viernes, 9 de septiembre de 2011

VIDA DE POETA: ROBERT WALSER


EXCURSIÓN

Recuerdo que hace varios años –era verano- emprendí mi primera excursión larga, en la cual vi una serie de cosas bellas y maravillosas. Mi equipo consistía en un traje claro, barato, que llevaba puesto, un sombrero azul oscuro en la cabeza y un hatillo en la mano. Cosido al bolsillo del chaleco, y en forma de un impecable cheque bancario, llevaba mi dinero ahorrado rumbo al ancho, fresco y luminoso mundo. De un grupo de atrevidos jovenzuelos con los que me crucé por la calle, uno me gritó por detrás, en tono burlón: « ¿Adónde irá aquel larguirucho con su morralito? ».

Se refería a mi absurdo y miserable hatillo, que le resultaba un tanto ridículo a su propio portador y propietario. Pero yo, sin preocuparme mucho de aquellas burlas, que no podían tener mayor importancia, proseguí muy contento mi viaje y, mientras caminaba, tenía la impresión de que el mundo entero y redondo avanzaba junto conmigo. Todo parecía viajar con el viajero: prados, campos, bosques, sembríos, montañas y, por último, el mismo camino comarcal.

Sentíame celestialmente libre y de buen ánimo. Iba caminando a mi aire y a la vez con cierta prisa, cruzándome con toda suerte de gente que, de vez en cuando, saludaba amablemente a aquel joven y alegre viajero, a aquel goliardo andariego, lo cual me obligaba a ser también muy atento. ¿Acaso una cortesía no llama siempre otra?

Aún recuerdo algo mojado, neblinoso, frío –probablemente fuera el amanecer que me palpaba con sus dedos húmedos y, poco después, algo caliente, blanco y verde: el mediodía con el polvo del camino y la luz seca y deslumbrante del sol sobre las verdes praderas.

Durante un rato seguí el curso de un río, luego me adentré en la montaña. Me salieron al encuentro varios cerros con castillos ruinosos sobre sus altas espaldas. El cambio y la monotonía alternaban alegremente: ciudades, fortalezas, montes, valles y aldeas solitarias. El camino se internaba en el desfiladero angosto, oscuro, salvaje, frío, volvía a salir inesperadamente de la soledad y estrechez de la roca, echaba a correr como llanura, centelleaba y sonreía como un hermoso río azul, o se detenía de pronto, gallardo y respetable, en el verdor candoroso y severo de algún bosque, y volvía a emerger luego como una arrogante montaña. Lo extraño y aventurero corrían parejos con lo bello y lo personal e íntimo; la luminosidad del mediodía mudábase al atardecer en una penumbra misteriosa, agradable e intensamente deseada, y el calor, en un frescor dulce y entrañable.

Aquí y allá, llegada la hora de buscar refugio, pernoctaba en viejas posadas; así recalé una vez en una alcoba que, debido a su espaciosidad espléndida y a su melancólica austeridad, hubiera podido hacer fácilmente las veces de una solemne sala de sesiones.

El último paseo de Walser. El autor murió durante un paseo por los alrededores del manicomio de Herisau (Suiza)

Una mañana, hasta donde recuerdo, hallándome a mitad de una suave cuesta, bajo unas encinas, me puse a contemplar un adorable pueblecito perdido entre el bosque y la montaña, que brillaba a mis pies bañado en la hermosísima, cálida y benévola luz de una mañana estival. ¡Qué alegría tan sana y buena procura el vagabundear! Sólo las alegrías inocentes son verdaderas.

Parajes agrestes y tempestuosos alternaban con otros amenos y dulces, así como también casas pobres, siniestras, desoladas y abandonadas, con otras decentes, bien puestas y lujosas; y aquel andariego sin tregua, esa especie de vagabundo alegre, satisfecho y libre de preocupaciones –pues así debía de sentirse–, se entretenía muchísimo observando atentamente toda esa gran variedad de cosas que iban desfilando ante sus ojos.

Tan pronto me rodeaba la diafanidad del alba o la serena luz del día, como me veía, al caer la tarde, envuelto en una pálida luz espectral, sobre la cima de alguna extraña colina, en la penumbra del crepúsculo, teniendo a mis pies un paisaje que podía ser matutino o vespertino.

Entre una y dos horas anduve por un valle tan solitario, extraño y apartado que, al recorrerlo, me imaginé que una remotísima época histórica había vuelto al mundo y que yo mismo era un peregrino medieval. Hacía calor, y por ningún lado divisábase el menor asentamiento humano ni el más leve indicio de laboriosidad, cultura o esfuerzo. Los páramos ejercen una fascinación maravillosa, aterradora.

Hacia el final de la excursión llovía intensa e ininterrumpidamente, a tal punto que, de buena o mala gana, alegre o afligido, contento o descontento, y sí totalmente empapado y calado hasta los huesos, tuve que llegar a la meta.

Robert Walser

Traducción: Juan José del Solar

Editorial: Siruela

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