lunes, 19 de enero de 2015

Joan Perucho o el puchero de Jano


Por: Guillem Díez

Con el acertado título De lo maravilloso y lo real la Fundación Banco de Santander publica una amplía antología de textos del irrepetible Joan Perucho. Seleccionada y prologada por Mercedes Monmany, esta obra viene a rellenar un vacío editorial en torno a este autor imprescindible.

Desde hace ya unos años, a través de su Colección Obra Fundamental, la Fundación Banco de Santander viene realizando un encomiable trabajo de recuperación de escritores que, por diversos motivos, no gozan hoy día del prestigio y la presencia que debieran y cuya obra es difícil de encontrar en las librerías. Así, autores como Eugeni d’Ors, Álvaro Cunqueiro, Francisco Ayala o Rosa Chacel han sido reivindicados y, para muchos lectores, también descubiertos en una labor contra corriente dentro del páramo cultural que atravesamos. También a contracorriente escribió siempre el inclasificable Joan Perucho, a quien le toca ahora enriquecer este catálogo con una amplia selección de textos de su narrativa corta.

Perucho era poeta, escritor, crítico de arte, periodista, editor, bibliófilo, gastrónomo, erudito, amigo de sus amigos y, claro está, también juez. Interesado siempre por lo arcano, en el excelente prólogo de esta antología Mercedes Monmany nos habla de la fascinación que sentía por la doble naturaleza de los espejos, la de reflejar la realidad y además su reverso misterioso, sólo alcanzable por la intuición poética. Por eso como Jano, el dios romano de las dos caras, la vida del bifronte Perucho se mueve siempre entre dos polaridades. De padre catalán y madre castellana, dos idiomas iban a acomodarse en su mente. También la azarosa vida quiso que sirviera en los dos bandos en la Guerra Civil, o que, llevado de la rauxa de su fantasía quisiera estudiar Letras, pero que el seny familiar lo encaminara hacia el Derecho, (no olvidemos que a Jano se le atribuye también la invención de las Leyes). Así, en Perucho acabó cumpliéndose ese oxímoron que suponía ser juez, obligado a ceñirse rigurosamente a la realidad, y a la par poeta, propenso a trastrocarla. No debe extrañarnos entonces que Jano sea también el anagrama de Joan: está claro que se trataba de su divinidad tutelar, la que velaba porque esas fuerzas antagónicas siempre permanecieran en equilibrio. Como bien señalaba Carlos Pujol, escritor y amigo de Perucho y al que calderonianamente llamaba el mágico prodigioso, “el poeta, que parece haber vivido para todas las magias del lenguaje y de los sueños, no olvida nunca que es un hombre de Derecho, y eso pone coto a los posibles peligros de la fantasía excesivamente desbocada”. En el espejo de Perucho se miraba un juez y se reflejaba un poeta y, evidentemente, para conseguir ese equilibrio hacían falta buenas dosis de ironía, algo para lo que el burleta Joan Perucho siempre estuvo bien dotado.
 
En El mundo de Juan Perucho: el arte de cerrar los ojos, Julià Guillamon analiza atinadamente su producción dividiéndola en tres etapas, todas bajo una concepción del arte y la literatura como hecho espiritual alejado del materialismo. Una primera época caracterizada por la crítica de arte y la escritura de versos en catalán, que, a partir de Sota la sang (1947), va reuniendo en libros. Una segunda etapa inaugurada por su primer cuento Con la técnica de Lovecraft (1956), en que empieza el Perucho más heterodoxo e identificable, en obras que huyen del realismo social para adentrarse en el mundo de lo fantástico. Es tiempo de grandes novelas como Libro de caballerías (1957) o Las historias naturales (1960) y de grandes amistades, como Néstor Luján o su alter ego literario Álvaro Cunqueiro. Tampoco abandona en esta etapa su trabajo periodístico en Destino y su importante labor como crítico y divulgador de arte, en artículos en los que habla de pintura o arquitectura, pero en los que también introduce novedosamente sus opiniones sobre temas hasta entonces casi ausentes en ese ámbito, como fotografía, joyería, diseño gráfico, cómic o el pop-art. Un Perucho que, en palabras de Guillamon, “defiende el arte refinado y esteticista frente al compromiso social y político”, pues quiere expresar “el deseo del hombre moderno de singularizarse en la sociedad de masas”. También comienza en los sesenta su memorable colaboración en La Vanguardia, con crónicas que sólo concluirían con la emotiva despedida de sus “amigos lectores”, poco antes de su muerte en 2003. Un tercer periodo, a partir de la década de los setenta, nos muestra a un Perucho ya en plena madurez artística entregado a sus parodias del estilo epistolar, de los diálogos sapienciales, de los manuales de historia natural y de los bestiarios. Un autor que nos acerca a su interés por la gastronomía, la literatura biográfica y hasta por las vidas de santos. Su narrativa se injerta de su pasión bibliófila y su convivencia con los personajes del pasado, que mezcla con otros que inventa con el hábil aliño de su erudición enciclopédica.


