lunes, 25 de noviembre de 2013

MURIÓ MANUEL GARCÍA-VIÑÓ


Acabo de recibir un correo muy triste porque, además de amigo, con mis diferencias, discusiones y disensiones, Manuel García-Viñó fue un maestro para mí. Aquí les dejó el último artículo publicado en La Fiera Literaria. Un ensayo de George Orwell que mandaba un lector.

EN DEFENSA DE LA NOVELA

Nuestro corresponsal en Europa nos hace llegar este ensayo de George Orwell. Un texto profético, publicado en 1936, en el que el genial autor de 1984 y Rebelión en la granja pronostica cómo y qué tenía que ser, andando los años, La Fiera Literaria.

Queridos Fieras:

Este verano me he traído de España un libro de ensayos de mi idolatrado George Orwell. Leyendo uno de ellos, En defensa de la novela, no he podido resistirme a escribiros un poco para comentaros que lo que escribió Orwell sobre lo que debería ser un periódico o revista de crítica auténtica, es justo La Fiera Literaria. Denuncia lo mismo, se queja de los mismos vicios de la crítica, que parece que existían también en la Inglaterra de hace setenta años. O sea, que no parece que el negocio de la promoción de la novela a través de la reseña artificialmente favorable sea sólo cosa de la Españeta. Pero lo que me ha llamado a escribiros para comentar este tema, es sobre todo el párrafo donde dice: " Creo que [...] el prestigio de la novela podría recuperarse. La mayor de las necesidades sigue siendo la de un periódico o una revista que se mantenga al tanto de la ficción actual y que sin embargo se niegue a rebajar sus criterios. Tendría que ser un periódico poco conocido, pues los editores no se anunciarían en él. [...] Aun cuando fuera un periódico muy poco conocido, probablemente provocaría una mejora del nivel general de las reseñas, pues las paparruchas de los dominicales sólo se siguen publicando porque no hay con qué contrastarlas. Pero aun si los reseñadores siguieran exactamente igual que hasta ahora, no importaría tanto, al menos mientras también existiera una manera decente de reseñar y de recordar a unas cuantas personas que los cerebros más serios todavía pueden ocuparse de la novela."

No sé si La Fiera se creó tras leer esto –seguro que no--, u Orwell, como visionario que era, consiguió vislumbrar que algún día alguien, en algún lugar, se atrevería a realizar lo que viene haciendo La Fiera desde que fue creada. Tenía razón en todo, como siempre. El periódico, o revista, no importa tanto el formato, había de ser "muy poco conocido", como lo es. Califica su aparición de necesidad imperiosa ("la mayor de las necesidades"). Parece que falla en una predicción cuando dice que provocaría una mejora del nivel de las reseñas; pero, por si ese periódico aparecía en España, añade que si "siguieran exactamente igual". Parece increíble que una sola persona acertara con todas sus predicciones. Como acertó con "1984", "Rebelión en la granja" y tantas otras. Acertó también en este tema. Y apareció La Fiera, y apareció precisamente donde más falta hacía, donde más habían degenerado la crítica y los críticos. Pero para ser justo, amigos, aunque no he podido leerlo aún, Manuel García-Viñó, Carlos Rojas y Andrés Bosch ya empezaron a hacer bueno el artículo de Orwell en los años 60, con sus libros sobre la novela española del siglo XX, denunciando tanta crítica favorable a gente que no lo merecía y obviando o relegando a autores que sí la merecían. Los silenciaron, pero La Fiera ha tomado el relevo porque seguían exactamente igual.

Me gusta sobremanera la frase: "... y de recordar a unas cuantas personas que los cerebros más serios todavía pueden ocuparse de la novela". Efectivamente, sólo los más serios, como los vuestros y el de otros pocos que de verdad os preocupáis por ella, tratando de limpiarla de las montañas de estiércol que ahora mismo la cubren.

George Orwell, Teoría de la novela de García-Viñó, La Fiera Literaria. Manténganse fuera del alcance de los enanos mentales; recétese a todo aquel con alguna inquietud literaria.

