martes, 18 de octubre de 2016

La última entrevista que concedió Jules Verne


Por: Javier Coria. Ilustración: Josep M. Maya

Para el público de habla hispana son desconocidas las más de una treintena de entrevistas que Jules Verne concedió, a periodistas y admiradores, en su casa de Amiens. Celoso de su intimidad y reacio a alterar su ritmo de trabajo y vida, no era fácil convencer al escritor bretón para que se dejara hacer una interviú, como se decía entonces.

En el sitio web del insigne verniano Ariel Pérez podemos encontrar seis, traducidas por él, y que amablemente nos ha permitido acceder a la que le mostramos, quizá menos conocida que las concedidas a Robert H. Sherard, que le hizo dos entrevistas, la primera en 1889, en la que se hizo acompañar por la también periodista Nellie Bly (Elizabeth Jane Cochran,1864 -1922), intrépida reportera que emulando a Phileas Fogg se lanzó a dar la vuelta al mundo, pero lográndolo en 72 días. O la visita que le hizo Edmondo De Amicis, que luego relató en sus memorias el célebre escritor italiano. Pero aquí les presentamos la última entrevista de Verne, cuando al escritor le quedaban poco más de nueve meses de vida. La entrevista se la hizo el periodista británico Gordon Jones.

Jules Verne en casa

Por: Gordon Jones

Había escrito desde París solicitándole al veterano novelista el honor de una entrevista y me fue gratificante el hecho de que a mi regreso a Amiens me esperaba una tarjeta con esta simple inscripción "Mañana jueves, a las diez de la mañana". De acuerdo con la hora fijada, me presenté en su residencia situada en el No. 44 Boulevard Longueville, una casa grande, pero modesta, típicamente francesa con pesadas ventanas. Al darle mi nombre a la sirvienta, fui guiado inmediatamente hacia la sala donde lo esperé.

Unos minutos después el señor Verne entró y después de unas corteses palabras de bienvenida se sentó en un gran sillón y amablemente comenzó la conversación.

Físicamente, el autor de Cinco semanas en globo es un hombre bien forjado, de una estatura un poco por debajo de la media, su mirada zarca y simpática y una corta barba plateada. Siempre viste con un modesto traje negro y cuando está en casa usa una gorra puntiaguda de tela fina, la cual le es necesaria debido a los frecuentes ataques de un viejo enemigo: el reumatismo.

No hay sobre su persona el rastro más ligero de ostentación. Es singularmente reservado en sus palabras y modales y su vida entera -cualquier habitante de la ciudad pudiera contarle- es, calmada y sin pretensiones, la de un hombre retirado del mundo, la de un simple hombre de campo, que raramente hace visitas, en muy pocas ocasiones recibe y sólo se consagra a su familia y sus libros.

Mi primera pregunta fue naturalmente con respecto a su vista, sobre la cual han aparecido, recientemente, noticias contradictorias en los periódicos ingleses.

Sí -dijo, en respuesta a mi pregunta-, es cierto que mi vista se ha dañado considerablemente en los últimos tiempos, pero no tanto como algunas de las noticias sugieren. Todavía puedo ver bien con mi ojo izquierdo, pero en el derecho una catarata se está formando y los doctores recomiendan una operación, a la cual no estoy decidido a someterme tomando en cuenta que a mi edad sería arriesgado.

Por supuesto, bajo tales circunstancias, ¿su trabajo literario se afecta bastante? 

Naturalmente, no puedo trabajar como solía hacerlo. Durante muchos años, he producido dos volúmenes anuales y en estos momentos tengo otro libro en preparación. Sin embargo, siento que ha llegado para mí el tiempo en que me tome un descanso. Esta última producción será mi número cien y supongo -continuó él, sonriendo-, que ya, a estas alturas, puedo decir que me he ganado mi derecho a descansar.

¿Cuándo empezó su carrera como autor?

