viernes, 15 de abril de 2016

El creer en no creer


LECCIÓN PRIMERA

¿Existe dios? Esta es la primera pregunta del hombre. Y a partir de esta pregunta y al correr de la Historia, aparecerá el pensamiento crítico, la Filosofía, quizás todas las ciencias.

Esta pregunta al parecer sólo ha sido contestada o respondida de dos maneras, el deísta dirá que sí, que cree en dios, y el ateo dirá: “no lo sé, pero creo que no””. Para el deísta que se basa en la fe, no hay ningún problema; para el ateo que se basa en la razón, su respuesta ha de ser matizada porque creer en un no-creer pide reflexión.

Y la reflexión consiste en que se ha de considerar la imposibilidad de demostrar la inexistencia de algo. Claro que si una existencia puede ser demostrada, la creencia en su no existencia caería por su base.

Y aquí empieza el gran problema de los creyentes que hemos llamado deístas para simplificar. Porque si bien es verdad que es imposible demostrar la no existencia de algo, sí es posible y hasta muy, pero que muy recomendable, el demostrar su existencia. Y ni cortos ni perezosos, los deístas se han dedicado durante siglos a demostrar la existencia de dios.

El que existan tantas “pruebas” de la existencia de dios, significa en un primer momento, que ninguna de las llamadas pruebas ha sido definitiva. Es decir que ninguna de las pruebas logra su objetivo final: la demostración de la existencia de dios.

Efectivamente a partir de la razón no hay posibilidad alguna de demostrar la existencia de Algo que se supone en teoría o en hipótesis. Y no es posible porque no hay manera de llegar a la verificación de esta existencia supuesta.

La respuesta ante la falta de pruebas razonables por parte de los creyentes, no se hizo esperar: se trata para los deístas de una cuestión de fe y de una cuestión de revelación

La revelación consiste en creer a partir de ciertos textos que no se discuten, que el mismo dios se manifestó o reveló al hombre. O de otra manera, la revelación es el acto por el cual un ser supremo desvela, revela su propia existencia a los hombres, ya que implícitamente, se supone que el hombre por su sola razón, no puede llegar jamás a las llamadas verdades reveladas.

Observemos inmediatamente, que se trata ante todo de separar al hombre de su razón, de su crítica, de su pensamiento, no se le pide que piense, al contrario se le pide que crea, y dios o el supremo hacedor comprendiendo las limitaciones que ya son prohibiciones del hombre, decide revelarse.

Hay tantas revelaciones como religiones, es decir, existen tantas prohibiciones de pensar con la razón, como religiones existen.

Los dioses se revelan por medio de libros escritos por iluminados o profetas, y los destinatarios de estos libros, han de cree que dios no sólo existe sino que demuestra su existencia a través de los libros “dictados” a estos hombres escogidos.

La razón crítica del hombre, su pensamiento en resumen, queda arrinconada o arrinconado ante un hecho que no necesita para nada de la razón, necesita apelar solamente a la fe del hombre.

Desgraciadamente para los creyentes, un acto de fe no es un acto de razón, y hay hombres, los ha habido siempre, que se han negado a la fe en nombre precisamente de su razón. Se les llamó impíos, herejes, ateos, agnósticos y otros epítetos.

Que al hombre no le bastaba la fe para creer es un hecho que se demuestra por la necesaria existencia de la revelación. Las religiones comprendieron enseguida que el hombre no se sujeta a la fe predicada tan simplemente, entonces surgió la revelación, es decir la afirmación por escrito de la fe del hombre.

La existencia pues de una revelación divina demuestra que no sólo por la razón, sino que ni siquiera por la fe, es posible creer en la existencia de un ser supremo.

Si bastara la fe, no se necesitaría de ninguna revelación. Al parecer dios preocupadísimo por la falta de fe de los hombres, no tuvo más remedio que escribir sobre su propia existencia. Es el “yo soy el que soy” de la Biblia, es el autoproclamarse dios único en la mayor parte de los textos de diversas religiones.

Apelando a la razón del hombre, no es posible demostrar la existencia de dios, entonces echó mano de la fe y de la revelación. El que más tarde, se pudiera demostrar por la razón, que las revelaciones no pasan de ser obra humana, obligó a las religiones a fortificarse en la fe. Y con la fe no se demuestra nada pero se cree en la existencia de algo que no se puede demostrar.

Desgraciadamente para el ateo, la fe no puede ser creída, por eso su labor intelectual consiste en creer, dar por verdadero, el no creer. A la pregunta de si existe dios, el ateo razonable, crítico o simplemente humano, responde en un primer momento, no lo sé, creo que no. Claro que si se trata de un ateo bien educado, es decir no excesivamente duro ante el creyente, responderá: no lo sé, creo que no, aunque espero que por su bien, por el del creyente, que se demuestre algún día.

Hoy por hoy, el creyente lleva siglos “demostrando” la existencia de dios y esta existencia no ha podido ser probada. El creyente replicará, quizás ya un poco enfadado: de acuerdo no puedo demostrar la existencia de dios, pero tú, ateo, tampoco puedes demostrar su inexistencia. Lo cual es cierto.

Para volver al principio, si efectivamente la no existencia de algo es indemostrable por definición, el ateo ha de responder ante la gran pregunta con el no sé.