Gracias a La Fiera, por hacerme disfrutar y sentir que no estoy solo en esta lucha contra la hipocresía, mediocridad y estulticia que nos asolan.

Un abrazo fuerte.

Raúl Cejudo

El ensayo pertenece al libro El león y el unicornio y otros ensayos. Editorial Debolsillo Primera edición: septiembre, 2010. Traducción de Miguel Martínez-Lage.

El león y el unicornio y otros ensayos

(Obsérvese que ya la primera línea es de plena actualidad)

A estas alturas, apenas será necesario señalar que el prestigio de la novela está completamente por los suelos, a tal extremo que la observación de cine "mime, 1en novelas", que hace una docena de años se pronunciaba por lo común con un deje de disculpo, ahora se proclama siempre con un tono de suficiencia manifiesta. Es cierto que todavía quedan en activo unos cuantos novelistas contemporáneos, o aproximadamente contemporáneos, a los que la intelectualidad considera permisible leer, pero lo que cuenta es que de la buena novela mala al uso suele hacerse caso omiso, mientras que los buenos libros malos al uso, sean de poesía o de crítica, aún se suelen tomar en serio. Esto significa que, si uno escribe novelas, automáticamente dispone de un público menos inteligente del que dispondría si hubiera elegido otro género. Son dos las razones, bastante obvias por otra parte, por las que esto en le actualidad imposibilita que se escriban novelas buenas. A día de hoy, le novela se deteriora a ojos vista., y se deterioraría mucho más deprisa si la mayoría de los novelistas tuviera cierta idea de quiénes leen sus libros. Es fácil sostener, cómo no (véase, por ejemplo, el extrañísimo y rencoroso ensayo de Belloc), que la novela es un género artístico despreciable y que su destino no tiene la menor importancia. Dudo que valga la pena poner siquiera en tela de juicio esa opinión. Sea como fuere, doy por sentado que vale la pena con crees salvar la novela, y que ron la finalidad de salvarla es preciso persuadir a las personas inteligentes de que se la tomen con la debida seriedad. Es por consiguiente útil analizar una de las múltiples causas -a mi juicio, lo causa principal- de este desprestigio que vive hoy la novela.

El problema está en que a la novela se la condene. A gritos a no existir. Pregúntese sí cualquier persona con dos dedos de frente por qué “nunca lee novelas.", y por lo común se descubrirá que, en el fondo, se debe a las nauseabundas paparruchas promocionales que se escriben en las cubiertas y contracubiertas. No hace falta poner demasiados ejemplos: baste tomar una muestra del Sunday Times de la semana pasada: ''Si usted e capaz de leer este libro sin dar alaridos de placer es que su alma está muerta". Eso mismo, o algo muy parecido, es Io que ahora se escribe acerca de todas y cada una de las novelas que se publican. Como bien se puede comprobar mediante un estudio de las citas que llevan en cubierta o en contracubierta. Para todo el que se tome en serio lo que dice el Sunday Times la vida debe de ser una larguísima y muy dura lucha para estar al día. Las novelas nos caen encima al ritmo de unas quince cada día, y cada una de ellas es una inolvidable obra maestra: perdérnosla es poner en peligro nuestra alma. Así pues, decidirse por un libro de la biblioteca se vuelve muy difícil, y se sentirá muy culpable si no le hace dar alaridos de placer, En  realidad, a nadie que importe se le engaña con esta clase de bobadas, y el desprestigio en que ha caído la reseña de novelas se extiende a las novelas mismas. Cuando todas las novelas que se publican son presentadas como obras geniales, es más que natural dar por sentado que todas ellas son paparruchas. Dentro de la intelectualidad literaria esta suposición se da por sentada. Reconocer que a uno le gustan las novelas es hoy en día casi lo mismo que reconocer que a uno le encanta el helado de coco o que prefiere leer a Rupert Brooke antes que a Geerald Manley Hopkins.

