martes, 29 de noviembre de 2011

ESOTERISMO EN LA NARRATIVA DE CABALLERO BONALD

SUPERSTICIÓN, MAGIA Y ESOTERISMO EN LA NARRATIVA DE CABALLERO BONALD

Por Manuel Bernal Romero

Conviene antes de empezar advertir que el presente trabajo no pretende ser un inventario de referencias más o menos relacionadas con la superstición, la magia y el esoterismo en la obra narrativa de José Manuel Caballero Bonald, y sí un acercamiento a unos elementos que aparecen casi de forma constante en los textos de uno de los maestros de la Generación del 50.

Es necesario también reconocer que los dos extremos de la misma cuerda serían las novelas Ágata ojo de gato y Campo de Agramante, entendiendo que si la primera es el resultado y la conjunción de la magia, o mejor de lo mágico en estado puro y casi salvaje; la segunda sería el paradigma de una narración articulada en torno a las capacidades paranormales de su protagonista que sufre una perturbación sensitiva que le permite oír de forma anticipada los sonidos que después se han de producir. De tal manera que si Ágata se embadurna con los lodos de la ciénaga y de la marisma para recrear un universo muy cercano al realismo mágico; el hilo de Campo de Agramante se enhebra en torno a una realidad posible y hasta cotidiana, aunque rota, como veremos, por las capacidades extrasensoriales que se imputan a su protagonista, tan de carne y hueso que continuamente duda de sus “poderes”, y que en su lucha por comprenderse y justificarse, hasta se propone anticiparlos por escrito para constatar que no inventa nada: “Tampoco estoy seguro de que vaya a ocurrir –cada vez estoy menos seguro de más cosas-, pero me tienta adelantarme a esa posibilidad para saber de cierto si lo que escribo ahora se corresponde después exactamente con los hechos reales.”(1) Pero consideradas las dos obras expresión de una misma necesidad comunicativa, o en cierta manera envés y haz de una misma hoja, habrá que decir que la tendencia del escritor de valerse de estos recursos, que tienen que ver con las creencias más íntimas y ancestrales del ser humano, está presente no sólo en las citadas sino también en toda su creación aunque con desigual intensidad, sin escaparse siquiera el realismo rudo y cotidiano de su ópera prima Dos días de septiembre, ni tampoco la recreación memorística de su vida.

Caballero Bonald
El gusto por lo esotérico

Su interés por lo esotérico, o por lo mágico mejor, si tuviera que justificarse, asunto que tampoco debería ser necesario, habría que hacerlo aludiendo a determinadas circunstancias, y entre ellas a su pertenencia andaluza, pueblo entre el que el hecho supersticioso –o sus valores y su influencia, si se quiere- está fuertemente arraigado, y en cuyo espacio geográfico, ya real o inventado, transcurren todas sus novelas, recreando estructuras y grupos sociales, además de determinados tipos de población en la que los gustos y los miedos arrastran un lastre oscurantista innegable.

