viernes, 27 de marzo de 2015

Juan Benet sobre una crítica de Martín Vilumara


En el número 525 publicábamos una extensa crítica (Gimferrer en catalán), firmada por Martín Vilumara, conocido seudónimo de José Batlló, director y fundador de la colección de poesía “El Bardo”, poeta (Canción del solitario, 1971), antólogo (Antología de la nueva poesía española, 1968, Seis poetas catalanes, 1969, Narrativa catalana de hoy, 1970); traductor de autores como Espriu, Pere Quart, Salvat-Papasseit… La crítica de Martín Vilumara ha provocado la reacción del novelista Juan Benet, quien se expresa del siguiente modo en carta dirigida a nuestro director:

Sólo con dificultad acertaré a comprender la razón que le ha podido mover a publicar el artículo sobre el último libro de Pere Gimferrer, firmado por Martín Vilumara. ¿Es correcto, me pregunto, utilizar toda una página de una revista de gran tirada para hacer la crítica adversa de un libro que sólo muy pocos –y de distinta lengua que el lector habitual de aquélla- podrán conocer y defender? Semejante desigualdad es tanto más grave cuanto que el autor del artículo, bajo el pretexto de franquear la barrera lingüística  que aísla y distingue a ese libro, se permite traducir de manera caprichosa y adulterante las primeras líneas de siete poemas.

Para el crítico en cuestión –cuya firma arroja el aroma de todo seudónimo utilizado como máscara- , tal inconsecuencia debe carecer de toda importancia a juzgar por la carencia de escrúpulos que, haciendo uso de subterfugios que de nada valen ante la brutalidad de sus frases, compara a Gimferrer con “personajes desvalidos, incapaces” y afirmar tanto que “parece tener miedo de descubrir su impotencia” cuanto que “el mundo le viene grande”, y con la que, abusando de esa providencial intimidad con la historia de que goza el crítico literario, conocedor de sus más secretos designios, “en virtud de la severa lección que recibe de su traductor “ se atreve a advertir a Gimferrer que “reflexione largamente sobre el sentido de su obra”.

En suma, un maestrillo; en una tan demostrativa y bochornosa lección de irresponsabilidad que, si el medio para el que fue dictada fuera sensato, habría de bastar para que le fuera retirada la licencia.

Le saluda atentamente,
Juan Benet

José Batlló (Martín Vilumara), Taïfa Llibres, mayo 2012.Foto: Francesc Sans

Respuesta de Martín Vilumara

Informado por la dirección de Triunfo del contenido de la carta de Juan Benet, deseo hacer las siguientes precisiones:

Sobre el primer párrafo de la carta: Mi artículo no trata sobre un libro determinado de Gimferrer, sino sobre toda su obra poética en catalán, enlazando ésta, además, con su anterior obra en castellano. Para argumentar sobre la incorrección de mi trabajo, Juan Benet se basa en que éste le parece contrario al poeta. ¿Lo seguiría hallando incorrecto si le pareciera favorable? En cualquier caso, agradecería a Juan Benet diese a conocer la lista de libros y autores de que pueda hablarse, favorablemente o no, y de las publicaciones y extensión indicada para cada caso.

Sobre el segundo párrafo: La utilización del seudónimo de Martín Vilumara no es ninguna máscara. Con esa firma pueden hallarse trabajos, desde 1966, en las siguientes publicaciones, entre otras: Claraboya, La Vanguardia, TRIUNFO, Informaciones, Si la píldora bien supiera, no la dorarían por fuera, etcétera. Por lo demás, Pere Gimferrer conocía perfectamente, desde el citado año, la identidad de Martín Vilumara, de la que no se ha hecho nunca ningún secreto. Juan Benet debe haber seguido unas clases de lectura rápida y por eso ha confundido a Gimferrer, como persona, con Gimferrer como sujeto poético, y a éste me refiero exclusivamente en mi trabajo.



Sobre el tercer párrafo: Rezo por la insensatez de TRIUNFO, a fin de que no se me retire la licencia (por cierto, ¿de qué licencia estamos hablando?). Insensatez, por otra parte, felizmente compartida por aquellas publicaciones en que se han acogido ciertos trabajos de Juan Benet, que en cuanto a irresponsabilidad poco tienen que envidiarle a los míos.

Los restantes argumentos de la carta de Juan Benet me parecen tan triviales que me eximo de comentarios.