Todo esto es obvio. No me parece tan obvio, en cambio, el modo en que ha surgido la situación en que nos encontramos. El robo a mano armada que suponen los libros es sencillamente una estafa de lo más cínica... Z escribe un libro que publica Y, y que reseña X en el Semanario W. Si la reseña es negativa, Y retirará el anuncio que ha incluido, por lo cual X tiene que calificar la novela de "obra maestra inolvidable" si no quiere que lo despidan. En esencia. Ésta es la situación. Y la reseña de novelas, o la crítica de novelas, si se quiere, se han hundido a la profundidad a la que hoy se encuentra, sobre todo porque los críticos sin excepción tienen a un editor o a varios apretándoles las tuercas por persona interpuesta. Ahora bien, la cosa no es tan tosca como parece. Las diversas partes implicadas en la estafa no actúan conscientemente al unísono; y se han visto obligadas a participar de la situación actual en parte en contra de su voluntad.

Para empezar, no se debe asumir, como se hace a menudo (véanse, por ejemplo, las columnas de Beachcomber,”passim”), que el novelista disfrute e incluso sea en cierto modo responsable de las críticas que reciben sus novelas. A nadie le gusta que le digan que ha escrito un relato de pasión palpitante, que está llamado a perdurar tanto como perdure lo lengua inglesa, aun cuando ciertamente sea una decepción que no se lo digan, ya que a todos los novelistas se les dice lo mismo, y verse privado de tales alabanzas posiblemente signifique que sus libros no se vendan nada bien. El reseñador que trabaja a destajo es de hecho una suerte de necesidad comercial, como lo es la cita incluida en la sobrecubierta del libro, de la cual termina por ser una mera prolongación. Pero ni siquiera el desdichado destajista de las reseñas ha de cargar con alguna culpa por las tonterías que .cribe. En sus circunstancias particulares, es imposible que escriba ninguna otra cosa. Y es que    aunque no mediara la cuestión del soborno, directo o indirecto, seria imposible que hubiera buena crítica de novelas, al menos mientras se de por sentado que toda novela bien merece una reseña.

Un periódico recibe la consabida pila semanal de libros, de los que remite una docena a X, el reseñado a destajo, que tiene esposa e hijos y tiene que ganarse esa guinea, por no hablar de la media corona por volumen que conseguirá vendiendo a un librero de segunda mano sus ejemplares de cortesía. Hay dos razones por las cuales a X le resulta totalmente imposible decir la verdad acerca del libro que recibe. Para empezar, lo más probable es que once de cada doce libros no consigan prender en él ni la más mínima chispa de interés. No serán más que consabidamente malos, meramente neutros, inertes, sin demasiado sentido. Si no se le pagase por hacerlo, jamás leerla ni un solo párrafo de esos libros, y prácticamente en todos los casos la única reseña verdadera y fiel a la realidad que podría escribir sena más bien ésta: "Este libro no me inspira pensamientos de ninguna clase". (¿Le pagaría alguien por escribir una cosa así? Obviamente, no. De entrada, por tanto, X se encuentra en la falsa posición de tener que producir, digamos, trescientas palabras acerca de un libro que para él no ha significado nada. Por lo común, lo hace mediante un breve resumen de la trama (lo cual, a la sazón, ante el autor le delata: pone de manifiesto que no ha leído el libro) y unos vanos halagos de cortesía, que a pesar de su empalago o exageración tienen el mismo valor que la sonrisa de una prostituta.

