jueves, 5 de enero de 2012

ANDRÉS BOSCH: EL MACHETAZO (Relato)


Por Andrés Bosch
Washington, mira atrás.

En la voz aguda, casi femenina, había notas de alarma.

Washington Álvarez alzó la vista al espejo retrovisor, y sonriente la devolvió a la recta carretera, frente a él. Con acento sarcástico, musitó:

-Viene “enmachetado” (1) el “musiú” (2)

El rastro de la sonrisa aún en sus labios, Washington lanzó una ojeada l indicador de velocidades: iban a setenta millas por hora. Por el retrovisor vio que el automóvil de “musiú” Fane ganaba terreno rápido, peligrosamente.

Jairo Urdaneta asomó si oscura cabeza por la ventanilla, y pudo ver el automóvil ya cercano, tanto que su vista distinguía las letras y números de la matrícula. Jairo estaba admirado:

-Mi hermano… Mira… ¡Le saca las ochenta millas al “perol”!

Washington sonreía tranquilamente. Presionó el acelerador, y la fina, temblorosa aguja que marcaba las velocidades dio un salto hasta las ochenta y cinco millas.

Washington, enarcadas las cejas, burlón y triunfal, preguntó:

-¿Y qué está pasando ahorita, mi hermano…?

Jairo reía a grandes carcajadas. Su voz alcanzaba registros de tiple. Aquello tenía gracia, sí señor, mucha gracia.

-¡No puede, viejo…! ¡No puede!

En el rostro cachetudo y espeso del mulato Washington Álvarez se dibujaba un gesto de satisfacción. Teniendo el volante con la izquierda, agarró con la derecha la botella de ron para echar unos tragos. Luego, hundió el acelerador hasta las planchas: el automóvil, tras dar un salto hacia delante, hendió el aire con renovado brío. Ahora, una nueva vibración estremecía su cuerpo, y el zumbido del aire se mezclaba con el del motor. El coche de “musiú” Fane iba quedando atrás, más y más rezagado.

Jairo Urdaneta tomó la botella y bebió.

Washington Álvarez dijo:

-Vendrá a por la plata, el “musiú”…

Y sonriente, redujo la velocidad.

Jairo asomado a la ventanilla, y Washington por el espejo, vieron cómo el automóvil de Fane ganaba terreno otra vez… Y los dos “cuñaos”, a un tiempo, estallaron en carcajadas, porque sabían lo que ocurriría cuando a ellos les diera la gana que ocurriera.

Ya estaba allí. Ya podían ver las letras plateadas que decían la marca del automóvil. Ya el automóvil se desviaba un poco hacia la izquierda para adelantarles, y luego –seguramente- cerrarles el paso.

Washington asomóse a la ventanilla, y gritó irónico:

-¿Vienes a por la plata, “musiú”? ¿A por la plata, chico? ¿La plata, eh? ¿La plata…?

El rostro colorado y rubio, con ojos azules, de “musiú” Fane permanecía inalterable. A sus oídos llegó una larga sarta de insultos encadenados, de armónico sonido, que en la aguda voz de Jairo parecía el repentino solo que a veces taladra el canto coral de los negros. Y Arthur Fane vio cómo el automóvil perseguido adquiría velocidad, y se alejaba irremediablemente, en tanto que Jairo Urdaneta, asomado a la ventanilla, reía burlón, y agitaba la mano diciéndole adiós. Bien. Muy bien. Que riese, que riese cuanto quisiera. Hasta Ciudad Bolívar, hasta la Guayana, hasta el fin del mundo les seguiría. No, no iba a permitir que escapasen. Los tres mil bolívares eran suyos, su justa y legítima comisión, y no estaba dispuesto a tolerar que un par de negros se los estafaran. Sí, eran negros. Aquel par, en su pueblo, ni siquiera hubieran podido sentarse junto a un blanco en la iglesia. El automóvil era tan sólo un diminuto punto azul en la blanca carretera. Seguramente iban a Ciudad Bolívar, y lo más probable era que los alcanzara en el embarcadero del transbordador que cruza el Orinoco. Si no recordaba mal, los transbordadores partían cada hora y media. “Musiú” Fane sonrió esperanzado porque pensaba que quizá su aventura terminase antes de lo que él había previsto. Sudaba a chorros, sus manos resbalaban sobre el pulido cilindro circular del volante, tenía la garganta y la boca resecas, polvorientas… Se permitió maldecir el calor:

-Damn it! Damn sun, damn country, damn it all! Shit!

Y se sintió mejor.

El reluciente Oldsmobile azul y el viejo Dodge amarillo avanzaban por la interminable recta que forma la carretera que une El Sombrero a Ciudad Bolívar, cruzando parte de los llanos venezolanos.