Martín Vilumara

(En revista Triunfo, número 528, año XXVII, pág. 59, del 11 de noviembre de 1972)


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Aquí la crítica de la polémica:

Gimferrer en catalán

Me consta que cuando, en 1970, Gimferrer hizo pública su decisión de escribir su obra de creación en lengua catalana hubo algunas rasgaduras de vestiduras (y valga la cacofonía) por parte de quienes le habían erigido en portaestandarte de la nueva poesía española de lengua castellana. Algo parecido a la reacción de Juan Ramón Jiménez cuando sus discípulos de la generación del 27 se desmandaron. A nivel privado, por lo menos, se habló de “traición”. En cualquier caso, la decisión no dejaba de ser sorprendente, por más que sin duda justificada. En diciembre de 1969 aparecía lo que podría llamarse obra poética completa de Gimferrer en castellano. En enero de 1970, según propia confesión, inicia la escritura de su primer libro catalán, Els miralls (1) que aparecería ese mismo año. Un libro breve, como todos los anteriores de su autor, compuesto por doce poemas de muy distinta factura, y que no permitían, a mi modo de ver, hablar de un progreso en relación con la obra anterior.

Pere Gimferrer

Por una parte, Gimferrer introduce la relativa novedad de reflexionar sobre la poesía (la propia y la poesía en general). Pero lo hace con escasa originalidad: “Este poema es una hilera de trampas”, “La poesía es un sistema de espejos giratorios”, “Nunca he vivido la distancia entre aquello que se quiere decir y aquello que realmente se dice, / la imposibilidad de penetrar la tensión del lenguaje, de establecer un sistema de actos y palabras, / un cuerpo de relaciones entre el poema escrito y su lectura”. Por otra, el lenguaje ha perdido la extraña fascinación que tenía en Arde el mar, por ejemplo. Más adelante Gimferrer se interna por terrenos más conocidos: plagios de sí mismo (“Interludi”) que parecen plagios de algunos de sus epígonos (Ana María Moix), reflexiones pavesianas que se me antojan filtradas por José Elías (“Trópic de Capricorn”), retorno a la rima, que no utiliza desde Mensaje del Tetrarca, su primer y repudiado libro (“Ara el poeta inicia una acción práctica”, “Juny”). En conjunto, creo que no puede hablarse de Els miralls sino como de un tanteo de posibilidades. Gimferrer no se halla seguro aún de lo que  puede, quiere y debe hacer. El nuevo instrumento lingüístico que tiene entre sus manos, le es parcialmente desconocido, y ello le obliga a veces a dudar; otras, a salvar los obstáculos por el simple procedimiento de desviarse de su camino. Su mundo, sin embargo, es el mismo: un mundo construido a base de referencias culturales, a cuyo través accede a una “realidad superior” que sólo en contados momentos acierta a transmitirnos.

El segundo libro catalán de Gimferrer, Foc obert, permanece inédito, y sólo conocemos de él algún poema suelto y las referencias que el propio autor, o algunos de sus críticos, nos han brindado. Hora foscant (2), apareció este mismo año, supone un paso adelante en relación con la anterior obra catalana de Gimferrer. Se trata de un libro aún más breve que el anterior –solamente siete poemas-, cuya construcción formal es muy similar a la de Arde el mar. Versos endecasílabos, por lo general, alternando el italiano con el provenzal y utilizando las rupturas de ritmo como pausa melódica para evitar la monotonía del sonsonante, a diferencia, en esto, de Arde el mar, donde las rupturas tenían una pretensión irónica y distanciada del poeta hacia su propia obra. De donde se desprende que Hora foscant es un libro más severo, escrito por el poeta con mayor concentración y autoconciencia, lo cual no debe querer decir que con mayor cierto. Atendiendo a una estructura más profunda, el libro se halla más cerca de La muerte en Beverly Hills, tanto por su densa brevedad como por su unidad temática, pudiéndose hablar antes de un poema en siete partes que de un libro compuesto por siete poemas.