Pero hay un mal mucho peor que éste. De X se espera no sólo que diga de qué trata un libro, sino también que pronuncie su opinión y dictamine si es bueno o malo. Dado que X puede sostener una pluma con la mano, probablemente no es tonto, o no tanto como para imaginar que La ninfa constante sea la tragedia más sensacional que jamás se haya escrito- Muy probablemente, su novelista preferido, si es que las novelas le importan, sea Stendhal, o Dickens, o Jane Austen o D. H. Lawrence, o Dostoievski, o, en cualquier caso, alguien inconmensurablemente mejor que cualquiera de los novelistas contemporáneos del montón. Tiene que empezar. De entrada, por rebajar de un modo abismal sus propios criterios. Como ya he señalado en otra parte, aplicar un criterio decente a las novelas ordinarias, del montón, es como ponerse a pesar una mosca en una báscula del muelle preparada para pesar elefantes. En semejante báscula, sencillamente no se registra el peso de las moscas; hay que empezar por construir otra báscula que sirva para poner de relieve que existen moscas grandes v mascas chicas. Y esto es aproximadamente lo que hace X. De nada sirve decir monótonamente,  de un libro tras otro, "este libro es una paparrucha". Porque, una vez más, nadie pagará nada por una cosa así. X tiene que descubrir algo que no sea una paparrucha, y tiene que descubrirlo con una frecuencia relativamente alta, o arriesgarse al despido. Esto significa rebajar sus criterios a una profundidad a la que, digamos, El vuelo de un águila, de Ethel M. Del, pase por ser un libro bastante bueno. Pero en una escala de valores en la que El vuelo de un águila pase por ser un libro bastante bueno. La ninfa constante será un libro soberbio, y El propietario… ¿qué será? Un relato de pasión palpitante, una obra maestra sensacional, capaz de estremecer el alma misma del lector, una épica inolvidable, llamada a perdurar tanto como perdure la lengua inglesa, etcétera. (En cuanto a cualquier libro verdaderamente bueno, haría reventar el termómetro.) Tras comenzar por la suposición de que todas las novelas son buenas, el reseñador se ve impelido a seguir subiendo por una escalera de adjetivos a la que se le acaban pronto los peldaños. Y sic itur ad Gould (4) Se ve a un reseñador, tras otro, todos por el mismo camino. En menos de dos años desde que empezó. Con intenciones en cualquier caso moderadas, proclamar entre histéricos chillidos que Crisan Night (Noche Carmesí), de Bárbara Bedarorthy (5), es la obra maestra más sensacional. Incisiva, conmovedora, inolvidable de cuantas han sido en el mundo terreno, etc., etc., etc. No hay salida de semejarte laberinto cuando uno ha cometido el pecado inicial de fingir que un libro malo es bueno. Pero tampoco es posible ganarse la vida reseñando novelas sin cometer ese pecado. Entretanto, cualquier lector inteligente se da la vuelta y se larga asqueado, y despreciar las novelas pasa a ser una suerte de deber irrenunciable entre los entendidos. De ahí ese extraño hecho de que sea posible que una novela de verdadero mérito pase sin pena ni gloria, meramente porque se haya alabado en los mismos términos que cualquier paparrucha.

Son diversas las personas que han sugerido que sería mejor para todos si no se hicieran reseñas de novelas. De ninguna clase. Es posible, pero la sugerencia es inservible. Puesto que eso es algo que no va a suceder. Ningún periódico que dependa en mayor o menor grado de los anuncios de los editores puede permitirse el lujo de prescindir de las reseñas, y aunque los editores más inteligentes probablemente se hayan percatado de que no estarían mucho peor si la redacción de textos promocionales para cubiertas y contracubiertas estuviera abolida por ley, no pueden ponerle fin por la misma razón por l que no es posible un desarme completo de las naciones: porque nadie quiere ser el primero en empezar tal proceso. Así pues, durante mucho tiempo seguirán haciéndose y publicándose textos promocionales y reseñas muy similares, v seguirán yendo a peor: el único remedio consiste en ingeniar algún modo de que no se les preste atención y no se les tenga el menor respeto. Pero esto sólo podría suceder si en alguna parte se hiciera una crítica decente de novelas que sirviera romo punto de comparación para todas las reseñas de medio pelo. Dicho de otro modo, existe la necesidad de un periódico (un sólo sería suficiente para empezar) que se especialice en la crítica de novelas, pero que se niegue a publicar paparruchas de ninguna clase. Es decir, un periódico en el que los críticos, o reseñadores, lo sean de verdad, en vez de ser meros muñecos de ventrílocuo que baten la mandíbula cuando el editor tira de los hilos correspondientes.