El Oldsmobile se deslizaba suavemente sobre el asfalto. El sonido del motor era firme y poderoso. Cambiaba de velocidad frecuentemente: la reducía, dejando que el Dodge casi le diera alcance, y luego se lanzaba carretera adelante con un rugido creciente que se agudizaba paralelamente al aumento de la velocidad.

El Dodge, jadeante, botando sobre la carretera, mantenía siempre la misma velocidad, la de su máximo rendimiento. La mantenía bravamente, en un esfuerzo noble, casi heroico.

A derecha e izquierda se extendían los llanos inmensos y yermos. La tierra silenciosa y sin matices, parecía muerta, bajo un cielo sin viento, ni nubes, ni aves, solamente con el sol. Sobre esta tierra, la única variación al través de los siglos, era la caricia de la noche de color violeta, tras las horas de desnudo sol blanco.

El roncar de los motores de los dos automóviles viajaba en el aire inmóvil y ardiente, para llegar, convertido en un rumor sutil, hasta la línea circular del horizonte llanero.

Los zamuros se inquietaban al oír el ruido. Arrastrando sus grandes alas por el polvillo blanco que cubre los llanos, los zamuros de plumas negras y relucientes, grandes como pavos de Navidad, viejos y malévolos, salían de bajo el arbusto enano, daban un par de vacilantes pasos, y con su mirada lateral de pájaro, ojeaban curiosos el cielo en busca del avión alto, diminuto y brillante como el platino, que cada día va y vuelve de Cumaná a La Piedra.

Los caballos llaneros, presos en las minúsculas corraletas circulares, los caballitos de larga y lacia crin, alzaban sus cabezas de orejas trémulas. Y a medida que el rumor arreciaba, estremeciendo en intensidad creciente el aire tórrido, devenían más y más nerviosos, se asomaban sobre los palos, y sus asustados ojos de cristal miraban a todos lados. Y al pasar los automóviles, emprendían una huida alborotada que a los cuatro trancos cortaba la valla, y entonces relinchaban como si algo les hubiera herido, y alzándose sobre las patas traseras, giraban sobre ellas, y unidos emprendían un galope irregular alrededor del recinto. Una y otra vez daban la vuelta a la corraleta, al aire desordenado y grácil, punteado de corbetas y cabezadas.

Washintong dijo:

-En el “ferry” nos agarra el “musiú”.

Y Jairo rió. Como si las palabras de Washintong fuese muy graciosas.

Washintong, refiriéndose a Jairo, musitó para sí:

-Está “rascao” (3).

Y Jairo rió. Reía con los ojos cerrados, los labios húmedos, oprimiéndose el estómago con las dos manos, y meneando la cabeza como si tuviera el cuello de goma.

Washintong se repitió la confidencia:

-Está “rascao”.

Lenta, pausadamente, estimulando con las palabras el pensamiento, siguió hablándose a sí mismo:

-Mira mi hermano: tú sabes que si te agarra en el “ferry”, es cosa mala. Cosa mala…

Dio un par de graves cabezadas.

Jairo reía.

Y Washintong razonaba:

-Allí estarán los “tercios” de la Seguridad Nacional, negro.

Es una amenaza el “musiú”. ¡Una amenaza! Y el pendejo este se “rascó”… ¡Otra amenaza, negro…!

Y Washintong pensó que él también estaba un poco “rascao”.

Demasiado ron.

Jairo había pasado el brazo derecho sobre los hombros de Washintong, y manteniendo el rostro casi pegado al de éste, le suplicaba en voz de borracho:

-Tú para. Tú para, mi hermano. Yo quiero platicar con el “musiú”. ¡Tú para, que yo le hablo al “musiú” Fane!

Washintong le informó:

-Te “rascaste”, negro.

Y acto seguido se hizo unas breves, escuetas reflexiones sobre la situación en que se encontraba: si al llegar a la orilla del Orinoco se viera obligado a esperar la salida del transbordador, Fane le daría alcance; y, por otra parte, era casi imposible que su llegada coincidiese con la partida del barquito, de modo que pudiera embarcar el “carro” e iniciar la travesía antes de la llegada de Fane. Decidió que era mucho mejor solucionar el problema en la carretera, allí mismo. Miró el machete en el asiento trasero. Y suavemente alivió la presión al pedal del gas.

Arthur Fane vio que otra vez ganaba terreno. Y cuando el Oldsmobile se detuvo, Fane entornó los párpados y contrajo las pupilas, como si creyera que su vista le engañaba. Pero no, allí estaba el automóvil azul, inmóvil en el margen derecho de la carretera, a pocos metros de un ranchito.

