas:

***

“Tú no eres como otras madres,
no tienes las manos frías,
ni canoso el cabello,
y no me envuelves en
grávidos cuidados”.

Primera estrofa de un poema de
Peter Schwiefert a su madre

Lo completamente distinto

Hoy, 30 de junio, día de su cumpleaños, he sacado de mi baúl del pasado el librito largo y estrecho. Es de pasta dura con ornamentación marginal en negro y oro e inscripción en letra dorada.

VIDA
de nuestra hija
ELSE

Las esquinas están un poco descantilladas, por lo demás el libro parece nuevo. Tiene noventa y ocho años. También los primeros ricitos de la niña Else, adheridos a sus hojas, tienen noventa y ocho años, y se diría que han sido cortados anteayer. Son de color marrón, luego de rubio miel y finalmente, en 1897, cobrizos. ¿El pelo es imperecedero? ¿No se convierte en polvo? Resulta sedoso al tacto de mis yemas. Cuando conocí a Else, mi madre, tenía el cabello bronceado y recio como la crin de un caballo. Siempre parecía despeinada, aun cuando venía de la peluquería. Sus rizos cortos y tupidos eran indomables.
No eran lo único que no se podía domar en ella. Me hubiera gustado heredar su cabello y su vitalidad. Pero en estos dos puntos —y algunos más— he salido a mi padre.

¡Ay, Dios, esos pensamientos incoherentes que me asaltan al mirar el pequeño libro rojo, esos recuerdos, esa añoranza! Añoranza del pasado que viví, añoranza de un pasado no vivido. El Berlín del cambio de siglo. ¿Cómo me lo figuro? Probablemente, como un mundo intacto por pasado: tranvías y autobuses de dos pisos tirados por caballos; calles adoquinadas y farolas de gas; mansiones sólidas color café con leche y villas "señoriales" en anchurosos jardines; puestos de flores y frutas, organilleros, vendedores de periódicos y salchichas; los primeros grandes almacenes, unos verdaderos palacios; salones de baile, cafés con violinistas, restaurantes exquisitos con camareros de frac, teatros y varietés; parques donde los verdores se superponen unos a otros, edificios tan suntuosos como sombríos, monumentos de bronce; las avenidas Kurfürstendamm y Unter den Linden, por las que deambulan caballeros con traje Stresemann y damas con manguitos, sombreros cubiertos de flores y pechos erguidos por el corsé; y, rodeando la ciudad, los lagos, el río Spree, los bosques de picea, adonde acudía la gente en carruajes para hacer un picnic, deslizarse por el agua en una barca de remos o beber cerveza de trigo y comer albóndigas al son de briosas bandas militares. El mundo de la infancia de mi madre. ¿Era así? ¿Estaba intacto? Todo lo indica.

“Fui la niñita querida de unos padres cariñosos, padres judíos, es sabido que son los más cariñosos que existen. Mi hermano Friedel, tres años menor, y yo fuimos niños felices a los que no les faltó nada”, escribió.

Las anotaciones biográficas hechas por su madre, Minna, resultan escasas, y puedo imaginar la razón. Minna tenía un gusto literario exquisito, y el libro, regalo probablemente de uno de sus numerosísimos parientes, estaba trufado de poemas penosos, como éste, por ejemplo:

La naturaleza está en flor exuberante
todo es fragancia y refulgencia
sobre la cuna balanceante
los ángeles bailan en celestial cadencia.

De “pasadas de rosca” tildaba ella esas cosas. Hacía prolijo uso de la expresión. Lo mismo podía decir de un sombrero, una persona, un postre, e incluso de un concepto. Las ideas que algunas personas, sobre todo los jóvenes, se hacían del amor, por ejemplo, estaban completamente pasadas de rosca. El amor entre el hombre y la mujer no era más que pura fantasía. El único gran amor y la única felicidad verdadera de una mujer eran los hijos, y con tal fin se contraía matrimonio, un matrimonio razonable, meditado y planificado por los padres.