En Ágata, por ejemplo, lo mágico se sobrepone a lo propiamente real, aunque sin terminar de apartarse del todo. La trama argumental se levanta sobre el agotamiento léxico de un texto enrevesado y neobarroco con el que se pretende desenredar o desentrañar la vida en la vasta y árida planicie de las marismas de Malcorta y del Salgadera, topónimos que el autor asienta en la mítica tierra de Argónida, esencial no sólo para este texto sino para la construcción de la mayor parte de su obra, y en la que algunos hemos encontrado referencias innegables a Tartessos, y otros el vínculo con la mítica Atlántida, civilizaciones que comparten los halos del misterio y de la literatura casi como todo norte. Una civilización -la tartésica- que algunos investigadores sitúan en los mismos espacios en los que el poeta fija el territorio de su propia obra. Sin olvidar tampoco que la referencia argoniense favorece lazos, a lo mejor exclusivamente ficticios pero inevitables, con aquellos argonautas griegos que se embarcaron a la búsqueda del vellocino de oro, referencia mitológica a la que no es ajeno el creador y que cita en Toda la noche oyeron pasar pájaros (2) y metal que por cierto se convierte en el hilo de Ariadna que ayuda a esclarecer los inextricables senderos discursivos de Ágata. Dice su creador que “Argónida es un topónimo ficticio con el que suelo referirme literariamente al Coto de Doñana”(3) ; y añade Luis García Montero, a propósito del poemario Diario de Argónida, que aún coincidiendo en su delimitación con el paisaje del parque, “la intensidad simbólica de la literatura edifica una naturaleza cargada de mitología personal, un espontáneo impulso de la tierra, vengativo y laborioso, que ajusta cuentas con el desamparo de la realidad inhóspita” hasta convertirse en un legado que implica fantasmagóricamente a la realidad. (4) Un topónimo no exclusivo de Ágata ojo de gato, y al que se recurre casi de continuo en la mayor parte de su obra, hasta convertir a Argónida en un referente obligado del poeta y novelista. “Fue el mismo Epifanio quien nos contó que, yendo una vez por la raya del cazadero de Argónida en compañía de unos jerarcas, se dieron de buenas a primeras con un cochino encamado entre unos enebros” (5), dirá por ejemplo En la casa del padre; y otro tanto en Campo de Agramante, donde se menciona repetidamente casi sin llamarla por su nombre: “Recorrí en un instante la extensión proteica de Doñana, desde las dunas a las marismas y desde los pinares y alcornocales a las zonas lacustres.” (6) Habrá que esperar a la página 210 para encontrar la primera referencia directa, a un territorio al que el navegante vuelve y revuelve tanto en su vida como en su obra, y en el que oí contar al escritor que hasta hubo un buen día, en el que cuando acercó su barca a la orilla de alguna de sus muchas playas y charcas de cañas y lodo, se encontró con alguien de carne y hueso, que si no era Manuela, la protagonista de Ágata, era portadora de todo cuanto antes se había imaginado para la misma. Sublime coincidencia que el escritor relata a sabiendas del componente esotérico que supone, así como del interés que tal hecho despierta.

Portada de Ágata ojo de gato

Tampoco debe olvidarse los vínculos del narrador con el flamenco, con el que el autor ha mantenido estrechos lazos –profesionales y literarios-. En Dos días de septiembre la trama de la novela se enhebra entre la crueldad y el servilismo, e incluso el mal fario, que fueran características inevitables de los oficios que tuvieron que ver con el cante, manifestación cultural en la que la aportación de la raza gitana es indiscutible, pueblo en el que además, lo mágico y el miedo a lo inexplicable, como las artes o los usos por dominarlo, alcanzan una relevancia sobresaliente. Cultura, si los textos tienen algo de revelación sobre el parecer de su autor, para la que Bonald muestra su admiración y respeto: “Me agradaba, sin embargo, ver al tío departiendo sin ninguna ficticia naturalidad con aquella gente menesterosa y acendrada, oriunda de una ya extinguida progenie de inquilinos del edén y cuyas noblezas y hospitalidades se regían por unas leyes que nadie había promulgado.”(7) Es el mismo pueblo que alude a la inspiración y al pellizco con el nombre de duende y hasta de ángel (dos de las denominaciones usadas por los esotéricos para hablar de dos de sus criaturas más conocidas), y que serían las fuentes de su arte, algo con lo que se nace pero que difícilmente se aprende; quizá –como dijera Bonald- porque “el flamenco es una ceremonia en la que hay que participar después de haber pactado, digamos, con el diablo”. (8) Una revuelta que termina donde ya mismo veníamos diciendo.

Pero este gusto que ya podríamos decir premeditado y consciente, conviene relacionarlo con lo relatado por Bonald sobre los orígenes de su vocación, vinculándola a los versos –y todavía más a su vida- de Espronceda, uno de los escritores románticos españoles por excelencia, obligándonos a considerar la importancia de lo misterioso, de lo mágico, y en términos más amplio de las ciencias ocultas y de lo esotérico para los integrantes de ese movimiento. “Todos esos poetas –Blake, Coleridge, Wordsworth, Shelley, Keats, Byron- me condujeron a una habitación para mí desconocida de la mística romántica.” (9) La otra habitación confesa de la casa de la vida literaria de nuestro autor sería el gusto por el Barroco y en especial por Góngora. Y tampoco hará falta recordar que entre las claves de aquel movimiento destacan el triunfo de lo irracional –como en el romanticismo- frente a la frialdad de la razón, y la alegoría de la victoria de las curvas y enrevesadas formas frente a los fríos rectilíneos moldes del Renacimiento.