Las tres muchachas indias, Coromoto, Tiode y Violeta, sentadas a la puerta de la casita, vieron llegar los dos automóviles. Coromoto, la mayor, alzó la vista de la pierna del chivo que estaba asando, y pensó que quizá los bachilleres en los automóviles le comprarían una botella de whisky o de ron.

Tiode preguntó a su hermana Coromoto:

-¿A cuánto se lo venderás?

Coromoto ya lo sabía:

-Si son “musiús”, el whisky a treinta y cinco, y el ron a ocho.

Violeta, la menor, permaneció silenciosa. No le gustaba que Coromoto vendiera las botellas a un precio más alto, cuando los compradores eran “musiús”. Sentía debilidad por los “musiús”, especialmente los altos y “catires” (4) como aquel que se quedó a dormir en el rancho, el día en que hacía un “invierno” (5) tan duro que los carros apenas podían correr por la carretera.

Sí, seguramente los bachilleres comprarían bebidas. El automóvil azul estaba parado, y el amarillo acababa de detenerse junto al azul.

Las tres muchachas llaneras miraban expectantes. Del carro amarillo bajó un “musiú”, y del azul un negro. Violeta se estremeció de placer al ver que el “musiú” era alto, muy alto, y catire; su cabello dorado brillaba al sol, con destellos blancos. A largas zancadas avanzaba hacia el negro que había descendido del automóvil azul; en la mano derecha sostenía un martillo.

Los negros están todos locos, y son como animales. ¡Cuánto le repugnaban a “musiú” Fane! Allí estaba aquel simio, Jairo Urdaneta, en pie junto al Oldsmobile, sonriéndole como un imbécil. Con la mano derecha empuñaba un machete. ¡Negro pelado, grasiento y maloliente! Y tenía en el bolsillo los tres mil dólares de su comisión. ¡Negro ladrón!

“Musiú” Fane se detuvo a cinco pasos de Jairo Urdaneta, y entonces vio que estaba borracho. Washington Álvarez, aún sentado en el interior del automóvil, había abierto la portezuela, y sus piernas salían fuera, descansando las plantas de los pies en la carretera; contemplaba la escena y sonreía.

Fane gritó, dirigiéndose a Jairo, al tiempo que tendía la mano izquierda palma al cielo:

-¡Los tres mil, tres mil bolívares!

A Jairo le dio un ataque de risa. ¡El “musiú” le pedía los tres mil bolívares! ¡Pero si ya se los había gastado! Si los tuviera se los hubiese dado… Si tuviese dinero, le daría todo su dinero, fuesen tres mil, cinco mil o cien mil bolívares… Sí, porque el “musiú” Fane le resultaba muy simpático a Jairo. Y Jairo reía a grandes carcajadas al pensar que ya no tenía los tres mil bolívares. ¡Pobre “musiú” Fane!

La mano izquierda del “musiú” se había cerrado. Y el puño descendía lentamente, mientras la piel del rostro tomaba el color de la púrpura, y se marcaban las venas de la frente. Con voz ronca, temblorosa, sometida a murmullo para que no se desmandase, Fane dijo:

-¡Tres mil bolívares, Goddam nigger! ¡Tres mil bolívares míos! Jairo pensó que el “musiú” estaba “arrecho” (6).  ¡Qué sabroso! Los “musiús” se vuelven locos por la plata. Todos son iguales: sólo quieren plata. ¡Y el buen “musiú” Fane le pedía los tres mil bolívares que él ya había gastado, que habían dejado de existir!

Jairo Urdaneta dejó caer el machete en la carretera y, con un estallido de hipos y carcajadas, dio cuatro vacilantes pasos y abrazó a Fane. La mejilla izquierda de Jairo descansó plenamente sobre la colorada mejilla del norteamericano.

Fane sintió que el estómago se le revolvía. El contacto con la carne oscura de Jairo, el olor graso y fuerte que despedía, el timbre agudo de su voz en la larga carcajada femenina le herían hasta las más íntimas fibras de su ser. Fane perdió el dominio de sus actos. En el instante en que su mano izquierda agarraba y retorcía –a la altura del pecho- la tela de la camisa de Jairo, la mano derecha ya había descargado el primer martillazo en el cráneo; y cuando Jairo, abiertos los ojos en fija expresión de asombro, se desplomaba laciamente, la mano izquierda de Fane le sostuvo en vilo, mientras la derecha descargaba el tercer martillazo, y las piernas de Jairo se deslizaban entre las piernas abiertas de Fane, y éste avanzaba la pierna derecha para que el peso de aquél no le hiciera perder el equilibrio, y descargaba el cuarto golpe de martillo. No, Fane no dominaba sus actos: Goddam nigger! ¡Te desharé tu cabeza de mono! Goddam nigger! ¡Hasta que me falte el aliento te machacaré! Goddam nigger!...

