martes, 17 de diciembre de 2013

A RAS DE PIEL


Texto y fotos: Javier Coria

“Lo más profundo del hombre es la piel”
Paul Valéry

El tatuaje está de moda. Ha dejado de ser patrimonio de los ambientes carcelarios y cuarteleros para acabar calando en otros sectores de la sociedad que decoran su cuerpo con la amplia variedad de temas y estilos de los artistas de la piel.

Del estereotipo marginal y marinero asociado a los tatuadores y a sus clientes, se ha pasado a una moda que lucen hoy hombres y mujeres de toda esfera profesional: ejecutivos, modelos, músicos, actores… o pijos que quieren dar un aire canalla a su look.

Mención aparte son los aficionados que participan en las convenciones de tatuajes, como los que se muestran en las fotos de este reportaje. Éstos suelen exhibir tatuajes llamativos y están al tanto de las últimas tendencias y siguen a ídolos como el norteamericano Paul Booth, el japonés Horioshy III, o los más actuales: Amanda Wachob, Chaim Machlev; Alice Carrier, Ien Levin o Kenji Alucky, por citar a unos pocos.

Otros nombres históricos de esta actividad artística fueron Samuel O’Reily, tatuador norteamericano que, en 1891, patentó la primera máquina eléctrica para dibujar en la piel. O’Reily adaptó un invento de Thomas A. Edison para taladrar las plantillas de papel utilizadas en la imprenta.

Charlie Wagner mejoró esta técnica. Sailor Jerry Collins, tatuador y marinero de Honolulú, fue muy famoso en la década de los sesenta, así como los japoneses Pinky Yun y Horioshy.

Otros autores históricos famosos fueron Dennis Cokell y George Bone, de Londres; o los norteamericanos Don Nolan, Cliff Raven, Jack Rudy o el dibujante underground Greg Iron creador de muchas de las láminas y modelos utilizados en los estudios de tatuajes.


El tatuaje ha sido rito de paso o iniciación, talismán defensivo, símbolo de jerarquía y rango social. Fue una forma de sacrificio ritual, como apunta un proverbio árabe: “La sangre ha corrido, la desgracia ha pasado”. El sentido místico/mágico de la marca como definición de propiedad, o como identificación y dependencia ante aquello que representa, se halla en la atávica práctica del tatuaje.

Ya en la prehistoria se hacían tatuajes, como muestran monumentos donde se ve a personajes con dibujos de rayas y puntos en su piel. En Egipto la momia de la sacerdotisa Hathor presenta tres filas de rayas en el bajo vientre. Pueblos como el polinesio o el de Borneo gustaban de las estilizaciones geométricas. También se han hallado momias con tatuajes curativos, es decir, se practicaban incisiones en las que se introducían hierbas medicinales que luego se quemaban, produciendo así el ennegrecimiento de la piel. En Asia Central se encuentra la momia de un jefe escita, del 500 a. C., completamente tatuado con animales fabulosos. Igualmente hay noticias de los tatuajes que se hacían los miembros de las primeras comunidades cristianas, para reconocerse entre ellos, en épocas de las persecuciones romanas. El Papa Adriano I, prohibió esta práctica. El Antiguo Testamento, de hecho, también lo condena: “No os haréis incisiones en vuestra carne por un muerto ni imprimiréis en ella figura alguna.” (Levítico, 19:28).


En Europa, hacia el 1880, el tatuaje experimentó cierto apogeo. Práctica traída por los marineros que venían de tierras exóticas. Su difusión se produjo entre las capas más pobres de la sociedad, las que habitaban en los arrabales y barrios marineros, pero pronto llegó a los círculos de la nobleza más excéntrica, sobre todo cuando se conocieron los tatuajes de personajes como Eduardo VIII o el zar Nicolás.

Las décadas de los sesenta y setenta, en Cataluña, la actividad tatuadora se centra en la zona portuaria, sobre todo con la llegada de los barcos de la Sexta Flota de los Estados Unidos, que tenían este puerto como una de sus escalas. En los ochenta, las clases medias y altas adoptan el tatuaje como forma de transgresión y autoafirmación frente a la masa. Las culturas alternativas y las diferentes tendencias estéticas, como el punk, el heavy o el rock traen su propia simbología al mundo del tatuaje. Algunos grupos, como los moteros,  incluso hacen del tatuaje su seña de identidad.


Los estilos y motivos de los dibujos también han variado mucho. Definitivamente, los “amor  de madre”, “pura vida” y “te quiero Puri” han pasado de moda para dar paso a otras tendencias, marcadas en parte, por el cine, la estética étnica o la literatura fantástica tipo  El señor de los anillos, de Tolkien. La cultura cyberpunk crea motivos biomecánicos inspirados en Allien y Blade Runner, entre otros films. La cultura rap busca sus diseños en los graffitis. La mitología céltico/druídica llena los cuerpos con tatuajes de gnomos, elfos y demás seres elementales. Las frases latinas tipo: Carpe Diem, o los dados, las cartas de póquer y los ideogramas japoneses (relacionados con la jacuza) están de moda. Pero nada se estila tanto como los tatuajes tribales como los maoríes, samoanos, aztecas, haidas o polinesios. Claro que han perdido su sentido mágico para ser mero ornamento, aunque los verdaderos seguidores del tatuaje siguen participando de los ritos y costumbres que rodean, por ejemplo, la elaboración de las creaciones samoanas.


El método del tatuaje convencional convive con otros más especiales, como la escarificación, incisiones que producen dibujos en relieve, ideal para pieles oscuras. El branding, quemaduras con pequeñas piezas al rojo vivo. El cutting, que consiste en producir heridas que no se dejan curar…El tatuaje samoano sigue usando el método tradicional: agujas –desechables- realizadas con colmillos de animales. Las puntas, convenientemente afiladas, se ponen en un mango de madera que se va golpeando sobre la piel con un ligero y acompasado repicar.


Naturalmente, esta actividad perfectamente reglada en nuestros días por las autoridades sanitarias, tiene defensores y detractores para los que la leyenda negra del tatuaje sigue estando presente. El tatuaje amor/odio que luce en los nudillos el espléndido Robert Mitchum en La noche del cazador sintetiza los sentimientos encontrados que produce el tatuaje.

Publicado originalmente en la Revista Rambla

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