Portada de Campo de Agramante

El gusto por lo inexplicable y el miedo a lo desconocido está tan presente en la obra de Bonald, que incluso, cuando reconstruye su memoria, le asaltan episodios que lo evidencian. Cuenta en Tiempo de guerras perdidas, por ejemplificar, que “Aquella vez no había ninguna tormenta, era una noche apacible y como embutida en las húmedas cavidades de la negrura. Me había quedado mirando para el fondo del mar, apenas un amasijo de sombras salpicado de reflejos movedizos, cuando de pronto vi un punto de luz que aumentaba vertiginosamente de tamaño y que se dirigía hacia mí con una inapropiada aceleración. No me moví, dejé que esa claridad abundante llegara al parapeto de la muralla en que me había apoyado. Y entonces sentí como una placidez, como una clarividencia repentina. Enseguida me di cuenta de que estaba experimentando una visión beatífica, es decir, estaba viendo a Dios. Ya sé que quien recuerda se equivoca, pero yo he conservado durante más de cuarenta años la absoluta certeza de que aquella noche recibí una visita sobrenatural.” (10) O cuando en La costumbre de vivir relata a propósito de una casa alquilada para el veraneo en Conil de la Frontera (Cádiz), cerca del cabo de Trafalgar: “Todo concordaba de lo más bien con mi gusto, incluido el fantasma que empezó a aparecerse a poco de nuestra llegada. Resulta que una noche, al subir yo a una de las terrazas, entreví no un bulto vestido de negro capuz, como en la tortuosa leyenda romántica de Patricio de la Escosura, sino una silueta incolora ahondada en la penumbra, una especie de altorrelieve que se deslizaba por la blancura mate de la pared. Me quedé quieto un momento y la sombra también se detuvo. Di un paso al frente y la sombra se desplazó hacia el barandal. Luego, de pronto, ya no estaba en ningún sitio. No me atemoricé, simplemente me sorprendí”. (11)

Tampoco era, como reconoce el escritor la primera vez que tenía trato con fantasmas: “Tiempo atrás, cuando Joaquín Romero Murube era alaide del Alcázar de Sevilla, me habló de las apariciones fantasmales del rey Pedro I el Cruel en ciertas dependencias del palacio árabe. (...) Pues bien, algo después de esa lectura (Romero le había recomendado la Crónica del rey don Pedro del canciller López de Ayala), al atravesar yo una tarde, ya entre dos luces, el patio de las Doncellas del Alcázar, me pareció ver la errática figura del rey don Pedro tal como aparece en el retrato de Domínguez Bécquer, con una candela en cada ojo. No tardó en desvanecerse bajo unos arcos y yo creo que se dio cuenta de que lo había reconocido. Pero no dijo nada, ya que es muy raro que un fantasma de ese tipo, y más tratándose del rey don Pedro, acceda a comunicarse con cualquiera. Eso fue todo, pero qué privilegio el mío” (12). Textos que hacen evidente que los gustos por lo paranormal, o el interés por lo esotérico del escritor, gira precisamente en el sentido que venimos diciendo, algo que tampoco sería nuevo, baste recordar el título de aquel primer poemario suyo que fuera galardonado en 1951 con un accésit en los premios Adonais: Las adivinaciones.

Presencias noveladas

Analicemos ahora aunque someramente sus cuatro novelas y la presencia del gusto por lo esotérico que veníamos diciendo, algo que como hemos referido ya, es también una constante en la literatura clásica:

Dos días de septiembre (1962) vino a ser su primera novela. Entre sus páginas lo mágico, lo supersticioso es un elemento accesorio, circunstancial, determinado por el contexto o tangencial a lo hechos que se relatan, circunstancial, determinado por el contexto. Son suceso que diríamos los impone la trama que resulta de la vida e idiosincrasia de los personajes, de tal manera que su presencia en el texto es residual, no hay indicios tampoco de que el autor haya querido dotar a las posibles referencias esotéricas que aparecen de una fuerza especial ni de que muestre un interés particular o marcado por ellas. Y eso que el espacio vital en el que se desenvuelve la historia -el flamenco y la vida rural-, quizá lo hubiese permitido y sin estridencias. Y es también por eso que la presencia de los elementos en estudio responde al gusto y a los usos populares. La encomienda a la virgen de quien tiene dinero para procurar ganarse la gloria regalando un manto a la Verónica, los miedos cotidianos al levante, a la noche oscura salpicada por los perros que aúllan alertados por el obrero muerto de cuerpo presente. No es mucho lo que encontramos y lo que aparece está delimitado por la superstición que acompaña la vida de muchos pueblos: “Llegaba Serafín con la jarra de solera. Miguel metió los dedos dentro y se los pasaba por la frente. Luego cogió la jarra y derramó un chorrito de vino sobre el terrizo, que lo engulló casi sin dejar rastro. Crecía la vibración del viñedo (...).