A su derecha, arriba, contra el blanco cielo de la sabana, Fane vio un destello metálico. Alzó el brazo derecho para protegerse la cabeza. El martillo cayó al suelo porque la mano que lo sostenía se abrió por sí misma. Y Fane sintió un dolor hondo y cosquilleante en la mitad del brazo, entre el hombro y el codo. Frente a él vio el rostro crispado de Washington Álvarez. Y otra vez el destello en el aire.

Todo es silencio, un extraño silencio. Arthur Fane ve el polvillo que cubre los llanos, y unas piedrecillas del tamaño de garbanzos, blancas con motas rojizas, a dos dedos de sus narices. Son tres piedrecitas. Entre el polvillo crecen dos matas minúsculas, de la altura de una pulgada, negras y resecas, en forma de arbusto.

El brazo le duele, y quisiera examinarlo, pero el peso que oprime su cabeza contra el suelo, se lo impide. Habrá que esperar que alguien le libere la cabeza.

Ahora ve unos pies descalzos, muy cerca de sus ojos, a dos palmos, tan sólo. No puede alzar la cabeza, y tiene que contentarse con contemplar los pies. Y súbitamente, chillidos turban su paz, rompen el extraño silencio. Son gritos agudos como relinchos de caballo. Un chillido largo, creciente, y luego dos segundos de silencio. Y otra vez el grito. Ahora hay más pies. Y se mueven, sin que él pueda comprender el sentido de este movimiento. Y una voz de mujer dice:

-No le toques, Tiode, mira que tiene el brazo cortado…

Y otra voz solloza seguida, temblorosamente.

Los chillidos, las palabras, los sollozos han traído a la memoria de “musiú” Fane el rostro de Washington Álvarez, y el destello metálico contra el cielo blanco. Y en un segundo se ha enterado de todo cuanto ha ocurrido. Ahora siente un miedo hondo, total…

Y a Arthur Fane le parece que Arthur Fane le ha abandonado, que aquel Arthur Fane que siempre le defendió ya no está con él. Siente el mismo horror que expresan los chillidos de mujer que, ahora, vuelve a oír. “Musiú” Fane quiere hablar, pero no puede.

Las piedrecitas, los negros hierbajos, los pies, los gritos… todo desaparece. “Musiú” Fane deja de ver, de oír, sentir… Y se sumerge en un mar de aguas oscuras.

Violeta, abrazada a Coromoto, sigue sollozando. Y como si le hubiesen estropeado un juguete, repite:

-Le ultimaron, Coro… Le ultimaron… (7)

FIN           

NOTA: Este cuento, con prólogo de Manuel García Viñó, fue recientemente reproducido en un opúsculo del Centro de Documentación de la Novela Española que acompaña al fanzine La Fiera Literaria. Desde este blog nos sumamos al trabajo de reivindicación y recuperación de la obra de Andrés Bosch, del que ya publicamos las necrológicas que le dedicaron Manuel Vázquez Montalbán y Ventila Horia. El cuento participa de las características propias de la técnica novelística de Bosch, que consistían en novelar, que no narrar, haciendo presente (lo que Viñó llama “presentizar”) la realidad delante del lector. Esto se hace patente en las escenas finales del cuento, que fue publicado por primera vez en la revista Punta Europa (nº 83, Madrid, 1963). Por cierto, Bosch vivió unos años en Venezuela, de ahí su conocimiento de expresiones propias de esas tierras.



Ilustración: Realizada expresamente para este relato por Monsila, cosa que le agradezco enormemente. Blog de Monsila.

VOCABULARIO:
1) Enmachetado, expresión venezolana por “decidido”.
2) Musiú, en Venezuela, “extranjero”.
3) De rasca, “borrachera”.
4) Catire, por rubio.
5) De hacer invierno, “llover”.
6) Arrecho, “irritado” o “envalentonado”.
7) En Hispanoamérica, ultimar, “matar” a persona o animal.

OBRA PUBLICADA POR ANDRÉS BOSCH

Novela
La noche, Barcelona, 1959
Homenaje privado, Barcelona, 1962
La revuelta, Barcelona, 1963
La estafa, Madrid, 1965
El mago y la llama, Barcelona, 1970
El cazador de piedras, Barcelona, 1974
Arte de gobierno, Barcelona, 1977
El recuerdo de hoy, Barcelona, 1982

Novela corta
Ritos profanos, Barcelona, 1967

Ensayo
El realismo y la novela actual (en colaboración con Manuel García Viñó). Universidad de Sevilla, 1973.

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