Qué importaba el mundo si uno tenía una familia en la que se sentía abrigado, que lo necesitaba, por la que uno debía y quería estar desde el primero hasta el último día.

Ésa era la actitud de Minna y la premisa bajo la cual se casó con Daniel Kirschner, hombre jovial y caluroso, con barriguita, ojos como gotas de agua y un negocio al por mayor de vestidos, blusas y batas. A los dos años nació Else.

La participación de nacimiento, publicada sin duda en un periódico judío y pegada después en la primera página del librito rojo, es modesta:

DANIEL KIRSCHNER y su esposa MINNA, de soltera COHN, se complacen en anunciar el feliz nacimiento de una vivaracha hijita. Berlín, 30 de junio de 1893.

¿Qué aspecto tendría entonces la menuda y delicada Minna, a la que nunca conocí de otra forma que vestida con atuendos negros de los que asomaban las manos y la cara, un rostro ensombrecido por el escepticismo y la melancolía que se iluminaba y encandilaba en cuanto tenía a sus nietos alrededor? Mi madre me explicó que seguía de luto por su hijo, cuya muerte no conseguía superar. Siegfried, por fortuna apodado Friedel, había fallecido en 1918 víctima de la gripe española. Nunca he visto una foto suya ni oído decir a mis abuelos una palabra alusiva a él, pues la mera mención de su nombre habría tenido efectos nefastos para el estado de ánimo de Minna.

Por tanto, no logro figurarme cuál sería su aspecto de joven, con vestidos claros y una risa exaltada en la cara. No, nunca debió de ser exaltada, pero sí alegre, sin duda, pues su vida, ajena a pretensiones pasadas de rosca, se había cumplido en un matrimonio razonable con un hombre bueno y dulce y el nacimiento de una criatura sana. Tal vez incluso fuera de talante risueño, o al menos más jovial de lo que yo la conocí, pero siempre debió de tener predisposición a la melancolía.

Sus antepasados provenían de España, y la sangre sefardita había marcado su fisonomía: el claro tono aceitunado de su piel, los ojos almendrados y casi negros, la exuberancia de su tupido y ondulado cabello que, en mis tiempos, sujetaba en un grueso moño gris metálico. La letra gótica con que anotaba en el libro rojo los progresos más relevantes de su hija es tan fina y ordenada como lo era ella misma. Hace constar el aumento del peso, las vacunaciones, el primer diente, los primeros pasos, las primeras palabras de la criatura. En la páginas tituladas «Diario» me entero de que ya a los dos meses y medio Elschen lleva su primer vestidito; que con nueve meses se pone por primera vez cabezota; que al año se le toma una foto (es un retrato bien hecho); que con un año y medio entona las canciones infantiles “Annemarie, adónde vas de viaje”, “Zorro, robaste el ganso” y “Despertad que la alondra ya canta”; que con dos años y tres meses sabe recitar de memoria el Pedro Melenas completo; que con cuatro y medio entra en el jardín de infancia y realiza su primera labor, acertada y graciosa.


Estas notas ya permiten distinguir claramente la trayectoria preestablecida para la pequeña Else. Desde la más temprana edad se la instruye y moldea para un matrimonio bien acomodado en el que no deberá ni podrá ser otra cosa que hembra y madre.

