sábado, 27 de agosto de 2016

Guy de Maupassant: “Loco” (Relato)



Sin duda, uno de los relatos más espeluznantes de Maupassant, no recomiendo leerlo a personas especialmente sensibles, ya que esta historia de terror deja a las películas de Tarantino como historias Disney, pero si a pesar de ello se atreve, descubrirá un mundo de demonios interiores que quizá no estén tan lejos de usted. Javier Coria

LOCO
(Fou)

Murió el presidente de un alto tribunal, magistrado íntegro cuya irreprochable vida se citaba en todos los tribunales de Francia. Abogados, jóvenes consejeros y jueces saludaban con una gran reverencia, en señal de profundo respeto, su alta figura blanca y enjuta que iluminaban dos ojos brillantes y profundos.

Se había pasado la vida persiguiendo el crimen y protegiendo a los débiles. Los estafadores y los asesinos no tenían enemigo más terrible, porque parecía leer, en el fondo de sus almas, sus pensamientos secretos y desentrañar, de una sola mirada, todos los misterios de sus intenciones.

Así pues, había muerto a la edad de ochenta y dos años, rodeado de homenajes y perseguido por las lamentaciones de todo un pueblo. Soldados de pantalones rojos lo habían escoltado hasta la tumba, y hombres de corbata habían derramado sobre su ataúd palabras de desoladas y lágrimas que parecían verdaderas.

Pero he aquí el extraño documento que el notario, atónito, descubrió en el escritorio donde solía guardar los sumarios de los grandes criminales.

Llevaba por título:

¿POR QUÉ?

20 de junio de 1851. – Acabo de salir de la sesión. ¡He hecho condenar a muerte a Blondel! ¿Por qué mató ese hombre a sus cinco hijos? ¿Por qué? A menudo topamos con gentes para quienes es una voluptuosidad destruir la vida. Sí, sí, debe ser una voluptuosidad, la mayor de todas tal vez;  porque ¿no es matar lo más parecido a crear? ¡Hacer y destruir! Esas dos palabras encierran la historia del universo, toda la historia de los mundos, todo lo que existe, ¡todo! ¿Por qué es embriagador matar?

25 de junio. – Pensar que ahí hay un ser que vive, que camina, que corre… ¿Un ser? ¿Qué es un ser? Esa cosa animada, que lleva en sí el principio del movimiento y una voluntad para regular ese movimiento. Y esa cosa no está sujeta a nada. Sus pies no comunican con el suelo. Es una semilla de vida que se agita sobre la tierra; y esa semilla, llegada de no sé dónde, puede destruirse como se quiera. O sea que nada, nada de nada. Se pudre, se acabó.

26 de junio. - ¿Por qué, pues, es un crimen matar? Sí, ¿por qué? Por el contario, es la ley de la naturaleza. Todo ser tiene por misión matar: mata para vivir y mata para matar. Matar está en nuestro temperamento;  ¡hay que matar! La bestia mata sin cesar, todo el día, en todo momento de su existencia. El hombre mata sin cesar para alimentarse, pero, como también tiene necesidad de matar, por voluptuosidad, inventó la caza. El niño mata los insectos que encuentra, los pajarillos, todos los pequeños animales que caen bajo su mano. Mas eso no colmaba la irresistible necesidad de matanza que hay en nosotros. No es suficiente matar a la bestia; también tenemos necesidad de matar al hombre. Antiguamente, se satisfacía esa necesidad mediante sacrificios humanos. Hoy, la necesidad de vivir en sociedad ha hecho del asesinato un crimen. ¡Se condena y se castiga al asesino! Pero como no podemos vivir sin entregarnos a ese instinto natural e imperioso de muerte, nos aliviamos de cuando en cuando con guerras en las que un pueblo entero degüella a otro pueblo. Entonces se produce un desenfreno de sangre, un desenfreno con el que enloquecen los ejércitos y con el que todavía se embriagan los burgueses, las mujeres y los niños que, por la noche y bajo la lámpara, leen el exaltado relato de las matanzas.