Esa es una pregunta que podría tener dos respuestas. Ya a los doce o catorce años, siempre estaba con una pluma en mi mano y durante mis días de escolar me encontraba continuamente escribiendo, trabajando sobre todo la poesía. Durante toda mi vida he sentido gran pasión por las obras poéticas y dramáticas. Prueba de esto es que, en mi juventud, publiqué un número considerable de obras de teatro, algunas de las cuales tuvieron un cierto éxito. Mi segunda y principal carrera comenzó cuando tenía más de treinta años y fue provocada por un súbito impulso. Se me ocurrió, un buen día, que quizás podría utilizar mis conocimientos científicos para mezclar la ciencia y la novela juntas bajo una forma narrativa que atrajera al público. La idea tomó tanta forma dentro de mí que decidí inmediatamente ejecutarla. El resultado fue Cinco semanas en globo. El libro tuvo un éxito asombroso, y rápidamente sus ediciones se agotaron. Mi editor me consultó sobre la posibilidad de producir más volúmenes con el mismo estilo. Aunque no me agradó totalmente la idea, accedí a sus demandas, y el resultado fue que desde entonces, en lo que concierne a mis publicaciones, he abandonado completamente mi vieja pasión por otra a la cual he consagrado toda mi energía y atención.

(¡Es un hecho afortunado para la juventud de hoy que la inspiración de un momento pueda haber forjado este cambio decisivo en los escritos del señor Verne! ¿Qué muchacho o muchacha de esta generación habría preferido, por un momento, el verso más glorioso a los extraordinarios viajes de hombres tales como el capitán Nemo o Robur y su inigualable Albatros? El lado poético del carácter del señor Verne es, sin embargo, frecuentemente visible en muchas de sus descripciones. Por ejemplo, tal como ocurre en su encantadora novela, Las indias negras, donde encontramos ese cuadro descriptivo tan encantador de la pequeña Nell quien, después de ser sacada de la prisión subterránea donde había estado toda su vida, ve, por primera vez, desde la montaña cercana a la mina, los esplendores del alba escocesa).

Con su modestia usual, Verne desaprobó completamente la idea de ser considerado un inventor…

Sólo he hecho sugerencias, sugerencias que, después de una debida consideración, debían, según mi juicio, descansar sobre una base práctica, y que trabajaba sobre una forma más o menos imaginaría que respondiera a la perspectiva que me había trazado.

Pero muchas de sus sugerencias que hace veinte años fueron rechazadas y declaradas como imposibles son ahora hechos reales.

Sí, es cierto. Pero estos resultados no son más que el desarrollo natural de la tendencia científica del pensamiento moderno y, como tal, muchas de estas cosas han sido previstas indudablemente por muchos otros además de mí. Su llegada era inevitable, aún si se hubiera o no anticipado, y lo más que puedo decir es que quizás he mirado un poco más lejos en el futuro que la mayoría de los que me han criticado.

Al llegar a este punto de la conversación apareció ante nosotros la señora Verne, una encantadora dama de cabellera plateada, quien disfruta, con el mayor placer los triunfos de su marido. Le pregunté si debido a su ayuda su esposo había podido elaborar alguna novela.

Oh, no, no tomo parte alguna en las creaciones de mi marido; todo lo que hago es leerlas cuando están terminadas y cuando finalmente estén impresas es que llego a conocer algo de ellas. Supongo que habrá notado que los personajes principales de mi esposo son ingleses. Él siente una gran admiración por sus compatriotas y ha declarado que ellos se prestan maravillosamente bien para sus novelas.

Sí -intervino Verne-. Los ingleses, por su carácter independiente y su flema producen personajes admirables; especialmente cuando la naturaleza de los hechos les exige que se enfrenten, en cada instante, con dificultades completamente imprevistas como es el caso de Phileas Fogg.

Me aventuré a recordarle al señor Verne que este cumplido hacia nuestra nacionalidad no era ignorado en este lado del canal y que difícilmente existía un joven británico que no hubiera, al menos, pasado algunas horas de deleite en compañía de una u otra de sus maravillosas aventuras.