Es, no cabe duda, Minna quien lleva la batuta en el hogar, y Daniel lo acepta sin protestar. Ama y estima a su mujer, que nunca le da el calor y el cariño que él hubiera preferido al cumplimiento impecable de sus obligaciones conyugales. La reconoce como la más sabia y culta de ambos, pues procede de una familia mucho más elevada que él. Sigmund, el padre de Minna, era médico en Prusia Occidental; Aaron, el suyo, panadero en la frontera con Polonia. Ella tenía cinco hermanos y una buena educación; él tenía nueve y a los catorce años tuvo que abandonar la escuela. Ella había leído libros y tocado el piano; él, con sus ocho hermanos, había repartido panes y cantado en el coro de la sinagoga. Su madre había muerto prematuramente, en el undécimo parto, y su padre bregaba de día en la panadería y leía, por las noches, la Torá o estudiaba el Talmud. Tras dejar la escuela antes de tiempo, los nueve hijos fueron enviados al mundo para aprender, donde fuese y como fuera, un oficio. Todos recalaron en el promisorio Berlín y se montaron una existencia sólidamente burguesa. En la vejez, el piadoso padre también se trasladó a la capital para vivir con sus hijos. Constató con horror que sus vástagos, educados en el rigor de la ortodoxia, incumplían de la forma más escandalosa los preceptos del Señor dejándose seducir por los impíos tiempos que corrían.

No conozco más que una anécdota sobre mi bisabuelo Aaron, presumiblemente la única que, por la gravedad de sus consecuencias, Else nunca olvidaría. Debió de contármela en algún momento en que yo ya había cumplido los trece años, ya que antes no había oído hablar sino de un solo judío —y a mi padre—, que era Jesús.

Aquí, pues, va la anécdota: a los cuatro años y medio, Else entró en el jardín de infancia, donde tuvo su primer contacto con niños cristianos. Se parecían en todo punto a ella: reían como ella, jugaban como ella, hacían travesuras como ella, hablaban como ella. Pero cuando se acercó la Navidad, algo cambió. Los niños, de repente, hablaban distinto que ella, hablaban ya sólo de cosas que ella nunca había oído mencionar: del niño Jesús y de Papá Noel, de José, María y los Reyes Magos, entre los cuales había un moro. Hablaban de regalos, de árboles de Navidad, de ángeles, de estrellas de Belén y de pesebres con todas sus piezas: el niño Jesús, la Santísima Pareja, la mula, el buey. —Majaderías —atajó Minna cuando su hija la avasalló con preguntas acerca de lo escuchado—, no hagas caso.

Pero Else hizo caso y ya no pensó en otra cosa y hasta soñaba con eso. Poco antes de la gran fiesta, se colocó en el jardín de infancia un árbol de Navidad que los niños engalanaron con adornos de magnífico brillo y colorido. De pie y plegando las manos frente a aquella maravilla, entonaron un villancico tras otro. Else, que ya con año y medio sabía cantar “Zorro, robaste el ganso”, captó las canciones al vuelo y, en casa, se las repitió a sus padres. Éstos se sobresaltaron al oír lo de “entre los astros que esparcen su luz viene anunciando al niño Jesús” y decidieron mantener a su hija alejada del jardín de infancia durante tan peligrosos festejos. Pero el daño ya estaba hecho. La niña quiso a toda costa un árbol de Navidad. Rabió y sollozó hasta que los padres, enervados y a punto de romper a llorar ellos mismos, trajeron un pequeño árbol, amén de algunas bolitas y espumillón. Lo único que no hubo fueron velas, pues Daniel tenía pánico a los incendios y estaba resuelto a no ceder, en ese punto, a las goyim najes, las diversiones de los no judíos. Cuando el árbol, parcamente adornado, estaba listo y Else entonaba con las manos plegadas “Noche de paz”, sonó el timbre. Daniel, con una mala corazonada, se apresuró hacia la puerta, espió por la mirilla y vio una barba blanca abierta en abanico y un gran sombrero negro. ¡Qué otra cosa era aquello sino una señal del Señor! Volvió corriendo a la habitación, agarró el arbolito y lo arrojó al cuarto de las escobas. A continuación, Else se tiró al suelo y chilló para que le devolvieran su árbol. El abuelo, al que por fin habían abierto la puerta, contemplaba, desde el umbral, la escena con rostro serio y sin palabras: su nieta, poseída por el espíritu maligno; su hijo, con la cara bañada en sudor; su nuera, blanca como la cera. Que la pequeña estaba completamente pasada de rosca, dijo por fin Minna, cosa nada extraña con tanto jaleo de árbol navideño.