Guy de Maupassant fotografiado por Nadar, 1888

Podría suponerse que quienes están destinados a realizar esas carnicerías de hombres son despreciados. No. ¡Les colman de honores! Les visten con oro y ropas brillantes; llevan plumas en la cabeza, adornos sobre el pecho; y les dan cruces, recompensas, títulos de toda clase. Son orgullosos, respetados, amados por las mujeres y aclamados por la multitud únicamente porque tienen por misión verter la sangre humana. Arrastran por las calles sus instrumentos de muerte, que el transeúnte vestido de negro mira con envidia. ¡Porque matar es la gran ley puesta por la naturaleza en el corazón del ser! ¡No hay nada más bello ni más honorable que matar!

30 de junio. – Matar es la ley, porque la naturaleza ama la eterna juventud. Parece gritar en todos sus actos inconscientes: “¡Deprisa, deprisa, deprisa!”. Cuanto más destruye, más se renueva.

2 de julio. – El ser… ¿qué es el ser? Todo y nada. Por el pensamiento, es reflejo del mundo. Por la memoria y la ciencia, un compendio del mundo, cuya historia lleva en sí. Espejo de las cosas y espejo de los hechos, cada ser humano se convierte en un pequeño universo en el universo.

Pero viajad, ved cómo bullen las especies, ¡y entonces el hombre ya no es nada! ¡Nada de nada! Montad en barco, alejaos de la orilla cubierta de gentío, y pronto no distinguiréis otra cosa que la costa. El ser imperceptible desaparece, de pequeño, de insignificante que es. Cruzad Europa en un tren rápido, y mirad por la ventanilla. Hombres, hombres, siempre hombres, innumerables, desconocidos, que pululan en los campos, que pululan por las calles; labriegos estúpidos que apenas saben algo más que remover la tierra; mujeres repugnantes que apenas saben otra cosa que hacer la comida del macho y parir. Id a la India, id a China, y seguiréis viendo agitarse a millares de seres que nacen, viven y mueren sin dejar más huella que la hormiga aplastada en las carreteras. Id a los países de los negros, albergados en cabañas de barro; a los países de los árabes blancos, cobijados bajo una lona parda que flota al viento, y comprenderéis que el ser aislado , determinado, no es nada, nada. La especie lo es todo. ¿Qué es el ser, el ser cualquiera de una tribu errante del desierto? Y esas gentes, que son sabias, no se inquietan por la muerte. El hombre no vale nada entre ellos. Matan a su enemigo: es la guerra. Así se hacía antaño, de morada en morada, de provincia en provincia. Sí, cruzad el mundo y ved pulular a los humanos innumerables y desconocidos. ¿Desconocidos? Ah, ésa es la clave del problema. Matar es un crimen porque hemos numerado a los seres. Cuando nacen, se les inscribe, se les da un nombre, se los bautiza. La ley se hace cargo de ellos. ¡Esos es! El ser que no está registrado no cuenta: matadlo en la landa o en el desierto, matadlo en el monte o en el llano, ¡qué más da! La naturaleza ama la muerte; ¡no castiga, ella no!

Lo que es sagrado, por ejemplo, es el registro civil. ¡Eso sí! Es él el que defiende al hombre. ¡El ser es sagrado porque está inscrito en el registro civil! Un respeto al registro civil, el dios legal. ¡De rodillas!

El Estado puede matar, sí, porque tiene derecho a modificar el registro civil. Cuando ha hecho degollar a doscientos mil hombres en una guerra, los tacha de su registro civil, los suprime por mano de sus escribientes. Se acabó. En cambio nosotros, que no podemos cambiar los escritos de los ayuntamientos, debemos respetar la vida. Registro civil, gloriosa Divinidad que reinas en los templos de las alcaldías, yo te saludo. ¡Tú eres más fuerte que la naturaleza! ¡Ja, ja!

3 de julio. - ¡Qué extraño y sabroso placer debe ser matar, tener delante de uno al ser vivo y pensante; y hacer dentro un agujerito, nada más un agujerito, ver correr esa cosa roja que es la sangre, que hace la vida, y no tener delante de sí otra cosa que un montón de carne blanda, fría, inerte, vaciada de pensamiento.