Estoy orgulloso de saber que es así -contestó Verne-. Nada me da más placer que conocer que mis libros han sido medios para proporcionar interés e instrucción - ya que siempre he tratado de que, en cierto modo, sean educativos- a los jóvenes, que, de otra manera, nunca podría contactar. Durante mi infortunio actual he recibido innumerables telegramas y mensajes de simpatía provenientes de mis lectores ingleses, y hace poco tiempo tuve el placer de recibir un hermoso bastón de uno de mis jóvenes amigos en esa nación.

¿Seguramente ha visitado Inglaterra?

Sí, hace muchos años, cuando era relativamente un hombre joven. Hice el viaje por mar a Southampton en mi yate y después de visitar Londres y la mayor parte de sus monumentos, fui a Brighton, un lugar encantador, con sus malecones y magníficos paseos. Sin embargo, la ciudad que mejor conozco de Inglaterra es Liverpool y allí estuve durante algún tiempo con algunos amigos y tuve la oportunidad de explorarla, sobre todo sus muelles y el Mersey, apariencia esta última que he tratado de reproducir en Una ciudad flotante.

¿Ha hecho alguna visita a Escocia o Irlanda?

Sí, hice un viaje muy agradable a Escocia y entre otras excursiones visité Fingal's Cave y la isla de Staffa. Esta inmensa caverna, con sus sombras misteriosas, sus cámaras oscuras con sus cubiertas de hierba y sus maravillosos pilares basálticos me produjeron tal impresión, al extremo de que ese fue el origen de mi libro El..., El... Verne hizo una pausa. Realmente olvidé el nombre -dijo-. ¿Lo recuerdas? -preguntó dirigiéndose a su esposa…

¿No es El rayo verde? -sugirió la señora Verne.

Oh sí, ese es, por supuesto, El rayo verde. Uno debe ser perdonado -agregó riéndose- si entre tantos títulos, se le olvida alguno de ellos en un momento determinado.

(Muchos de los libros de Verne deben su origen a la inspiración del momento. Además de Cinco semanas en globo y El rayo verde, la novela Una ciudad flotante, fue completamente ideada cuando el autor viajaba hacia América en el trasatlántico Great Eastern. La idea de La vuelta al mundo en ochenta días, quizás la más célebre de todas sus novelas, se debe a un anuncio turístico visto por casualidad en las páginas de un periódico).

Ilustración Josep M. Maya

¿Cuál de sus libros es su favorito?

Esa pregunta me la han hecho varias veces. En mi opinión, un autor, al igual que un padre, nunca debe tener favorito. Todos sus trabajos deben tener el mismo valor, puesto que son el producto de lo mejor de uno mismo, y aunque naturalmente cada uno de ellos fueron producidos bajo diferentes condiciones de humor y temperamento, cada uno representa el punto extremo de su pensamiento y energía en el momento de su creación.

Aún -continuó- cuando no tengo preferencia alguna, esto no quiere decir que mis lectores no deban tener una. Indudablemente usted, por ejemplo, puede decirme cuál es el que más le agrada de todos.

(Contesté que Veinte mil leguas de viaje submarino es la que más me fascina, aunque Miguel Strogoff, que ha sido dramatizada y se está escenificando ahora en el Teatro Châtelet en París, también era mi gran favorito.

Verne se mostró interesado al oír que había estado en el teatro la noche anterior y, levantándose de su silla, me cuestionó con animación).

Ahora pregunta Verne: ¿Fue bien representada?, ¿fue bien recibida?

Le aseguro que sí. De hecho, la inmensa escena del Teatro Châtelet permite la representación de la obra a gran escala y en una oportunidad había más de trescientos actores en escena, muchos de ellos montados sobre caballos.

Desde hace unos años a la fecha, raramente visito París -dijo Verne-, aunque tengo un palco que ocupo frecuentemente. Estoy contento con Amiens; su atmósfera tranquila me conviene admirablemente. He perdido toda la inclinación de viajar fuera de la ciudad para ver nuevas cosas. Hemos estado en esta casa desde hace más de veinte años y es aquí donde he redactado la mayoría de mis libros. Algunos años atrás nos habíamos mudado a otra residencia situada en la esquina de Rue Charles Dubois, pero era demasiado grande para nuestras necesidades, de manera que volvimos aquí.