Respuesta a primera vista neutra y muy poco beligerante, pero que si se medita, es toda una declaración racional, digna del hombre. O para decirlo con Epicuro: hay que respetar a los dioses aunque no se crea en ellos. Por eso el ateo no es un impío ni un blasfemo (¿cómo maldecir de lo inexistente?) sino un hombre que quiere seguir pensando.

PRIMER EJERCICIO PRÁCTICO DE CONVERSACIÓN

-Y dice usted que no cree en la salvación o condenación del alma.

-Tengo mis dudas, porque primero usted no me ha demostrado todavía la existencia del alma…

-Pero caballero…

-No, no me lo ha demostrado usted. Después supone usted que el alma es inmortal, y en tercer lugar supone que será juzgada y premiada o castigada según su conducta en esta tierra. Como comprobará, necesito al menos tres demostraciones para seguir esta conversación.

-Es usted un materialista.

-Bueno, y usted es un idealista.

-No me negará que el hombre necesita de una justicia divina.

-Pues sí lo niego porque no veo la necesidad de esa necesidad.

-El hombre necesita creer no sólo en la inmortalidad de su alma, sino también en la existencia de esa justicia divina.

-¿Y por qué ha de necesitar creer en todo eso?

-Así ajusta su conducta con la justicia, se hace moral, más bueno.

-En resumen, que usted predica la fe.

-La fe que mejora al hombre.

-El hombre no está hecho solamente de sentimientos sino de también razón, ¿de acuerdo?

-Sí, de acuerdo.

-Entonces toda creencia o todo sentimiento que vaya en contra de su razón no es un bien para el hombre, sino un mal para el hombre.

-Pero usted lo niega todo.

-Al contrario, defiendo la existencia de una razón humana, la única que puede hacernos comprender, vivir…

-La razón no es nada, la fe es todo.

-Yo podría decir exactamente lo contrario, porque las dos afirmaciones son difícil de verificar. Pero en fin ahí va mi afirmación: la fe no es nada, la razón es todo.

-Vistas así las cosas… en fin, se podría llegar a un arreglo, yo también soy un hombre razonable, y creo que hay un momento para la fe y otro para la razón.

-Error, amigo mío, craso error, todo momento dedicado a la fe ha de ser examinado, es decir criticado por la razón del hombre, luego no hay un momento para la fe y otro para la razón.

-Usted no se aviene a razones.

-Querrá usted decir que no me avengo a fes, porque razones es lo único que le estoy dando.

-Total, que es usted un ateo redomado.

-Quite lo de redomado, no me gusta presumir.


Extractos del ejercicio séptimo de conversación:

-Y ahora me dirá usted…

-Ahora ya va siendo hora, le voy a pedir a usted bibliografía.

-¿Cómo dice?

-Sí, que ya está bien de hablar con los creyentes que ni siquiera han leído lo que tenían que leer. Es inadmisible que los ateos tengamos que pasarnos la vida explicando libros que ustedes los creyentes se niegan a leer, por eso, le pido a usted bibliografía. Vamos a ver, ¿qué ha leído usted sobre mecánica cuántica?

-Hombre, yo…

-Nada, eso es. Pues entonces lo siento, pero usted no está autorizado para hablar ni del origen del hombre ni del origen del universo. O lo que es lo mismo, todo lo que me diga carece de la más mínima autoridad.

-¿Pero es que los creyentes no vamos a poder hablar?

-No de lo que no saben, y un creyente sabe lo que se dice muy poquitas cosas, ha recogido algunas opiniones, recuerda el catecismo y poco más (…)

-Los creyentes creemos…

-Es lo único que saben hacer, eso y repetir frases más o menos sentimentales, que si la bondad de dios, que si la providencia, que si la caridad, etc., etc. hay una gran injusticia en nuestra sociedad porque los creyentes ocupan todo el espacio digamos cultural, mientras los ateos no tenemos derecho a nada. Ni siquiera estamos reconocidos en ninguna Constitución, todos los Estados liberales reconocen la libertad de culto, claro está, pero no la libertad de los sin culto. Los ateos no poseemos doctrinas construidas, ni templos ni agrupaciones, no tenemos derecho pues ni a reconocimiento jurídico o administrativo ni mucho menos a ninguna ayuda…

***

CAPÍTULOS:

Lección segunda: La primera obligación del ateo ha de consistir en creer en todo los dioses. Ejercicio práctico de conversación.

Lección tercera: La creación humana y siempre histórica de los dioses no puede subsistir sin la creación consecuente de las religiones (iglesia, escuelas, instituciones varias). Ejercicio práctico de conversación.

Lección cuarta: La moral no necesita ser religiosa para ser moral. Ejercicio práctico de conversación.

Lección quinta: Históricamente la creación primero, de los dioses, y después de sus religiones correspondientes, permitió el avance cultural y de civilización en la sociedad humana. Ejercicio práctico de conversación.

Lección sexta: La idea de dios ya no es necesaria. Ejercicio práctico de conversación.

Lección séptima: La ciencia es necesaria aunque no sea suficiente. Ejercicio práctico de conversación.

Discurso de clausura: La ciencia es necesaria aunque no sea suficiente y por eso la ciencia no puede ser un sustituto de la religión.

Parva bibliografía

(Curso acelerado de ateísmo, de Antonio López Campillo y Juan Ignacio Ferreras. Ediciones VOSA. Madrid, 1996).

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