sábado, 11 de octubre de 2014

Benito Cereno (Herman Melville)


En el año 1799, el capitán Amasa Delano, de Duxbury, en Massachusetts, al mando de un gran navío destinado al transporte de mercancías y a la caza de la foca, fondeó con un valioso cargamento en el puerto de Santa María, nombre de una pequeña isla, yerma y deshabitada, situada en el extremo sur de la larga costa de Chile. Tocó en aquel puerto para aprovisionarse de agua potable.

No mucho después del amanecer del segundo día, cuando aún descansaba el capitán en su litera, bajó el piloto a notificarle que un barco de vela desconocido estaba entrando en el puerto. Era raro entonces encontrarse con otros navíos en aquella parte del océano. El capitán se levantó en seguida, se vistió y subió a la cubierta.

La mañana era propia del litoral aquel. Todo estaba mudo y en calma; era gris. El mar, aunque lo ondularan dilatados pliegues de olas, producía la impresión de fijeza, y su alisada superficie parecía como plomo enfriado y sedimentado en el molde del fundidor. El cielo parecía un manto gris. Las grises bandas de aves inquietas, afines a las brumas errantes con que se confundían, pasaban rozando sobre las aguas con rasero y caprichoso vuelo, igual que golondrinas sobre el prado antes de la tormenta. Eran aquellas sombras presagio de otras más densas que todavía estaban por llegar.


Aquel velero desconocido, para mayor asombro del capitán Delano, que lo estaba observando a través de su catalejo, no ostentaba pabellón alguno, y eso que era costumbre, entre honrados marineros, izar aquél en seguida que se entraba en un puerto, por desiertas que aparecieran sus márgenes y con sólo que otro navío hubiera fondeado en él. Quizás, de tener en cuenta la soledad y el desamparo del lugar, y las historias que sobre aquellos mares se contaban entonces, el asombro del capitán Delano habríase convertido en grave preocupación, a no ser persona de bondadoso temperamento y excepcionalmente crédula. Salvo en caso de intervenir un estímulo extraño y repetido, y aun así a duras penas, le era imposible ceder ante cualquier sentimiento de alarma que lo obligara a pensar que el prójimo obraba con malignidad. Visto todo aquello de que es capaz el género humano, mejor que decidan los sabios si tal rasgo del carácter pone o no de manifiesto una particular agudeza y vivacidad de la percepción intelectual, además del hecho de poseer un corazón benévolo.

Sin embargo, fueran cuales fueran las dudas al principio suscitadas por la presencia del barco desconocido, de seguro que en seguida se hubieran desvanecido en la mente de cualquier marino experto, observando cómo se aproximaba peligrosamente a la costa para esquivar el arrecife sumergido en las cercanías de su proa. Con ello demostraba no sólo desconocer aquella isla, sino también la presencia de la otra nave fondeada en el puerto. Por consiguiente, no podía tratarse de un barco pirata conocedor de esas aguas. El capitán Delano, sin que disminuyera  su interés inicial, siguió acechándolo, estorbado por los vapores que le ocultaban en parte el casco, a través de los cuales la distante luz matinal de la cámara fluía con destello un tanto equívoco, muy parecida a la del sol, que iba lentamente levantándose sobre la línea del horizonte como si acompañara a la nave desconocida en su entrada en el puerto. Aquella luz solar, también velada a medias por las mismas nubecillas, bajas y reptantes, no se distinguían mucho, por su aspecto, del siniestro ojo único de una intrigante de Lima que atalayara la plaza desde el agujero indio de su negra “saya-y-manta”.


Quizá  fuera engaño de la niebla, pero lo cierto es que, cuanto más tiempo se observaba al velero desconocido, tanto más extrañas resultaban sus maniobras. Pronto fue difícil conjeturar si realmente intentaba entrar en el puerto, o qué otros fines guiaban sus movimientos. El viento, que había arreciado un poco durante la noche, ahora soplaba con mayor ligereza e inseguridad, lo cual acrecentaba todavía más la aparente incertidumbre de su orientación.

Finalmente, sospechando que se trataba de un barco en aprietos, el capitán Delano ordenó lanzar al agua la ballenera y, a pesar de las prudentes advertencias que le hizo el piloto, se dispuso a embarcarse en ella y gobernarla, al menos dentro del recinto del puerto. La noche anterior, unos cuantos marineros de a bordo se habían alejado un buen trecho del navío para ponerse a pescar en las cercanías de unas rocas caídas, situándose fuera del alcance del barco. Una o dos horas antes del amanecer, habían vuelto con un buen botín. Imaginando que aquel buque desconocido había debido de permanecer largo tiempo parado en otras aguas más profundas, el bondadoso capitán mandó depositar en la ballenera algunas cestas de pescado que sirvieran de obsequio y poco después transmitió la orden de partida. Al ver el peligro que aquél corría, pues seguía navegando demasiado cerca del arrecife sumergido, urgió a los suyos para que aceleraran la marcha, ya que era preciso advertir a sus tripulantes de la situación en que se encontraban. No obstante, antes de que hubiera logrado aproximarse la ballenera, ya había cambiado la dirección del viento, el cual, a pesar de soplar con poca fuerza, hizo que la nave fuera alejándose del arrecife, rompiendo en parte las brumas que la circundaban.


Observada desde más cerca, la nave, cuando pudo vérsele distintamente encaramada en la cresta de las olas plomizas, con jirones de niebla envolviéndola aquí y allá con sus retazos, surgió igual que un monasterio encalado después de una terrible tormenta, como asomado a algún sombrío precipicio pirenaico. No fue, empero, una simple semejanza fantástica la que, por un momento, hizo creer al capitán Delano que delante de él tenía nada menos que un buque cargado de monjes. En la nebulosa distancia, parecía realmente que a las amuradas se hubiera asomado una multitud de negros capuchos, mientras que, entrevistas a intervalos a través de las portas abiertas, distinguíanse confusamente otras enormes y sombrías figuras, como las de frailes negros deambulando por los claustros.

Notas: Benito Cereno es una novela breve de Melville (1819-1891), que se publicó por entregas, en 1855, en el Putnam's Monthly. Cerca del género del misterio e incluso del terror, la narración novela un hecho real, la rebelión de unos esclavos en un buque español, En el año 1967 fue llevada al cine por el director francés Serge Roullet.

Fotos: Javier Coria

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