5 de agosto. – Si yo, que he pasado mi existencia juzgando, condenando y matando mediante palabras pronunciadas, matando a guillotina a quienes habían matado a cuchillo, si yo, si… hiciese lo mismo que todos los asesinos a los que he condenado… si lo hiciese… ¿quién lo sabría?

10 de agosto. - ¿Quién lo sabría nunca? ¿Sospecharían de mí, de mí, sobre todo si escojo a un ser al que no tenga ningún interés en suprimir?

Francis Bacon, 1952

15 de agosto. - ¡La tentación! La tentación ha entrado en mí como un gusano que repta. Repta, avanza, se pasea por todo mi cuerpo, por mi espíritu, que ya sólo piensa en eso: en matar; en mis ojos, que sienten necesidad de derramar sangre, de ver morir; en mis oídos, donde constantemente ocurre algo desconocido, horrible, desgarrador y enloquecedor, como el último grito de un ser; en mis piernas, donde vibra el deseo de ir, de ir al lugar donde eso ha de ocurrir; en mis manos, que tiemblan por la necesidad de matar. ¡Qué agradable, raro y digno de un hombre libre, superior a los demás, dueño de su corazón y que busca sensaciones refinadas debe de ser!

22 de agosto. – No podía resistir más. He matado a un animalito, para ensayar, para empezar.

Jean, mi criado, tenía un jilguero en una jaula colgada en la ventana de la cocina. A él lo he mandado a un recado, y he cogido el pajarillo en mi mano, en mi mano donde sentía latir su corazón. Estaba caliente. He subido a mi cuarto. Cada cierto tiempo apretaba con más fuerza; su corazón latía más deprisa; era atroz y delicioso. He estado a punto de ahogarlo. Pero no habría visto la sangre.

Por eso he cogido unas tijeras, unas tijeras cortas de uñas, y le he cortado el cuello de tres tijeretazos, muy suavemente. Abría el pico, se debatía para escapar, pero yo le tenía bien cogido, sí, le tenía bien cogido: habría sujetado a un dogo rabioso; y he visto correr la sangre. ¡Qué hermosa, roja, brillante y clara es la sangre! ¡Me han dado ganas de beberla! ¡He mojado en ella la punta de mi lengua! Es agradable. ¡Pero tenía tan poca el pobre pajarillo! No he tenido tiempo de gozar de esa visión como hubiera querido. Debe ser soberbio ver sangrar a un toro.

Y luego he hecho como los asesinos, como los de verdad. He lavado las tijeras, me he lavado las manos, he tirado el agua y he llevado el cuerpo, el cadáver, al jardín para enterrarlo. Lo he sepultado bajo un fresal. Nunca lo encontrarán. Me comeré todos los días una fresa de esa planta. ¡Realmente, cómo se puede gozar de la vida cuando uno sabe hacerlo!

Mi criado ha llorado; cree que su pájaro se escapó. ¿Cómo iba a sospechar de mí? ¡Ja, ja!

25 de agosto. – Tengo que matar a un hombre. Tengo que hacerlo.

30 de agosto. – Ya lo hecho. ¡Qué fácil es!

He ido a pasear por el bosque de Vernes. No pensaba en nada, no, en nada. De pronto aparece un niño en el camino, un niñito que estaba comiendo una rebanada de pan con mantequilla.

Se detiene para verme pasar y dice: “Buenos días, señor presidente”.

Y se me mete la idea en la cabeza: “¿Y si lo matase?”

Contesto: “¿Estás solo, pequeño?”

-Sí, señó.

-¿Completamente solo en el bosque?

-Sí, señó

Me embriagaba como el alcohol el deseo de matarle. Me he acercado muy despacio, temiendo que se me escapara. Pero le agarro por el cuello… ¡Y aprieto, aprieto con todas mis fuerzas! Me ha mirado con unos ojos aterrados. ¡Qué ojos! ¡Desorbitados, profundos, límpidos, terribles! Nunca había sentido una emoción tan brutal… ¡pero qué breve! Se aferraba a mis muñecas con sus manitas, y su cuerpo se retorcía como una pluma en el fuego. Luego ha dejado de moverse.

