miércoles, 18 de mayo de 2016

El paisaje de los sueños (relato)


No era una huida. Al menos él no consideraba así lo que se proponía hacer. Convencido de que aquélla era la única solución, en los últimos días había ido desechando uno a uno todos sus escrúpulos, y cuando esa tarde terminó de escribir la carta que tanto le había costado redactar, se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo.

Tenía que celebrarlo y bajó al bar del hotel. Pero antes, en un gesto que participaba en partes iguales de la felicidad asumida y de un cierto engreimiento, guardó en sus bolsillos la carta y la pistola con la que iba a suicidarse. Con ellas en su poder le pareció que era otro hombre y, vislumbrando a través de la puerta entreabierta del armario su flamante uniforme de teniente, dijo en voz alta con rabia no exenta de íntimo regocijo:

–Nunca ascenderás a capitán.

Luego cerró el armario de un portazo, se contempló en el espejo y rió compulsiva y desvergonzadamente al imaginarse lo que diría su madre si le viera con la barba de días y con aquellas ojeras en las que estaban resumidas las noches de borrachera e insomnio a las que se había entregado desde que llegó, hacía ya una semana, a esa ciudad norteña, hasta entonces desconocida para él.

El camarero, sabedor de sus gustos, colocó delante suya el martini con el que, al caer la tarde, solía empezar el largo calvario de autodegradación, al que ahora quería poner fin descerrajándose un tiro, y lo saboreó a pequeños tragos como si en verdad encontrase placer en ello.

Encendió un cigarro y miró en derredor, buscando no sabía muy bien qué. Quizás un compañero de bebida o simplemente alguien al que enseñar la pistola y decirle ufano, en un aparte, lo que iba a hacer. Pero estaba solo en el bar y tuvo que conformarse con pedir otro cóctel.

En la quinta copa resolvió salir a dar un paseo. Mientras esperaba la vuelta, el embotado cerebro le sugirió que subiera de nuevo a su habitación y consumase sin más trámites el suicidio, pero él se engañó a sí mismo diciéndose que una hora más o menos nada importaba.

Para calmar su mala conciencia, se llevó la mano al bolsillo y palpó el arma. Después la aferró con fuerza y gritó:

– ¡No soy un cobarde!

Al tiempo que le tendía el cambio, el camarero le miró con una mezcla de reproche y conmiseración, y él le sostuvo la mirada para demostrarle, y demostrarse, que efectivamente no era un cobarde. Aunque llegaba una ligera brisa del mar, el calor de julio se dejaba sentir con intensidad, y cuando alcanzó la calle se limpió el sudor de la cara con la manga de la chaqueta. Echó a andar sin rumbo, reprimiendo el deseo de seguir a las parejas de enamorados, y al internarse en un parque público, sugestionado por el aire melancólico del lugar, se sentó en un banco apartado y rompió a llorar. Cuando se calmó trató de evocar en detalle la imagen de la mujer que ya nunca más le inquietaría, pero sólo consiguió una vaga y fantasmal representación en la que sus rasgos aparecían difusos, sin apenas perfilar. Lamentó no poseer una foto suya y se recriminó amargamente por no haber sido lo suficientemente sagaz como para haber conseguido una.

Recordó el café en que se citaban y se vio aguardándola impaciente aquella tarde de la pasada primavera en que todo concluyó. La había telefoneado por la mañana y advirtió en ella una frialdad más defensiva y contumaz que de costumbre. Temeroso de lo que se avecinaba, apenas comió. Su madre, siempre alerta, le preguntó qué le preocupaba y él, para no comprometerse, le respondió con evasivas sobre sus estudios.

–No debes desfallecer –le aconsejó su madre–. Ya falta poco –y radiante, agregó–. Dentro de tres meses te darán el despacho.

–Sí, dentro de tres meses me darán el despacho –bisó él sin ningún entusiasmo.

Su madre, entonces, señaló el cuadro que presidía el salón y dijo:

–Me acuerdo como si fuera hoy del día que se lo dieron a tu padre…

Él miró con ojos que se querían neutros, pero que derrochaban animadversión mal contenida, al militar que le contemplaba impasible y severo desde la pared y, como tantas otras veces, le costó reconocer en aquel hombre a un padre, a su padre. Hacía quince años que murió en Annual y, día a día, había podido ir comprobando cómo se alejaba más y más de él hasta que ya sólo quedaba el laureado coronel, el héroe a cuyo culto se había consagrado su madre y a quien sus compañeros en la guerra de Marruecos, ahora profesores suyos en Zaragoza, aún continuaban venerando y poniendo como ejemplo a las nuevas promociones de cadetes.