Árboles de Navidad por todas partes, dijo Daniel, y por eso la niña tenía fiebre y deliraba.

La metieron en la cama, y Minna se sentó con ella y le acarició su cara ardiente y desesperada. Trató de consolarla diciendo que había cosas más importantes que los árboles de Navidad, y que mañana encendería las velas de Janucá.

Al día siguiente, Daniel acomodó a su hija en su regazo y la introdujo en el judaísmo. Le habló de un templo situado en el lejano Oriente que había sido destruido y de un pueblo dispersado por el mundo entero. Le habló de un Dios único que no tenía barba blanca ni mucho menos un hijo. Y que ése era su Dios. A Else le gustó más la historia del niño Jesús, y el Dios sin rostro ni familia tampoco fue de su agrado.

Lo ocurrido abrió la primera grieta en la vida intacta de la pequeña Else, y si alguna cosa comprendió fue que ella, por extrañas razones, era distinta a los niños del jardín de infancia, y que por eso nunca volvería a tener un árbol de Navidad en su casa.

Los Kirschner vivían en la Bismarckstrasse del barrio de Charlottenburg, una típica calle del centro berlinés: ancha, larga, recta, ni bella ni particularmente fea. De los edificios antiguos que tenía sólo detecté una casa burguesa oronda y gris, en cuyos bajos se encuentra una pescadería con azulejos de color azul. Aspecto similar debían de tener todos los inmuebles de la época, y la calle sería más estrecha y los árboles, más numerosos. La vivienda en la que Else residió desde su nacimiento hasta los veintiún años no era, seguramente, muy distinta a la que después conocí en la Grolmanstrasse, síntesis, para mí, de la confortabilidad protectora. Puede que fuera un poco más grande y no se encontrara en la planta baja; pero no faltarían los muebles recios, negros y cargados de florituras, hechos para generaciones sedentarias, con la vitrina repleta de más o menos valiosas figuras de porcelana, copas de cristal tallado y plateados objetos sacrales, manteles bordados y cortinajes con volantes. La cocina daba con certeza a un patio trasero cuadrado, salpicado de hierba y cuatro árboles, y el fogón en el que Minna asaba el ganso u horneaba sus berlinesas de masa quebrada rellenas de mermelada se alimentaba con briquetas. Los Kirschner entonces aún tenían una muchacha, pero ni se les pasó por la cabeza permitirle preparar la comida. ¡Qué sabía una sirvienta cristiana de la buena cocina judía! Minna era un ama de casa convencida, y nunca comprenderé por qué no le transmitió ni una pizca de esa convicción a su hija. Durante toda su vida Else fue incapaz de freír un escalope comestible o de sostener correctamente la escoba. La única actividad similar a las propias del hogar que le descubrí en una ocasión fue la de lavar un pañuelo y estamparlo después en los azulejos del cuarto de baño para que se secara y se alisara. Aquel método me causó tan honda impresión que todavía hoy someto mis pañuelos al mismo procedimiento, y cada vez que lo hago meneo la cabeza y río para mis adentros. Minna debía de estar imbuida de la creencia de que Else conseguiría el buen partido que le garantizara una vida perenne de dama de salón y nunca la pusiera en el apuro de tener que desempeñar ninguna clase de labor doméstica. ¡Ay, cuánto se equivocaba!


Else se crió, por tanto, como una niña bien de familia judía, en un nido cálido y seguro, vigilada por sus padres con alas desplegadas, ojos agudos y pico afilado, junto a su querido y mimado hermano pequeño, y rodeada de un clan constituido por un sinfín de tíos y tías, de primos y primas. Era y siempre sería una criatura divertida, sana y sin complicaciones, que con su afán de vida y exceso de peso reventaba todas las costuras. Pero para Minna y Daniel una sola libra menos hubiera sido el presagio de una enfermedad aciaga, por lo que cuidaban de darle a su Elschen en abundancia lo que más le gustaba. “Un ser joven tiene que comer”, era su lema, y éste sentó las bases de la figura que acabaría adoptando su hija.