-Cumplo con el rito de Hércules y los Geriones –dijo Miguel-. No es muy oportuno, me hago cargo, pero hay que conjurar los maleficios de la tradición.” (13)

Ágata ojo de gato (1974) sería en la obra de Caballero Bonald la referencia fundamental, la novela en sí es puro hechizo, narración extraordinaria en la que lo esotérico se sucede una página tras otras hasta convertirse en su esencia, reproduciendo casi los lazos que unen al hombre con la madre tierra en el sentido mítico y primitivo, sometiendo toda su trama incluso al influjo de una naturaleza abrasadora, de la misma manera como las marismas de Argónidas lo están a los ciclos del mar, recreando así, al modo del realismo mágico, un espacio que en manos del narrador se convierte en un marco excepcional, casi fantástico sin serlo, y en el que sus protagonistas sobreviven rodeados de supersticiones, magia, miseria y erotismo, como si todo fuese lo mismo.

En la novela las relaciones humanas están impregnadas de un halo de misterio y primitivismo, y si hay algo que yerra o faltase es el amor (tendría que releer la obra otra vez pero casi aseguraría que la palabra en sí ni siquiera aparece) que queda relegado o que se hunde entre las desordenadas relaciones de sus protagonistas sin llegar casi a encontrar hueco entre sus siempre sometidos cuerpos, como si sus propias vidas fuesen la ciénega o una de las charcas hediondas de la marisma, capaces de tragárselo todo, hasta el cuerpo del Normando.

En Ágata todo es real y fantástico al tiempo, todo existe y todo es de alguna manera inventado o reinventado. El escritor delimita un universo, apuntala nombres, localizaciones, fija un espacio sobre el que gravitarán en el futuro, con otras historias y otras tramas, gran parte de la totalidad de la obra de Bonald, como si la novela en sí hubiese intentado ser el génesis de todo, sin que le importe llegado el momento de que los vínculos se establezcan investidos de lo mágico o de lo cotidiano. Ágata es magia hasta en su construcción, en el uso de la terminología, en la desmesura de un vocabulario a ratos arcaico, y a páginas casi desvencijado y tan específico y raro para el común de los mortales, que su lectura llega a convertirse para los no iniciados en un tránsito por un texto abigarrado, en un gran puzzle, en un jeroglífico que insta a descubrir sus propias claves como fuesen las llaves de su entendimiento. Incluso su autor con ocasión de unas sesiones de estudio de la novela organizadas dentro de uno de los Seminarios de la Caballero Bonald, recomendaba no ya la lectura de la obra, sino que puestos a ella, la persistencia hasta descubrir que se acerca el final y con él el conocimiento. Y es verdad que la novela, a pesar de la complejidad que hemos anunciado, leída sin pararse demasiado en esos rompecabezas barrocos que decíamos, termina entendiéndose porque sobre su propia historia triunfa la música de las palabras y la vida de sus personajes más singulares. Ágata es invento, realidad y el punto de partida para la vida del Normando “Aquel hombre devorado por la infamia y poseído por el demonio”. (14)

En la novela se suceden casi de continuo hechos con el trasfondo de la magia y de otros valores esotérico; episodios que irán desde el momento aquel en el que el Normando hace la mudanza coincidiendo con el equinocio otoñal y entrega a la joven Manuela un amuleto que la proteja no sé incluso de ellos mismos, hasta la enigmática recreación de su muerte, en la que la magia se convierte en garantía de su tránsito cualquiera sabe a dónde: “Y fue la partera quien hubo de encargarse de arrimar al cuarto el lebrillo de la sal y el cabo de vela encendida en plenilunio y la botella de aguardiente y el manojo de yerbas de las Tres Marías. Hecho lo cual, nada parecía oponerse a que dieran comienzo unos trenos y plegarias que durarían hasta que ya no hubo otro remedio que sacar el féretro a los porches, en evitación de que aquel emponzoñado velatorio acabase también con los veladores.” (15)