¿En qué consiste esa unidad temática? Su prologuista, Joaquim Molas (y doy de lado, deliberadamente, las polémicas afirmaciones que Molas hace en su prólogo), nos dice que el libro “es una exploración… insólita y hasta convencional en el campo de la cultura, y más concretamente, de la cultura barroca), entreteniéndose después en establecer una serie de paralelismos, que a mí se me antojan gratuitos, entre versos de poetas barrocos (y de algunos que no lo son) y versos de Gimferrer. A pesar de lo cual, la explicación me parece insuficiente en parte, porque toda obra de arte es, o debería ser, una exploración en el campo de la cultura. Por lo demás, no logro comprender cómo algo puede ser insólito y convencional a la vez. Lo que en mi opinión lleva a término Gimferrer en Hora foscant es una interrogación sobre su propia existencia. Interrogación velada, desde luego, por la serena cadencia del lenguaje, solemne y distante en gracia al ritmo elegido. Veamos, si no, el principio de cada una de las siete partes o poemas del libro: “Con tanta luz, el cielo no lavaba / la oscuridad del mar…”, “¿Aún más? No, ya basta”, “Este cuerpo mío, tan acostumbrado a las nubes, / que toda esta luz se le convierte en ceniza…”, “Cual el carbón, los espacios. Y no hay un árbol / que no sea su signo…”, “Cual la luna que mueve desiertas olas…”, “Solamente yo, solo, nocturno, y esta desazón…”, “Una música ausente ha devorado / nuestro cuerpo”. Enfrentado  a una realidad transfigurada por la belleza que siglos de cultura le confieren, Gimferrer parece tener miedo de descubrir su impotencia. No se sumerge, pues, en esa realidad, sino que la describe, la limita, la empequeñece, en suma. Ya que el mundo le viene grande, el poeta se construye otro mundo a su propia medida. Como esos personajes desvalidos, incapaces, que nos retrata en sus relatos Mercè Rodoreda, Gimferrer se nos muestra no en una realidad más honda, sino simplemente en “otra” realidad. Poesía patética al cabo, porque si bien es verdad que las palabras nunca son capaces de decir todo cuanto vislumbramos, también lo es que siempre dicen de nosotros mismos más de cuanto quisiéramos mostrar. “No, los sentidos / no pueden resistir por mucho tiempo / la vista de la verdad”, nos dice Gimferrer, y remacha: “No hablo, comprendedme, / de verdades intelectivas: ve / que nosotros mismos somos la antigua / flauta de madera, más antigua aún / que esta luz, más fácil de comprender / que este hombre, o de no comprender jamás”.

En este sentido, Hora foscant es seguramente el libro más genuino de Gimferrer, el primer libro donde el artificio formal y la sabiduría lírica del poeta quedan trascendidos por una problemática que va más allá de los triviales problemas técnicos que su poesía se había planteado y resuelto generalmente con tanta brillantez. Porque reducir el mundo es también una manera de explicarlo.  Porque mostrarse desvalido ante la verdad es, desde luego, una forma más de atacarla y ensalzarla.

Gimferrer acaba de publicar cinco poemas en la revista Camp de l’Arpa (3), con versión castellana enfrentada de Juan Ramón Masoliver. Son poemas que abandonan las líneas señaladas en Hora foscant para retroceder, en cierta manera, a modos anteriores. Gimferrer acarrea sus materiales de los poetas medievales catalanes, de los renacentistas italianos y castellanos. Son en gran parte ejercicios de estilo. La severa lección que recibe de su traductor, en cual “reescribe” con mayor riqueza y soltura los poemas originales, debería servirle para reflexionar largamente sobre el sentido de su obra y continuarla del único e irrepetible que sus indudables dotes nos permiten esperar. Otra cosa sería desperdiciar sus posibilidades y defraudar a quienes, como el firmante, mantienen una firme fe en el futuro de su poesía.

Martín Vilumara

Notas:
1) Els llibres de l’Escorpí. Poesía, 3. Edicions 62. Barcelona, 1970
2) Els llibres de l’Escorpí. Poesía, 9. Edicions 62. Barcelona, 1972
3) Pere Gimferrer: Cinc Poemas/Cinco Poemas. Versión castellana de Juan Ramón Masoliver. “Camp de l’Arpa”, número 3. Págs. 2 a 6.


(En revista Triunfo, número 525, año XXVII, pág. 51, del 21 de octubre de 1972)

En Triunfo Digital

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Gatopardo me envía también esta crítica más reciente:

"Forever Cuca"

Ni más ni menos ridícula y tan respetable como cualquier otra historia de amor es la vivida por Pere Gimferrer en los últimos años. Pero él no ha querido reducirla al ámbito privado. Con pormenorizada minucia nos la ha contado a todos, y no en los programas de cotilleo de la televisión, que es donde tendría su sitio, sino en las páginas de los suplementos literarios. Esas llamativas confidencias le servían para promocionar sus dos más recientes libros: Interludio azul y Amor en vilo, ambos publicados por Seix Barral.

Amor en vilo -el título ya fue utilizado por Salinas y Alberti, como se señala en la nota final- es un conjunto de 151 poemas escritos en castellano con métrica clásica (se insiste especialmente en el soneto) y factura neomodernista. Cuarenta poemas, escritos entre 1963 y 1969, le bastaron a Gimferrer para hacerse un lugar en la historia de la poesía española. Era entonces un poeta joven de exigente autocrítica que no confundía el desahogo sentimental con la literatura, el mero ejercicio retórico con la poesía. 