Pero si algo caracteriza esta última etapa es su giro hacia la experiencia religiosa, sobre todo a partir de los ochenta, como muestra la novela bizantina Las aventuras del caballero Kosmas (1981), por la que recibe el premio Ramon Llull, el Nacional de la Crítica y el Joan Crexells. La reafirmación de su catolicismo y la defensa de autores como Sánchez Mazas, irreivindicables en el nuevo contexto político de la Transición, lo sitúan de nuevo a repelo de las modas literarias y culturales. Es sin embargo época de reconocimiento académico y de más galardones, como la Creu de Sant Jordi en 1991, el Premi Nacional de Literatura de la Generalitat de Catalunya en 1995, la Medalla de Oro al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Barcelona en 2001 y, ya casi al final de su vida, el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2003. No obstante, su condición de escritor en dos idiomas, unido a una evidente miopía cultural, impidió que le otorgaran el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, pese a ser uno de los pocos escritores en esa lengua destacados en el canon de Harold Bloom. Con obras nostálgicas como las memorias Els jardins de la malenconia (1992) o el poemario Els morts (2000), cerraría su obra a vueltas con su querida Catalunya, la evocación de la infancia y el recuerdo de viajes y amigos perdidos, cuya dolorosa ausencia evoca así: “Tengo los años suficientes para sentirme desamparado cuando un amigo se me muere. Todo un lienzo de la pared de mi vida se derrumba estrepitosamente y tengo una angustiosa sensación de soledad”.

Con la técnica de Perucho

Pero hablemos de esta antología. Con sabia deliberación el editor la ha titulado De lo maravilloso y lo real, un epígrafe que entra en diálogo con De Santos y Milagros, la obra de su gran amigo Álvaro Cunqueiro que también ha rescatado la Colección Obra Fundamental. La antóloga ha organizado los textos en diez apartados temáticos que, aparte de reflejar la variedad de intereses de su autor, siguen ese itinerario que anuncia el título: desde los de naturaleza más imaginaria y fabulosa hasta los de intención más nostálgica y realista. De esa forma, como si de un mago se tratara, de la chistera de Il grande Peruccio van surgiendo por arte de poesía personajes reales e inventados, santos y brujos, místicos y eruditos, criaturas amables y plantas desasosegantes, caballeros bizantinos y fantasmas desconcertados, viajes reales e historias apócrifas, el arte de la amistad y la amistad por el arte, junto a los escritores admirados y los paraísos perdidos de la infancia, un heterodoxo carrusel que, sin embargo, conforma un mundo coherente. Desfilan por sus páginas monstruos tiernos y entrañables, como el servicial Bernabó o la Madofa, un gusano de aire bonachón que vive en los cuartos de baño y “proclama su felicidad”. Monstruos que aparecen en lo cotidiano, tan humanos o más que nosotros porque, como canta Caetano Veloso, de cerca nadie es normal. También aprendemos que con las apariciones se debe hablar en latín y que una frase tan gallega como “ser o no ser” no pudo ocurrírsele a Shakespeare, sino a un obispo de Mondoñedo, posible antepasado de Cunqueiro. De la parte más real conocemos cómo la palabra tiene la culpa de la decadencia del arte, nos habla de sus influencias literarias, sobre todo de la del Nuevo Testamento, y de su admiración por escritores hoy bastante olvidados como Luys Santa Marina o Sánchez Mazas. También tienen cabida sus viajes y recuerdos y nos da noticia de sus teorías de Catalunya o de los misterios de Barcelona. Toda una miscelánea que cobra sentido a la luz de lo fantástico, una vocación que para él representaba “la pura y simple reivindicación de la poesía y todo lo que es maravilloso ante la excesiva racionalidad de la vida". Para observar el mundo, Perucho prefería la magia fragmentaria de un caleidoscopio a la precisión notarial de una cámara fotográfica.