Cuando volvió a prestar atención a su madre, ésta decía, risueña:

– ¡Y en unos años, general!

Palmoteó alborozada, como una cría, y él bajó la mirada, contrito, presintiendo como presentía que tarde o temprano habría de decepcionarla. Le causaba malestar el solo hecho de pensarlo, pero sabía con una certeza que humillaba que nunca sería general y que la haría sufrir al echar por tierra ese sueño con el que había pretendido dar un sentido a su vida, desde que enviudó siendo él un niño.

Ya no lo era. Iba a cumplir veinticuatro años y deseaba perdidamente a aquella esquiva mujer a la que había conocido casualmente en las últimas vacaciones de Navidad. Mientras su madre hablaba y hablaba de los altos mandos a los que se proponía visitar para que su primer destino fuese todo lo brillante que la hoja de servicios de su padre exigía, se preguntó aprensivo qué nuevos desengaños le depararía el encuentro de esa tarde.

Esperándola en la misma mesa de siempre, aquella que ocuparon en las cinco o seis ocasiones en que, tras mucha porfía por su parte, se habían reunido anteriormente, hizo inventario de lo que se habían dicho en esas veladas y no tuvo más remedio que reconocer con algo parecido al estupor que prácticamente todo el tiempo lo había consumido en vencer sus reticencias y en intentar convencerla de que la amaba y de que debían seguir viéndose. También hubo de admitir que su gélida indiferencia de esa mañana no era consecuencia de un mal momento o de un enfado pasajero; era más bien la culminación de la actitud que había adoptado con él desde el primer día. Intuyó la inminente separación y pidió a Dios, en el que no creía, que le ayudara a retenerla.

“¿Por qué el amor ha de ser incontrolable?”, pensó. En ese preciso instante ella entró en el café y, al avistarla, se dijo que una mujer tan hermosa no podía ser cruel.

Pero lo fue.

En la caricatura de diálogo que había quedado grabada a fuego en su memoria, ella empezaba por decirle:

–No vuelvas a llamarme.

–Pero ¿por qué? –gimió él, tratando de cogerle la mano–. Di, ¿por qué?

Ella retiró las manos de encima de la mesa, le miró hosca y replicó:

–Te lo he dicho hasta la saciedad. No te amo.

–¿Que no me amas? –exclamó él, luchando en vano por sobreponerse al dolor que le había producido sus palabras.

–No –dijo ella, rotunda.

Quiso argumentar, pero, en su abatimiento, no halló razones. Sólo acertó a repetir: –Pero ¿por qué? Di, ¿por qué?

–Si he salido contigo es porque me dabas lástima –añadió ella, despiadada.

–¿Lástima? –inquirió él, perplejo.

–Sí, no me mires así, ¡lástima!

–Pero si yo creía que tú…

Su voz se quebró y ella dijo, sarcástica: – ¡Tú creías!

–Yo… yo creía que tú también me querías –balbuceó él.

–Pero ¿cómo tengo que decírtelo? –saltó ella–. Nunca te he querido. A ver si te enteras. Nunca.

–Discúlpame un momento –dijo él, incorporándose.

Se llevó el pañuelo a la boca y corrió a los servicios para vomitar.

Cuando regresó ya no estaba. Debajo del vaso de zarzaparrilla, que ella ni siquiera había tocado, había una hoja de papel con algo escrito. En su ofuscación, tuvo que leerla tres veces hasta asumir por completo su contenido.

La nota decía, escuetamente:

Esta noche me voy de la ciudad. Es la única forma de que me dejes en paz. Aunque sé que eres un inmaduro caprichoso y pusilánime, que nunca llegará a nada con ninguna mujer, te deseo mucha suerte.

“¿Fue así como ocurrió –se preguntó– o es sólo el recuerdo de su deserción el que me la hace tan odiosa?”

Le concedió el beneficio de la duda y buscó en la cartera la foto que sabía que no tenía.

***

Cerraron el parque y reinició su vagabundeo. Poco a poco como si una fuerza superior, tan invisible como persuasiva, dirigiera sus pasos, se fue acercando a la zona portuaria, donde estaban concentradas las casas de lenocinio. Frecuentó algunos bares, y cuando fue abordado por una de las prostitutas que se apostaban en las esquinas de aquel laberinto de calles oscuras no supo decir que no. La meretriz le tomó del brazo con una familiaridad que no le molestó –todo lo contrario, le pareció casi reconfortante en su soledad– y le llevó hasta la pensión en que oficiaba.