Empaña la notable muestra de virtuosismo que es Amor en vilo -sólo Alberti, Gerardo Diego o quizá García Nieto pueden hacerle competencia- una absoluta carencia de sentido del ridículo. Basten dos ejemplos. Así dice el primer serventesio del soneto alejandrino "Request":

"Quiero para mis labios esta piel de gladiolo, / quiero para mis brazos este cuerpo de luz, / si desnuda no vienes, que me llamen Pocholo, / si desnuda no vienes a mis labios en cruz".

Pocholo repitiendo una y otra vez el nombre de Cuca, su recuperada primera novia, es Gimferrer en este libro, un Pocholo académico que abusa tanto de las referencias culturales como de la trivialidad y el ripio:

"Por Cuca yo he vivido y viviré, / es la cítara Cuca quien me pulsa; / las llamas petrolíferas de Tulsa / brillan igual que resplandeceré".

Con absoluta seriedad se escriben estos poemas de amor, aunque a veces nos cueste creerlo: 

"Como vivías en Nueva York / (o tal vez en Addis Abeba) / zarpó tu velero de Cork / y no arará en el mar tu esteva, / pues en tu túnica ya nieva/ (sesenta y ocho en el Stork / Club de Tuset) la rubia breva / del tiempo de aquel sol de York". 

Toda exégesis en este caso eludo (¡esa breva que nieva sobre una túnica!), aunque quizás el soneto eneasílabo que comienza con tales versos se salve como ejemplo de nonsense.

"Cuando siento, no escribo", declaró Bécquer, el poeta más aparentemente directo y confesional. "La poesía es emoción recordada en la tranquilidad", afirmó Wordsworth. Los amorosos y esforzadamente lujuriosos desahogos del sesentón Gimferrer, que ha perdido la cabeza como un adolescente, tienen poco que ver con la poesía. El exigente Gimferrer de Arde el mar los habría reducido a una edición privada, a poco más que un ejemplar caligrafiado con primor para dejar en las manos de su adorada Cuca.

Interludio azul -escrito en dos semanas- es la crónica del nuevo enamoramiento. Tras la muerte de María Rosa Caminals, con quien estuvo casado más de treinta años ("luminoso sentido final de todo", la llama en la dedicatoria de su poesía completa en catalán), Gimferrer se reencuentra con una antigua novia, Cuca de Cominges, y la pasión reaparece. El poeta no nos ahorra ninguna minucia: "Llamo a C. a su casa por la noche; primero, comunica; luego, se pone al teléfono, resulta estar sola y hablamos durante una hora y cincuenta minutos". Ni siquiera elude referirse a los amores lésbicos de ella ni a su primer marido ni a su segundo marido, el actual. Tampoco evita las confidencias propias, hasta ahora cuidadosamente evitadas. "Dedícate a los señores, que también son una buena opción", le dice Cuca cuando aún no ha decidido ceder a sus requerimientos. Y Gimferrer responde: "Eso me interesó en mi adolescencia, estuvieron a punto de expulsarme del colegio, me queda demasiado lejos ya" (más adelante se definirá como "un gay al que le gustan las mujeres").

La confesión autobiográfica de Interludio azul se lee con más gusto, quizá su brevedad ayuda a ello, que la inacabable reiteración retórica de Amor en vilo. «El arsenal poderosísimo de la memoria» no abandona a Gimferrer, como él mismo declara, «ni siquiera en este período de insomnio, de fatiga y de extremo decaimiento físico». Las referencias culturales son así continuas: sólo en el primer párrafo nos encontramos con Death in Venice, El año pasado en Marienbad, un verso de Rubén Darío ("¡Y es cruel y eterna su risa de oro!"), el acorazado "Potemkin", la poesía Tang traducida al italiano por M. Benedikter, Macbeth de Verdi, las novelas de Ricardo León, dos cuadros de Tàpies y uno de Canaletto, un poema de Gil de Biedma, otro de Machado, la visión hitchcockiana del hueco de una escalera, The pursuit of happiness de Washington y Jefferson, palabra de Heráclito y de Nietzsche... Pero a pesar de toda esa "fermosa cobertura" enciclopédica (y de sugestivas metáforas de ambiente, muy característicamente suyas, como la inicial: "En la campana de luz dorada y blanca de esta tarde de invierno"), Gimferrer no consigue convertir la anécdota privada de su enamoramiento en una obra literaria de valor general. Por un lado van sus confidencias (cuenta cosas que no suelen contarse después de cumplidos los 16 años) y por otro sus prodigiosas dotes de escritor, que en estos dos libros quedan como flotando en el vacío, cuando no se convierten -es lo que ocurre con buena parte de los poemas de Amor en vilo- en involuntaria caricatura."

(Publicado en La Nueva España, Asturias, 31 de marzo 2006)

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