Mi corazón palpitaba, ¡ah, el corazón del pájaro! He tirado el cuerpo a la cuneta, y luego hierba encima.

He vuelto a casa, he cenado bien. ¡Qué poca cosa! Por la noche, he estado muy contento, ligero, rejuvenecido, he pasado la velada en casa del prefecto. Me han encontrado ingenioso.

The gates of Paradise, William Blake, 1793

¡Pero no he visto sangre! Estoy tranquilo.

30 de agosto. – Han descubierto el cadáver. Buscan al asesino. ¡Ja, ja!             

1 de septiembre. – Han detenido a dos vagabundos. Faltan las pruebas.

2 de septiembre. – Han venido a verme los padres. ¡Han llorado! ¡Ja, ja!

6 de octubre. – No han descubierto nada. Algún vagabundo errante habrá cometido el crimen. ¡Ja, ja! ¡Si hubiera visto correr la sangre, me parece que ahora estaría tranquilo!

18 de octubre. – Me recorre la médula el ansia de matar. Es comparable a los arrebatos amorosos que nos torturan a los veinte años.

20 de octubre. – Otro más. Después de almorzar, caminaba por la orilla del río. Y bajo un sauce vi un pescador dormido. Era mediodía. En un patatal cercano un azadón parecía plantado adrede.

Lo cogí y volví: lo levanté como una maza y, de un solo golpe, con el filo, partí el cráneo del pescador. ¡Éste sí que sangró! ¡Sangre rosa, llena de sesos! Corría hacia el agua, muy despacio. Y me marché con paso grave. ¡Si me hubieran visto! ¡Ja, ja! ¡Qué excelente asesino habría sido!

25 de octubre. – El caso del pescador causa gran revuelo. Acusan del crimen a su sobrino, que solía pescar con él.

26 de octubre. – El juez de instrucción afirma que el sobrino es culpable. En la ciudad, todo el mundo lo cree. ¡Ja, ja!

27 de octubre. – El sobrino se defiende muy mal. Había ido al pueblo a comprar pan y queso, afirma. Jura que han matado al tío durante su ausencia. ¿Quién va a creerle?

28 de octubre. – El sobrino ha estado a punto de confesar, de tanto como le han hecho enloquecer. ¡Ja, ja! ¡La justicia!

15 de noviembre. – Hay pruebas abrumadoras contra el sobrino, que debía heredar a su tío. Yo presidiré el tribunal.

25 de enero. - ¡A muerte! ¡A muerte! ¡A muerte! ¡He hecho que le condenen a muerte! ¡Ja, ja! ¡El fiscal ha hablado como un ángel! ¡Ja, ja! Otro más. ¡Iré a verlo ejecutar!

18 de marzo. – Se acabó. Le han guillotinado esta mañana. ¡Está bien muerto, muy bien muerto! ¡Me ha causado placer! ¡Qué hermoso ver cortar la cabeza de un hombre! ¡La sangre ha brotado como un chorro, como un chorro! De haber podido, hubiera querido bañarme en ella. ¡Qué embriaguez tumbarme debajo, recibirla en mi pelo y sobre mi rostro, y levantarme rojo, completamente rojo! ¡Ay, si supieran!

Ahora esperaré, puedo esperar. Se necesitaría tan poco para dejarme sorprender.

El manuscrito contenía muchas páginas más, pero sin referir ningún crimen nuevo.

Los médicos alienistas a quienes se les confió afirman que en el mundo hay muchos locos ignorados, tan precavidos y tan temibles como este monstruoso demente.

Guy de Maupassant

Monsieur Parent

(Relato aparecido originalmente en el diario Le Gaulois, en septiembre de 1885, y publicado en el libro Monsieur Parent. Este está tomado del libro El Horla y otros cuentos de crueldad y delirio, ed.Valdemar, 1996, traducción de Mauro Armiño.)

PINTURA PORTADA: Nabucodonosor, por William Blake, 1795

2 comentarios:

  1. La imagen del jilguero con la tijeras me acompaño en muchas pesadillas cuando conocí por primera vez este relato. Muy buena representación de la ideas y el clima que provoca Guy de Maupassant :)

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  2. No lo conocía, de verdad que da repelús.

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