Se podría aducir que esos periódicos existen. Hay unas cuantas revistas cultas, por ejemplo, en las que la critica de novelas, o lo que de ella se publique, es inteligente y no se pliega a sobornos. Así es, pero lo que cuenta es que las publicaciones de esa clase no se especializan en la crítica de novelas, y desde luego, no intentan siquiera mantenerse al corriente de la actual producción de obras de ficción. Pertenecen al mundo de la alta cultura, al mundo en el que ya se da por sentado que las novelas, en cuanto tales, son despreciables. Pero la novela es una forma artística popular, y de nada sirve abordarla con los presupuestos del Criterion o del Scrutiny, según los cuales la literatura es un juego de puro amiguismo y compadreo (con guantes de terciopelo o con garras afiladas. según sea el caso) entre camarillas cultas diversas. El novelista es ante todo un narrador, y un hombre puede ser un muy buen narrador (véanse, por ejemplo, Trollope, Charles Reade, Somerset Maugham) sin ser estrictamente un "intelectual". Se publican cada año cinco mil nuevas novelas, y Ralph Strauss" nos implora que las leamos todas, o lo haría desde luego si tuviera que reseñarlas todas. El Criterion quizá se digna tener en cuenta una docena. Pero entre una docena v cinco mil puede haber un centenar, o doscientas, o tal vez quinientas, que a distintos niveles posean un mérito genuino, y es en ellas en las que cualquier critico al que le importe la novela debería concentrarse.

George Orwell escribiendo en su máquina

Ahora bien, la primera necesidad es un método de gradación. Hay un sinfín de novelas que jamás tendrían siquiera que mencionarse; imagínense, por ejemplo, los efectos perniciosísimos que sobre la critica tendría el reseñar solemnemente cada novela por entregas que se publica en Peg's Paper. Pero es que incluso las que vale la pena mencionar pertenecen a categorías muy distintas. Raffles es un buen libro, y también lo son La isla del doctor Moreau, y La cartuja de Parma, y Macbeth, pero son 'buenos" a niveles muy distintos. Del mismo modo, Si llega el invierno y El bienamado y El socialista asocial y Sir Lancelot Greaves son libros malos, pero a niveles distintos de `maldad".' Ésta es la realidad que el destajista de la reseña se ha especializado en difuminar del todo. Tendría que ser viable idear un sistema, tal vez un sistema muy rígido, que clasificase las novelas por clases A. B, C, etcétera, de modo que si un reseñador, alaba o desdeña una novela, uno al menos sepa con qué medida pretende que se le tome en serio. En cuanto a los reseñadores, tendrían que ser personas a las que de veras les importase el arte de la novela (y eso probablemente significa no que sean de la alta cultura, ni de la baja cultura ni de la cultura media, sino de cultura elástica), personas interesadas en la técnica narrativa y aún más interesadas en descubrir de qué trata un libro. Son muy numerosas las personas de tales características; algunos de los peores reseñadores, aunque ahora no tengan remedio, empezaron siendo así, como bien se ve echando un vistazo a sus primeros trabajos. Por cieno, sería buena cosa si los aficionados hicieran más reseñas de novelas. Un hombre que no es un escritor hecho y derecho, sino que simplemente ha leído un libro que le ha impresionado hondamente, tiene más posibilidades de contamos de qué trata que un profesional competente, pero sumamente aburrido. Por eso las reseñas norteamericanas, a pesar de sus estupideces, son mejores que las inglesas: son más de aficionados, es decir, más serias.

Creo que, del modo en que he indicado, el prestigio de la novela podría recuperarse. La mayor de las necesidades sigue siendo la de un periódico o una revista que se mantenga al tanto de la ficción actual y que sin embargo se niegue a rebajar sus criterios. Tendría que ser un periódico poco conocido, pues los editores no se anunciarían en él; por otra parte, cuando hubieran descubierto que en un medio como ése hay elogios que son elogios de verdad, estarían más que dispuestos a citarlo en sus textos promocionales. Aun cuando fuera un periódico muy poco conocido, probablemente provocaría una mejora del nivel general de las reseñas, pues las paparruchas de los dominicales sólo se siguen publicando porque no hay con qué contrastarlas. Pero aun si los reseñadores siguieran exactamente igual que hasta ahora no importaría tanto, al menos mientras también existiera una manera decente de reseñar y de recordar a unas cuantas personas que los cerebros más serios todavía pueden ocuparse de la novela. Así como el Señor prometió que no destruiría Sodoma si se pudiera encontrar en la ciudad a diez hombres de probada rectitud, la novela no será completamente despreciada mientras se sepa que en algún lugar hay siquiera un puñado de reseñadores que se han quitado el pelo de la dehesa.