Él pidió que le trajeran una botella de coñac y, para pasmo de la mujer, mientras la bebía resumió su vida. Le habló de su padre, el coronel, y de su muerte en Marruecos; del maleable hijo único en que se convirtió para su madre; de las presiones a que fue sometido para que también él se dedicara a la milicia; de su inadaptación a la Academia y de los esfuerzos que tuvo que hacer para sobrellevar con dignidad el papel de hijo de héroe; del último trimestre en Zaragoza, en que, abúlico y desesperado por su fiasco amoroso, abandonó los estudios e hizo todo lo posible para que le suspendieran; de la ayuda que le prestaron los profesores amigos de su padre para que sacara el curso adelante; del disgusto de su madre cuando le informó de que el primer destino que había elegido, rechazando las recomendaciones que ella le había procurado, era un destacamento cerca de la frontera, aislado de todo y de todos, que sólo figuraba en los mapas del Estado Mayor; de las discusiones que se sucedieron, y de su escapada a esa ciudad, en la que nunca antes había estado, para hacer tiempo hasta el día en que tenía que presentarse.

Luego le dijo que allí había dado con la solución que todo lo arreglaba, y la prostituta, un tanto perdida en aquella vehemente narración frecuentemente interrumpida por lapsus de borracho, le miró sin comprender, y él tuvo que explicarle:

–Voy a suicidarme.

La mujer, sin saber qué hacer o qué decir, le sonrió desganadamente y él le espetó:

– ¿Es que acaso no te lo crees?

No respondió nada y él, como prueba, le mostró la pistola y la carta que, en la “mejor tradición” (aquí se carcajeó al mencionarlo), había escrito al juez.

– ¿De verdad vas a suicidarte? –fue lo único que profirió ella, temerosa.

Él asintió, y por un momento le pareció a su partenaire que iba a colocarse la pistola en la sien. Pero se le escapó de las manos y cayó al suelo. Ella se apresuró a recogerla y la devolvió al bolsillo del que él la había sacado. Después, le desvistió con mucho mimo y le tendió en la cama. Él quiso hacerle el amor para, como todas las noches, sumirse en el espejismo de que quien se le estaba entregando era la mujer a la que tanto había deseado y no una ramera ocasional, pero se quedó dormido, murmurando frases incoherentes que su acompañante no tuvo interés en descifrar.

Cómo llegó al hotel es algo que, aunque se lo preguntó, no alcanzó a explicarse. Sea como fuere, despertó en su habitación con la misma resaca y las mismas náuseas de todas las mañanas. Reprimió como pudo las arcadas y, con un ramalazo de humor negro, se dijo que con los temblores de azogado que dominaban sus manos jamás conseguiría suicidarse. Miró en torno suyo tratando de localizar la chaqueta, y cuando la vio tirada en el suelo, junto a la puerta, fue hasta ella y extrajo la pistola.

Desde la ventana contempló desapasionadamente a los transeúntes y durante unos segundos fantaseó imaginándose que era un francotirador. Luego, bruscamente, como obedeciendo a un orden interior, se introdujo la pistola en la boca y apretó el gatillo. Se oyó un “click”, pero no sucedió nada más. Rio nervioso y lo intentó de nuevo, esta vez a la altura del corazón. Se reprodujo el “click” y, paradójicamente lúcido en su confusión, pensó que lo que él pretendía era suicidarse, no jugar a la ruleta rusa.

Desmontó el arma y se encontró, para su sorpresa, con que el cargador estaba vacío. Se acordó entonces de la puta con la que estuvo la noche anterior y se dijo que seguramente había sido ella la que, en un acto estúpidamente compasivo, había sacado las balas mientras él dormía la borrachera.

Este enojoso aplazamiento en sus planes le hizo caer en un estado de sombrío letargo, del que sólo salió cuando a media mañana vino una camarera para hacer la limpieza. Le pidió unos minutos y los aprovechó para ducharse, afeitarse y ponerse por primera vez el uniforme. Metió en la sahariana la pistola y la carta y, tras empaquetar sus cosas, se marchó del hotel y se dirigió a la estación.

***

La venta en la que tenían que recogerle para conducirle al inaccesible acuartelamiento estaba enclavada en un cruce de caminos, a un kilómetro escaso del apeadero del ferrocarril en el que había bajado. Aunque todavía faltaban dos días para la fecha en que, según las órdenes recibidas, habría de presentarse el soldado que le serviría de guía, había acudido allí con tanta antelación con el solo objeto de sentirse lo más cerca posible del lugar donde podría reponer la munición y acabar de una vez con una vida, la suya, tan plagada de sinsentidos.