Supongo que cuando está escribiendo sus ideas no fluyen a menos que esté completamente solo.

Al contrario -intervino la señora Verne-, esa no es una dificultad para mi esposo. No se toman precauciones especiales en ese sentido. Trabaja calladamente arriba en el segundo piso y el ruidos parece no perturbarlo en lo más mínimo y mis hijas y yo podemos hacer lo que queramos sin tener miedo a protestas de su parte.

¿Y cuál es su método de trabajo, señor?

¿Mi método de trabajo? Bien, hasta hace algunos meses atrás, invariablemente me despertaba a las cinco y escribía durante tres horas antes de desayunar. El gran volumen de mi trabajo siempre se hizo a estas horas y, aunque en algunas ocasiones cuando ya el día estaba avanzado volvía a sentarme durante algunas horas, casi todas mis historias han sido escritas cuando la mayoría de las personas duermen. Siempre he sido un lector empedernido, sobre todo de periódicos y revistas y es mi costumbre recortar y conservar para referencia futura cualquier párrafo o artículo que me interese. Es de esta manera que acumulo mis ideas y al mismo tiempo me mantengo completamente actualizado con respecto a las materias del dominio científico. La tarea es laboriosa, es cierto, pero el resultado reembolsa el esfuerzo y si el artículo es cuidadosamente clasificado nunca será un problema encontrar alguno de estos textos, aún después de que hayan transcurrido varios años.

(Sorprenderá a muchos lectores el hecho de que éste es el método adoptado por Charles Reade, el cual ha defendido vigorosamente, siendo el único medio satisfactorio para que un escritor pueda enfrentarse a ese calidoscopio de eventos siempre nuevos).

¿Lee usted, entre otros, los trabajos de muchos escritores ingleses?

He leído una gran cantidad de ellos, de hecho trabajos de sus escritores más conocidos, incluyendo a sus poetas, pero solo por medio de traducciones. Tengo la impresión que he perdido la buena oportunidad que hubiera significado haber aprendido el idioma inglés, pero he dejado pasar el tiempo y ahora es demasiado tarde para empezar.

¿Cuál es su autor favorito?

¿Vivo o muerto?

Bien, digamos muerto.

Solo hay una respuesta a esa pregunta -dijo Verne con entusiasmo-. Para mí las obras de Charles Dickens son únicas en su género, eclipsando a todos los otros por su increíble fuerza y justeza de expresión. ¡Qué humor y qué exquisito sentimiento pueden ser encontrados en sus páginas! ¡De qué forma parecen vivir los personajes de sus novelas y cómo uno sabe entender sus propósitos! He leído y releído sus obras maestras, al igual que mi esposa. David Copperfield, Martin Chuzzlewit, Nicholas Nickleby, La vieja tienda de curiosidades. Todas las hemos leído, ¿no es así?

¡Ah, sí! -contestó la señora Verne-. Tienen una fuerza verdadera.

(Es un hecho agradable el oír a un autor hablando en términos de tal admiración incondicional con respecto a otro, especialmente cuando, como en el caso que nos ocupa, están separados, no solamente por diferentes tipos de estilo, sino también por la barrera de la nacionalidad).

Y entre los escritores vivos, ¿a quién prefiere?

Esa es una pregunta más difícil -dijo Verne reflexivamente-, y debo reflexionar antes de contestarle... Creo que puedo decidir -dijo, después de un minuto. Hay un autor cuyo trabajo me ha atraído muy fuertemente teniendo en cuenta su posición imaginativa y he seguido sus libros con considerable interés. Me refiero al señor Herbert George Wells. Algunos de mis amigos me han dicho que su trabajo se parece mucho al mío, pero creo que se equivocan. Lo considero un escritor puramente imaginativo, digno de los más grandes elogios, pero nuestros métodos son completamente diferentes. En mis novelas siempre he tratado de apoyar mis pretendidas invenciones sobre una base de hechos reales y utilizar, para su puesta en escena, métodos y materiales que no sobrepasen los límites del saber hacer y de los conocimientos técnicos contemporáneos.