En la actualidad, si a uno le importan las novelas, y todavía más si se dedica a escribirlas, el panorama es .sumamente deprimente. La palabra "novela" suscita las palabras "genialidad", "contracubierta" y "Ralph Strauss" de un modo tan automático como "pollo" suscita "asado". Las personas inteligentes rehúyen las novelas de un modo casi instintivo; a resultas de ello, los novelistas establecidos se vienen abajo, y los principiantes que "tienen algo que decir" se pasan de manera preferente a cualquier otro género. La degradación subsiguiente es obvia. Mírense, por ejemplo, las noveluchas de cuatro peniques que se ven apiladas en el mostrador de cualquier papelería de barrio. Esa es la descendencia decadente de la novela, que guarda con Manon Lescaut y con David Copperfield la  misma relación que el perrillo faldero guarda con el lobo. Es harto probable que, antes de que pase mucho tiempo, la novela media no se distinga demasiado de esas noveluchas, aunque sin duda siga publicándose con una encuadernación de a siete y a seis peniques, con grandes fanfarrias por parte de los editores. Varias personas han profetizado que la novela está condenada a desaparecer en el futuro próximo. Yo no creo que llegue a desaparecer, por razones que seria largo detallar pero que son bastante evidentes. Es mucho más probable que, si los mejores cerebros de la literatura no se dejan inducir a regresar a ella, sobreviva de una manera superficial, despreciada, sin esperanza, en una forma degenerada, corno lápidas modernas o espectáculos de polichinela.

George Orwell
New English Weekly, 12 y 19 de November de 1936

NOTAS

1) “El Vagabundo”, seudónimo con que D.B. Wyndham Lewis (1894-1969) firmaba sus columna en el Daily Express, en el Daily Mails y en el News Chronicle, muestra de su ingenio legendario y de su elocuente impaciencia con las tendencias de la literatura moderna, recogidas en volúmenes como At the Sign of the Blue Moon (1924), At the Blue Moon Again (1925) y On Straw and Other Conceits (1929). Fue autor de varias biografías sobre personajes como Rabelais, Molière, Boswell y Carlos V. También fue editor de J.M.Dent y coautor del relato en el que Alfred Hitchcock basó su película El hombre que sabía demasiado.

2) De Margaret Kennedy, adaptada por la autora y Basil Dean, en 1943 sirvió de guión para una película de Edmund Goulding, con interpretación de Charles Boyer y Joan Fontaine.

3) Novela de John Galsworthy (1906)

4) Gerard Gould, por entonces influyente reseñador en el Observer.

5) Se trata de una novelista imaginaria a la que Orwell ya recurrió en términos semejantes en Keep of the Aspidistra Flying (1936) [¡Venciste, Rosemary!], la tercera novela de Orwell; en ella, en una biblioteca se da el siguiente diálogo entre un usuario y el bibliotecario: “¿Algo moderno? ¿Algo de Bárbara Bedworthy, por ejemplo? ¿Ha leído usted Casi una virgen?” “Oh no. Es demasiado profunda. No soporto los libros profundos. Pero busco algo… pues ya sabe usted, algo moderno de veras. Problemas sexuales, divorcios y todo eso. Ya sabe usted.”

6) Ralph Strauss (1882 – 1950), principal reseñador de ficción en el Sunday Times desde 1928 hasta su muerte.

7) Se trata de novelas de A.S.M. Hutchinson, Thomas Hardy, George Bernard Shaw y Tobias Smollett, respectivamente.

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