Portada de Toda la noche oyeron pasar pájaros

Hasta ese momento se habremos tenido noticias sobre el tesoro que se guarda en las marismas y que solucionará o atormentará todavía más sus vidas, de aojamientos, mejunjes y pócimas con poderes diversos y supuestos, espejismos, momentos premonitorios, referencias indirectas o directas a Tartessos o a cualquier otra civilización perdida en las lagunas de la historia; conocimiento y disposición que irá transmitiéndose vía materna, como si en cierta medida triunfase un pacto del Hurón con el diablo, y por eso no sólo alcanzará a Perico Chico, el niño de ambos, sino a todos los seres que sobreviven al hilo de su historia y que -como el lector- terminan sumergidos en los efluvios de la ciénaga reconociendo la piel, las facciones y la fuerza erótica del animal con sed que fuese Manuela, llevada por una suma de sucedidos en los que la magia a veces aparece en un primer plano y otras se vislumbra maquillada entre los circunstancial y lo cotidiano, lo que quizá podríamos ejemplificar con esa piedra de licurio que cuelga primero de la embarazada Manuela y pasa después, por mano de Pedro Lambert, al de la también preñada Araceli, queriendo como perpetuar ese tránsito mágico que decíamos, aunque a veces hayan de valerse de personajes secundarios como “Jerónimo Pontedetrás, vecino de Malcorta y de sobra afamado por sus juntos oficios de alimañero, cestero y buscador de polvos de licopodio”. (16) Y en casi todo mezclando los saberes o las creencias más populares con los presupuestos esotéricos más rebuscados, finiquitando con la figura tan repetida por Bonald de los perros que aúllan venteados por la muerte, acción reforzada en esta ocasión con la metáfora de la casa que se hunde a la par que muere la musa, pero que arrastraba ya consigo de mucho tiempo atrás la maldición de la marisma.

En la casa del padre (1988) se persiste en el gusto por la superstición y el miedo de los diferentes sectores sociales que se definen en la trama narrativa, pero al tiempo se van fijando algunos elementos que después irán apareciendo, de un modo u otro, en las siguientes obras de Caballero Bonald. Se recrea igualmente la realidad, pero esta vez acercándola a las tesis del realismo mágico, aunque tímidamente, haciéndolo patente con estampas que cuando menos resultan sui géneris o pintorescas. Así ocurrirá con el leopardo disecado en el salón, o los ya famosos “acostados” de Bonald. Igualmente encontraremos la mención a un misterioso cofre cuyo contenido habrá de esperar casi al final para ser desvelado, referencias a fantasmas, a ángeles, a crucificados vigilantes, a Satanás: “(...) Llegó una noche a casa Alfonso María con la expresión inconfundible del que ha escapado a viva fuerza de una disputa con Satanás. (...) Los dos estaban inusualmente recogidas en sus habitaciones cuando llegó Alfonso María.” (17) Y hasta a pájaros misteriosos que vuelan hacia atrás desafiando las leyes habituales de la naturaleza.

Portada de Días de septiembre

Toda la noche se oyeron pasar pájaros (1981), es quizá la novela (exceptuando Días de Septiembre que se mueve en otra órbita) en la que yo he percibido, que aún concurriendo situaciones que hubieran dado para mucho en el ámbito que analizamos, el autor prefiere la realidad sin extralimitaciones, y aunque habrá referencias a lo esotérico y a lo mágico, aparecerán siempre de manera accesoria sin interferir demasiado en el cuerpo principal. Y eso que el título, con reminiscencias inevitables a las migraciones de aves guiadas por las fuerzas telúricas, parecía prometer una deriva que después no sigue. Caben sin embargo destacar las veladas percepciones del viejo Leiston, quizá embutidas en su afición a la bebida, las apariciones espectrales de Jaquemate junto a los ahogados en la mar, y las alusiones a las visiones seráficas de la pobre Fita, que naciera con los dedos de una mano palmeados y que profesaría de monja “atormentada por los demonios de la clausura” (18) aunque con ciertas concesiones propias de su ascendencia. No puede obviarse tampoco la presencia de Marquitos el monstruo, aunque no sé si la le viene por la deformidad física que espantaría a la pobre institutriz, cuando la descubrió casi en trance aprovechando la visita a las cuadras para cubrir sus necesidades con el sexo de un potro, o por la práctica de recoger en compañía de otro de su calaña, algunos de los enseres y prendas de los recién fusilados a pie de playa. Ni tampoco los ya citados fantasmas del mar ni las apariciones de náufragos que sitúa Mojarrita sobre el mapa que realiza del fondo marino de la bahía, o aquellos que alguien cree vislumbrar en el momento de lanzar las cenizas de Leiston al agua “hasta que la mar lo devuelva el día de la resurrección”. (19) No faltan las alusiones a Argónida, aunque siempre como a un ente real, ni los perros que ventean la muerte o las menciones a los miedos populares, como la “aversión atávica y supersticiosa por la culebra, un repullo maléfico oriundo tal vez del mismo poso sensorial que espanta hasta el pánico furioso a los caballos”. (20)