Sin embargo, su complexión regordeta no desmerecía su encanto. Bajo sus redondeces infantiles se perfilaba un óvalo encantador con grandes ojos oscuros y una bella y poderosa nariz. Su pelo de color bronce, recogido en una trenza, tenía el largo y el grosor de una serpiente gigante y le amargaba la vida. —¡Colócate la trenza por delante! —le gritaba su madre cada mañana cuando partía hacia la escuela. Minna vivía con una preocupación constante por aquella joya, pues corría el rumor de que en Berlín andaba suelto un malvado que les cortaba las trenzas a las chicas por detrás.

Else aprendía violín y piano, recibía clases particulares de francés, era llevada a la ópera y al teatro y obsequiada con profusión de libros de los clásicos alemanes. Frecuentaba un colegio de niñas cristiano, porque estaba muy próximo y los padres, más que una formación escolar no judía, temían cualquiera de las múltiples desgracias que podían ocurrirle a una colegiala en una metrópoli. Aprendía con facilidad, no tenía que hacer ningún esfuerzo, era buena alumna y gozaba de la simpatía de sus maestros y compañeras de clase. En un tiempo en que una chica de buena familia alemana tenía que exhibir un máximo grado de discreción y gracia femenina, debía de ser una verdadera revelación. Ya entonces no le importaban las reglas de comportamiento y era un dechado de desenvoltura, franqueza e impulsividad.

Una de las pocas anécdotas de su vida que le oí contar a ella misma me impresionó tanto que todavía la recuerdo palabra por palabra:

“Para la fiesta de fin de curso mi clase organizó una pequeña representación. Cada alumna tenía que interpretar algo, y yo decidí cantar mi canción favorita, “Fue en Schöneberg en el mes de mayo, porque no tenía que perder tiempo preparándomela.

Llegó el gran día, y me puse mi vestido más bonito, con profusión de encajes, arandelas y volantes, que me hacían parecer aún más gorda de lo que era, sin contar la gruesa trenza y la corona de flores que llevaba en la cabeza. Pero tenía dieciséis años y no me asustaba nada. La sala estaba llena de profesores, padres, parientes y amigos. Antes de que me tocara salir, una chica rubia guapísima interpretó “Margarita en la rueca”, y ya no las tenía todas conmigo porque su actuación me pareció tan bonita e impresionante que pensé que, comparado con lo suyo, yo tenía poco que ofrecer. Cuando acabó, la gente aplaudió, pero escasamente y sin ningún entusiasmo. Después canté yo mi canción acompañándola con unos pasos de baile. Tenía cierta gracia, pero nada más. Todavía hoy no comprendo el arrebato que sobrevino a los presentes. Aplaudieron como posesos gritando “bravo” y “bis”. Tuve que repetir la canción entera, y al final me arranqué la corona de la cabeza y se la tiré al público. ¡Uy, la que se armó!”.

Es una anécdota elocuente, una especie de leitmotiv que atravesó la primera mitad de su vida. Las personas, ya fuesen hombres, mujeres o niños, se lanzaban sobre ella buscando su cercanía, su calor, su amor, su amistad. Else se los daba, a muchos, a demasiados, los prodigaba sin reservas, de forma derrochadora y a menudo irreflexiva.

Me he interrogado una y otra vez sobre el secreto de su fascinación, se lo he preguntado a personas que tuvieron amistad con ella. Pero nadie, ni yo misma, ha sabido dar en el clavo. Es cierto que tenía una cara bonita, que era inteligente, ingeniosa, desbordante en su amor, su vitalidad y su generosidad.