Por eso, la manera que mejor se acomodó a sus fines fueron unos textos, mezcla de varios géneros, que él mismo llamaba “fabulaciones”. Se trata de una especie de poemas en prosa con una documentada parte real infiltrada de contaminación fantástica, todo sin jactancia, gracias a una oportuna socarronería con la que le baja los humos a la erudición. Esa tendencia hacia lo fantasioso puede hacer pensar en Cunqueiro, Borges o Calvino, pero el uso que hace de ello es muy peculiar. Perucho busca el misterio poético que se oculta en los pliegues de la realidad. Es un escritor de reversos, donde le interesa más lo sugerido que lo mostrado. Pero lo que marca la diferencia son esos ingredientes que lo alejan del terror o de lo fantástico convencional: la ironía, el culturalismo y, por encima de ellos, lo poético que está en la base de toda su estrategia narrativa. Para Perucho, la poesía es el instrumento quirúrgico con que extirpar el misterio que se esconde en esa realidad plisada y, como los arúspices, desentrañar su significado oculto para revelárnoslo. Así, su prosa está llena de versos agazapados, tiradas rítmicas bien escandidas que se atrincheran en el texto armadas de metáforas e imágenes para el asalto poético del lector. Como señala Fernando Valls, para Perucho “el arte es una verdad revelada que abre puertas a lo desconocido” - recordemos que Jano también es el dios de puertas y transiciones - y el poeta es ese médium capaz de atravesarlas para mostrarnos el misterio que se oculta del otro lado, lo que explicaría su apuesta por la literatura culturalista y su propensión hacia lo fantástico.

Pero esta intrusión poética en la narrativa de Perucho nunca es cursi ni afectada y esto es gracias a la ironía que trufa muchos de sus escritos, incluso para burlarse de sus propósitos: “No hablaré de vanas fabulaciones y misterios, que tanto estragan el gusto y la imaginación de los lectores”, dice al principio de un texto donde precisamente va a hablarnos de un prodigio. El humor y el juego le surgen tan espontáneos como la poesía y, sobre todo, le sirven para hacer digerible la sabiduría libresca de la que rebosa su obra. Un culturalismo juguetón en el que a las referencias eruditas enseguida se les cuelga de la espalda el monigote del Día de los Inocentes. Aunque la ligazón de esa mezcla tan peruchiana de erudición y fantasía sea el sentido del humor, no por ello debe quitársele importancia al componente enciclopédico. La obra de Perucho es el festín de la intertextualidad. Gracias a una portentosa cultura libresca inventa un pasado a su gusto del que se alimenta su narrativa y lo puebla de sus propios fantasmas. Monmany lo explica bellamente: “La literatura, pues, actuará de ‘médium’ que convoca espíritus en la mesa del texto, de vaso comunicante con un pasado del que se extrae la sangre y al que se vampiriza poéticamente para otorgarle vida y mantener así las mejillas del fino entramado de la ficción sonrosadas”. Así, en esa invención, los sucesivos referentes reales e inventados van construyendo una deliciosa impostura en la memoria. Puede, sin embargo, que para el lector ávido de certezas la recepción actual de los textos de Perucho se vea modificada por Internet, una poderosa herramienta a la hora de deshacer imposturas y con cuatro clics ponerle cara al fantasma de Katie King o saber si existieron Isidro de las Pedrochas o la libreta de Xaconín. Pero esa facilidad no desvirtúa el artefacto narrativo, pues basta pensar en que su autor solo contaba con la peruchopedia para hacernos una idea de su riqueza.
  
Ya hemos dicho que pese a lo heterogéneo de sus creaciones, todas en conjunto tienen una gran coherencia y esa integración sólo se consigue con un guiso concienzudo. Su obra se asemeja en eso a un reconfortante puchero. Un puchero hecho con los huesos añejos de la historia, los vegetales de su botánica oculta, las carnes de sus personajes y fantasmas, las legumbres de su erudición y el caldo de sus viajes y memorias, sazonado todo con la sal de la ironía y cocinado por el fuego lento de la poesía. No debe sorprendernos entonces que Perucho sea además el anagrama de puchero y, en estos tiempos de pilares y códigos, de superventas de saberes triturados con que surtir al fastfood cultural, da gusto poder apostar por un plato tan sustancioso como éste.

En Introducción a la Tierra Alta, un nombre que parece tolkeniano pero que es orgullosamente tarraconense, Joan Perucho nos cuenta que en Gandesa acude por la noche al Casino para pegar la hebra con sus conocidos y, mientras comparte con ellos un whisky, reflexiona: “Es bueno estar entre los amigos, oyendo sus cosas, honestamente alegre, dando la espalda a la pantalla de televisión. Hay pocas cosas buenas en la vida. Lo juicioso es aprovecharlas”. Seguro que el puchero de este Jano es una de ellas.

Publicado en la revista Rambla    

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