Campo de Agramante (1992), la última de las novelas de Caballero Bonald es seguramente la confirmación del gusto o del interés del escritor por los temas paranormales.

El relato de la insulsa vida del protagonista, salpicada de cotidianidad, se convierte en cierta medida en especial desde el momento en el que cree “padecer” una perturbación sensitiva que le permite anticipar, no ya los sucesos, sino los sonidos que acompañarán a los mismos. Juega –porque no terminará de descifrarlo el autor en el curso de la novela- con cierta patología que le afecta al riego sanguíneo y que puede estar en el origen de sus supuestas capacidades. Escrita en primera persona, como si fuese el resultado de la reflexión sobre su vida y accesorios (los amores de su tío con su madre viuda descubiertos cuando ya le eran casi conocidos o familiares) la novela se convierte al tiempo en el relato que hace el protagonista de sus anticipaciones, con el propósito de dejar por escrito lo que ocurrirá y constatar después su veracidad y exactitud.

Sede de la Fundación Caballero Bonald en Jerez de la Frontera

Y así aunque las predicciones o los presagios serían el hilo conductor de la narración. No faltarán episodios de traslación espacial o de visiones fantasmagóricas: “Cuando ya me disponía a dar la vuelta, descubrí allí mismo, junto a unas chumberas roñosas, lo que parecía ser un chozo abandonado. Este chozo era de planta irregular, con la techumbre de brezo ya en parte desmoronada y unos muretes de piedra sin labrar en los que persistían los carretones de una cal antigua. (...) No emprendí todavía el camino de vuelta, me quedé observando aquel chozo como si lo reconociese. Había allí un silencio similar al que sale de un pozo donde acaba de arrojarse una piedra. Y había también por alguna remota interioridad de ese silencio, una congoja discontinua, como un remanente de súplica que venía a materializarse justamente en el sitio donde yo estaba. Iba a bajarme del coche, pero lo pensé mejor y maniobré para volver por donde había venido. (...) Mientras recorría otra vez la trocha en sentido contrario, tuve la certeza incidental de que no era la misma de antes.” (21) Hallaremos también alusiones al curanderismo al citar a una vecina de Jédula, pedanía de Arcos de la Frontera, Cádiz, de nombre Anita Latemplaria (no puede obviarse tampoco la referencia esotérica del sobrenombre), a la que se imputan poderes adivinatorios y de curación por imposición de manos. No faltan las referencias a seres mitológicos y al enigmático Tartessos: “Metió el brazo hasta el codo por dentro del refajo y sacó un pequeño hatillo. Lo desató muy deprisa y me fue mostrando lo que contenía, a saber: varias conchas de berberecho agujereadas y atadas con un bramante, un trozo de diadema al parecer de oro y probablemente tartésica (...)”. (22) Se dan incluso apariciones espectrales, aunque sean de la amorosa Elvira, todavía viva y con la que el protagonista mantiene esporádicas relaciones sexuales; o alusiones a la telepatía de la mano del protagonista que muestra así su interés por leer sobre la misma o por conocer hasta qué punto se da entre hermanos gemelos. Tema el de los gemelos recurrente en Bonald, que ya lo había abordado en Toda la noche oyeron pasar pájaros, donde el autor fija el tema entonces en las niñas mellizas de don Fermín. (23) Hay también hermosas referencias a leyendas que cuentan del significado de ciertos árboles entre determinados pueblos: el baobabs, el calambar y la araucaria. Repite, hasta convertirse en clave para la resolución de la novela, o por lo menos de su intrahistoria, la visión de un bosque en llamas. Y hay por haber hasta apariciones fantasmales de árboles, que si no son ciertas, acontecen en la mente del protagonista. Se da noticias también de los barcos fantasmas, que hundidos en los arrecifes de Salmedina, Sanlúcar de Barrameda, donde acontece todo, reaparecen en las noches tempestuosas. Está incluso la referencia a cierto tesoro, un carro de oro oculto en Argónida, ese mito que ha crecido con la obra de Caballero Bonald, y que quién sabe si no tendría algo que ver con aquel tesoro que ya regaló la marisma en Ágata a Manuela y sobre el que apareció muerto el Normando. Aparecen también citas al fenómeno de combustión espontánea por el que determinados fuegos prenden solos y procesos de traslación espacial del protagonista, sin llegar al grado de viaje astral. Y sobre todo en la obra están presente las inconclusas relaciones que mantienen madre e hijo, alargadas hasta la obstinación del segundo empeñado en “imaginar todo lo que hacía y decía mi (su) madre cuando y no estaba con ella”. (24)