Era el único huésped y la familia que regentaba el establecimiento se desvivió en atenderle. Él, sin embargo, ajeno a sus cuidados, comió con indiferencia los platos que le preparaban y respondía con un ominoso silencio a todos los intentos de darle conversación. Se pasaba las horas en su cuarto, leyendo las novelas de Joaquín Belda y Felipe Trigo que había comprado en la estación, y al contrastar esas aventuras galantes con su propia y desgraciada experiencia se reafirmaba más y más en la idea de abandonar este mundo cuanto antes. Quería hacerlo con su pistola de oficial y por eso pasó como sobre ascuas por las alternativas –arrojarse al tren, colgarse de una viga, lanzarse al pozo…– que se le ocurrían a su cabeza con obstinada insistencia.

No probó el alcohol y cuando, al fin, apareció el soldado con la tartana no se encontró con el borracho adán y desquiciado de los últimos tiempos, sino con un joven teniente pulcro y circunspecto, al que una invencible timidez separaba de los demás. El soldado la atribuyó a la responsabilidad de hacer frente a su primer mando y creyó adivinar por sus maneras que iba a ser un oficial con el que nunca tendría problemas.

Él estaba ansioso por partir, pero el soldado impuso un nuevo retraso a sus propósitos diciéndole que el caballo necesitaba un descanso. Oscureció y una tormenta de verano con mucho aparato eléctrico le hizo desistir de ponerse en camino esa misma noche. Se mantuvo despierto, fumando un cigarrillo tras otro y acariciando de tanto en tanto la pistola, y cuando aún faltaba una hora para el amanecer ya estaba en pie, dando nerviosos paseos por el patio, aguardando que el soldado se levantase y enganchase el animal.

Llevaban unos minutos de viaje cuando una patrulla a caballo surgió de improviso en el horizonte. El capitán que mandaba la tropa hizo que se detuvieran y le ordenó bajar. Él comenzó a presentarse pero aquél le interrumpió con un perentorio gesto de la mano.

Luego le preguntó a bocajarro:

– ¿De qué lado está usted?

– ¿Cómo dice, mi capitán? –dijo él, sin entender.

– ¡Le he preguntado de qué lado está usted! –gritó el capitán, impaciente.
Él se encogió de hombros y dijo sonriendo torpemente:

–Perdone, mi capitán, pero no sé de qué me habla.

Su interlocutor le miró incrédulo y dijo golpeándose la pierna con la fusta:

– ¿Va a decirme que no está enterado de que Franco se ha alzado contra la República?

–Así es, mi capitán –contestó él, sin perder la calma.

Entonces el capitán repitió:

– ¿De qué lado está usted?

Él le escudriñó la mirada y comprendió que aquel hombre estaba decidido a todo.

–No lo sé, mi capitán –contestó.

En los instantes que siguieron, el capitán trató de que clarificara su postura e incluso descubrió la carta de con quién estaba él. No sirvió de nada; el teniente continuó sin definirse.

–Tiene que tomar partido –dijo el capitán, colérico–. Se prepara una guerra.

En esos primeros momentos de confusión le hubiera bastado para salvarse decir que era hijo del héroe de Annual y unirse al bando que representaba el capitán. Pero prefirió callarse y, aunque el otro amenazó con ejecutarle, no dio su brazo a torcer.

–Haga lo que tenga que hacer –dijo.

Exasperado por su negligente respuesta, el capitán dispuso que descabalgaran algunos de sus hombres y formó con ellos un pelotón de fusilamiento.

Cuando se situaron delante de él, no se alteró. A pesar de que iban a ser otros los que realizasen lo que él había sido incapaz de consumar, estaba contento. El desenlace se acercaba y ya sólo restaba oponerse a que le vendaran los ojos –quería ver cómo la parca le abrazaba como ella, la mujer que no le amó, nunca le abrazó– y pedir, como postrera voluntad, que le entregasen el uniforme a su madre.

Sonaron los disparos y, antes de caer con una despectiva sonrisa en los labios, lo último que pensó fue si su madre también consideraría una muerte heroica aquel final tan deshonroso.

(5º accésit del Premio de Cuentos Alfambra 1983)

Carlos Pérez Merinero: Cuentos completos, ed. El Garaje. Madrid, 2016

***

Sobre Pérez Merinero en este blog:
La niña que hacía llorar a la gente

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