jueves, 20 de septiembre de 2012

LA IDEA DE ORDEN EN CAYO HUESO



Ella cantaba más allá del genio de la mar.
Nunca tomaba el agua forma de voz o mente,
igual que cuerpo cabalmente cuerpo que se sacude
unas mangas vacías; y con todo su mímico moverse
producía constante clamor, constantemente causaba un clamor,
-que no era nuestro, aunque comprendiéramos-
inhumano, del verdadero océano.

La mar no era una máscara. Ella tampoco lo era más.
El agua y la canción no eran ninguna mezcla de sonido
aun si lo que cantaba ella era aquello que ella oía,
ya que lo que cantaba ella era dicho palabra por palabra.
Tal vez en todas sus frases bullía
el aplastante agua y el acezante viento,
pero era ella no la mar lo que hasta nuestros oídos venía.

Pues era ella la artífice de la canción que ella cantaba.
Encapotada siempre, gesticulante trágica, la mar
no era más que un lugar por el que paseaba ella para cantar.
¿De quién será este espíritu?, decíamos nosotros, porque sabíamos
que era el espíritu lo que buscábamos, sabíamos
que eso debíamos preguntar a menudo mientras ella cantara.


Si solo hubiera sido la oscura voz de la mar
lo que surgía, o hasta coloreada por abundantes olas;
si solo hubiera sido la externa voz de cielo
y nube, del calado coral por agua guarecido,
como fuera de claro, habría sido hondo aire,
del aire la agitada habla, del verano un sonido
repetido en un verano sin fin
y tan solo sonido. Pero algo más que eso era,
incluso más que la voz de ella, y que la nuestra, entre
las zambullidas sin sentido de agua y viento,
teatrales distancias, sombras de bronce hacinadas
sobre elevados horizontes, montañosas atmósferas
de cielo y mar.

Era la voz de ella la que hacía
que se acentuara más el cielo al desaparecer.
Ella medía a cada hora su soledad.
Ella era la única artífice del mundo
en que cantaba. Y, al cantar ella, la mar,
fuera su yo cual fuese, venía a ser el yo
que era la canción de ella, pues ella era la artífice. Así nosotros,
al contemplar las zancadas que daba allá ella sola,
sabíamos que nunca hubo un mundo para ella
excepto el que cantaba y, al cantar, hacía.


Ramón Fernández, dime, si es que tú lo sabes,
por qué, cuando acabó el cantar y nos volvimos
en dirección a la ciudad, dime por qué las cristalinas luces,
las luces de los barcos pesqueros que allá anclaban,
mientras la noche descendía, en el aire escorados,
dominaron la noche y dividieron la mar,
fijando jaspeadas regiones y fogosos polos,
acomodando, ahondando, encantando la noche.

Oh, dichosa manía por el orden, pálido Ramón,
manía del artífice por ordenar palabras de la mar,
palabras de los fragantes portales, tenuemente estrellados,
y de nosotros, de nuestros orígenes,
en más fantasmagóricas demarcaciones, más nítidos sonidos.

Wallace Stevens
Versión de Daniel Aguirre

STEVENS, Wallace. Ideas de orden / Wallace Stevens ;
traducción de Daniel Aguirre Oteiza. – Barcelona : Lumen,
2011 (Poesía ; 161)


Por cortesía de la librería Solar del Bruto (Murcia)

PINTURAS: Georges Rouault

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