Revista literaria Campo de Agramante


A nivel cuantitativo

Por si la estadística tuviera algo que decir en estos asuntos, anotamos ahora el número de veces que aparecen alusiones a fenómenos que tienen que ver con la materia que hemos analizado. Así vemos que en Días de Septiembre hay al menos seis situaciones que aluden, aunque fuere de pasada, a temas esotéricos o supersticiosos. En Ágata ojo de gato es por lo menos de cincuenta. En la casa del padre hemos contado más de dieciocho ocasiones en las que lo paranormal o lo extraordinario está presente; y en Todo la noche oyeron pasar pájaros los referencias directas o indirectas se acercan a la veintena. En Campo de Agramante los sucedidos que tendrán que ver con nuestro estudio, como en Ágata, la cincuentena; de ahí que ambas sean las referencias esenciales para el análisis que hacíamos de la presencia de tales fenómenos en la obra de Caballero Bonald, que queda, según hemos ido diciendo, suficientemente constatada.

NOTA DEL BLOGUERO: El presente artículo se publicó en la revista argentina Étimos, pero es inédito en España, por lo que le doy las gracias a su autor. De Manuel Bernal pueden ver reseña en este blog de su libro La invención de la generación del 27

NOTAS DEL ARTÍCULO

1) Campo de Agramante, pág. 139. Seix Barral, 2005

2) Toda la noche oyeron pasar pájaros, pág. 269. Seix Barral, 2006

3) Somos el tiempo que nos queda, pp. 527-528

4) García Montero, Luis: El Libro Andaluz número 35, 2000

5) En la casa del padre, pág. 82. Compactos Anagrama, 1996

6) Campo de Agramante, pág. 157. Seix Barral, 2005

7) Ib. pág. 211

8) Quiñonero, Juan Pedro entrevista a José Manuel Caballero Bonald en Las artes y las
letras, febrero de 1970

9) Tiempo de guerras perdidas, p. 140

10) Ib pág. 181

11) La costumbre de vivir, p. 393. Alfaguara, 2001

12) Ib.: pp. 394-395

13) Días de septiembre, p. 60. Compactos Anagrama, 1993

14) Ágata ojo de gato, pág. 39, Bibliotex, SL, 2001

15) Ib. pág. 253

16) Ib. pág. 196. Conviene aclarar que el licopodio es una planta rastrera que crece en lugares húmedos y sombríos y que sus esporas se utilizan en preparados farmacéuticos.

17) En la casa del padre, pág. 144. Compactos Anagrama, 1996

18) Toda la noche oyeron pasar pájaros, pag. 216. Seix Barral, 2006

19) Ib. pág. 246

20) Ib. pág. 211

21) Campo de Agramante, pág. 38. Seix Barral, 2005

22) Ib. pág. 116

23) Toda la noche oyeron pasar pájaros, pág. 263. Seix Barral, 2006

24) Campo de Agramante, pág. 244. Seix Barral, 2005

PORTADA: Grabado de Francisco de Goya El sueño de la razón produce monstruos, de la serie Los Caprichos, 80 estampas realizadas entre 1793 y 1796, publicadas en 1799. Técnica: aguafuerte y aguatinta.

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