Ignoraba las convenciones, los cálculos, las pretensiones. Pero no era sólo eso. Tenía un carisma que no se explica con dotes físicas, humanas o intelectuales.

Cuando trato de describirla para mí o para otros, vuelvo una y otra vez sobre la palabra “autenticidad”. Else era —en un mundo de autoengaño, de disimulo y de hipocresía— tan auténtica y elemental como sólo puede serlo una criatura de la naturaleza. Y al mismo tiempo tenía un intelecto agudo, un pensamiento mucho más ágil, rápido e independiente que las mujeres de su época. En efecto, era distinta… no sólo por ser judía y ejercer por ello cierto encanto exótico, quizá incluso prohibido, sobre sus conciudadanos alemanes, sino por ser autónoma y estar muy adelantada a su generación.

Poco antes de su muerte me decía en su última carta: “Como mujer de mi generación, yo era algo nuevo, insólito y sospechoso. Me salía del marco, por así decir, tenía que ser muy fuerte y hacerme mis propias leyes. Nadie me ayudó, al contrario: se me aceptaba, en el mejor de los casos, como un bicho raro; y en el peor, se me tenía por una degenerada”.

Los Kirschner observaban el desarrollo de su hija con orgullo y preocupación. La muchacha suscitaba una atención excesiva, mostraba demasiado interés por su entorno cristiano y se relacionaba con personas por las que Minna sentía nulo aprecio. Por ejemplo, ¿qué la impelía hacia esa Lilly pasada de rosca, una antigua condiscípula, sobre la cual después contaba historias excéntricas: que Lilly llevaba en casa un vestido indio, que encendía varitas de incienso y declamaba poemas de los que Minna nunca había oído un solo verso? Y que su hermano escribía novelas.

¿Que dónde estaba la gracia, quiso saber su madre, en el trapo indio o en las seguramente malas novelas? En lo artístico, replicó Else, en lo libre, lo completamente distinto. Minna, extrañada, sacudía la cabeza. Como si Else no tuviera suficientes primos, personas jóvenes y honestas, en su entorno sin un pelo de tontos. Uno incluso era un genio de los idiomas, y Selma, una muchacha bellísima, tenía una magnífica voz y ya cantaba en fiestas privadas. Todos eran más dóciles que su hija y no tenían, como ella, la cabeza llena de pájaros.

Daniel, hombre de buena fe, decía que eso se curaría con los años, que Elschen sólo tenía diecisiete, era muy vivaz y sentía curiosidad por la vida, como todos los jóvenes.

En efecto, Elschen sentía curiosidad por la vida, pero principalmente por la de los cristianos. Conocía bien su propio medio, y cuanto mayor se hacía, menos le gustaba. Era el mundillo de los denominados judíos de la confección, impresentables en sociedad para la alta burguesía judía y considerados filisteos por los intelectuales judíos. Else se refirió a ellos en estos términos: “Los de nuestro círculo me resultaban insufribles. Todos comerciaban con telas, cueros o pieles, hablaban una jerga feísima y eran toscos e incultos. Me decían que tenía que conseguir un buen partido. Yo me ponía furiosa cuando se lo oía decir. Casarse, por supuesto, pero por amor. Lo del buen partido era una cosa muy judía, y yo, en este punto, no soportaba lo judío”.

Si sus padres hubiesen conocido los pavorosos pensamientos que habían anidado en la cabeza de su hija, no hubieran tenido un solo minuto de tranquilidad. Pero ni mucho menos los conocían, ni los sospechaban siquiera. Simplemente no entraba en sus esquemas que Else, a la que habían educado tan lejos del cristianismo y lo más cerca posible de la tradición judaica, pudiera aproximarse a aquél y distanciarse de esta última. Mucho de lo que su hija haría en los años venideros no entraba para ellos en el ámbito de lo imaginable, y durante toda su vida…

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