Tome, por ejemplo, el caso del Nautilus. Bien considerado, tiene un mecanismo de submarino que no tiene nada de extraordinario y que no pasa más allá de los límites del conocimiento científico actual. Flota o se sumerge según procedimientos enteramente factibles y muy conocidos, los sistemas de mando y de propulsión son perfectamente racionales y comprensibles. Su fuerza motriz ni siquiera es un secreto. El único aspecto novedoso sobre el cual he acudido a la ayuda de la imaginación radica en la aplicación práctica de esta fuerza motriz, y aquí he dejado intencionalmente un espacio en blanco para que el lector arribe a sus propias conclusiones, un mero hiato técnico, por así decir, que una mente práctica y de alto nivel es muy capaz de llenar.

Por otra parte, las creaciones del señor Wells, pertenecen a una edad y grado de conocimiento científico bastante lejano del presente, para no decir que completamente más allá de los límites de lo posible. No sólo elabora sus sistemas a partir del reino de lo imaginario, sino también los elementos que le sirven para construirlas. Por ejemplo, en su novela Los primeros hombres en la luna se recordará que introduce una sustancia antigravitatoria completamente nueva –Nota Javier Coria: la Cavorita, que en la novela Nova de Samuel R. Delany se llamó Ilirión, y en la serie de Buck Rogers, Inertrón. El español Pérez Zúñiga también utiliza una sustancia que sustrae de la gravedad, y Pascual Enguídanos en La Saga de los Aznar la llama Dedona- de la cual no conocemos ni la pista más ligera acerca de su modo de preparación o su composición química real. Tampoco hace referencia al conocimiento científico actual que nos permita, por un instante, imaginar un método por el cual se pudiera lograr semejante resultado. En La guerra de los mundos, una obra por la cual siento gran admiración, nuevamente nos deja completamente a oscuras en lo que respecta a la naturaleza real de los marcianos, o la forma en que fabrican el maravilloso rayo térmico con el cual provocan gran estrago entre sus atacantes.

Que se tenga en cuenta -continuó Verne-, que al decir esto no estoy cuestionando en modo alguno los métodos del señor Wells; al contrario, siento un gran respeto por su genio imaginativo. Solo estoy exponiendo los contrastes que existen entre nuestros dos estilos y estoy señalando las diferencias fundamentales que existen entre ellos y deseo que se entienda claramente que no expreso ninguna opinión sobre la superioridad de uno sobre el otro. Pero ahora -agregó levantándose de su silla-, me temo que estoy empezando a aburrirlo. Los minutos pasan tan rápidamente en una conversación, y ya ve, hemos estado hablando desde hace más de una hora.

(Le aseguré al señor Verne que pasarían muchas horas antes de que alguien pudiera aburrirse estando en su presencia, pero no queriendo abusar más de su tiempo, y en contra de mi voluntad, puse fin a esta visita. Con una cortesía encantadora y un poco anticuada, Verne y su esposa insistieron en acompañarme hasta la entrada, y una vez afuera, al vislumbrar la puesta del sol, mi último recuerdo del famoso autor fue el de una amable silueta de cabellera blanca de pie en la puerta del vestíbulo, cuyo alegre “Hasta luego" me llegó desde el otro lado de la pavimentada calle, sonando aun agradablemente en mis oídos al tiempo que muchos kilómetros separaban ya la villa de Amiens del expreso de Dieppe).

(Publicada en Temple Bar, número 129, junio de 1904. Páginas 664-67. Con el título: “Jules Verne at home”. Traducción española: Ariel Pérez. Edición y correcciones: Javier Coria. Ilustración de Josep M. Maya).

NOTA: Para más información le recomendamos el libro Entretiens avec Jules Verne 1873-1905 de Daniel Compère y Jean-Michel Margot, publicado por la editorial Slatkine en Génova, en 1998.

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