jueves, 14 de julio de 2011

LAGUARDIA NEGRA


En la "Muy Noble, Leal y Coronada Villa" de Laguardia (Álava), famosa por su trazado medieval; sus murallas; las empedradas calles que esconden en el subsuelo un intricado laberinto de cuevas utilizadas como bodegas; el monasterio templario de Santa María de los Reyes; bla, bla, bla…, y (hasta aquí quería llegar)… ¡SUS MARAVILLOSOS VINOS!, como municipio de La Rioja Alavesa que es; decía que en este apacible y bucólico pueblo sucede una historia de sorprendentes tintes siniestros gracias al último trabajo del escritor Manuel Blanco Chivite.

Fiel a su estilo preciso, con economía de medios, Chivite nos va llevando por un relato donde dos obsesiones buscan venganza. Como la reflexión del propio hecho de escribir que se encuentra en este trabajo, el narrador pretende ser el cronista de una historia en la que irremediablemente se verá involucrado.

Manuel Blanco Chivite

Si en De bar en bar hasta llegar al mar Chivite nos mostraba un libro difícil de encuadrar en un género, ya que era un cajón de sastre de varios; como es el diario; la entrevista; el testimonio (para mi lo mejor del libro); las memorias; sentencias y frases; el comentario político; el humor; etcétera, en este relato largo (208 págs.), más que novela, el autor nos presenta una narración de corte aparentemente clásica en la factura, pero heterodoxa en el fondo en el que, de alguna forma, el autor se cuestiona el mecanismo, el artefacto en la que la novela policial acaba convirtiéndose. Y digo heterodoxa porque no hay una investigación, ni una peripecia detectivesca, y la policía sólo aparece de refilón en la historia. Eso sí, se cumple con el número áurico de la novela negra clásica, hay 3 muertos.

La génesis de esta historia la podemos encontrar en un cuento corto ya publicado en el volumen Trío de negras, un trabajo de encargo (patrocinado por la Diputación Foral de Álava) que reunía relatos de Fernando Martínez Laínez, José Miguel Fernández Urbina y el propio Chivite. Pero Laguardia negra no es el resultado de alargar aquel cuento corto (“Biasteri Tango”), sino el de profundizar en una historia que, por limitaciones del proyecto, no se pudo abordar en su momento.


El protagonista es Blas Jadraque, periodista y escritor a su pesar, o eso es lo que nos quiere hacer creer. Llega a la villa con el encargo de escribir una novela negra, una novela que será la primera de una serie ambientadas en diversas zonas vinícolas. De hecho, ese fue el encargo que recibió Chivite en Trío de negras, apunto esto porque en este juego de espejos, de realidad y ficción, del escritor protagonista de su propia fabulación… tiene mucho que ver con la trama de esta historia. Como digo, Jadraque es el hijo de Vicente Jadraque, el gran periodista y escritor, famoso, hombre de éxito, cuyo ego es tan grande que paga el IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles), trabajador incansable… en fin, todo lo contario de Blas que es un apático, cínico, escéptico, perezoso e indolente gacetillero que vive a la sombra del “gran jefe”. Vicente Jadraque está detrás del encargo de esta novela para su hijo, que con “palmaditas” y pequeñas ayudas, pretende mantener viva la carrera literaria (escasa en contenido y continente como escaso de carnes era el jamelgo de Don Quijote) de su vástago. Claro que, según cree Blas, todo el empeño paterno tiene el objeto de, por comparación, alimentar más si cabe la fama del progenitor. Es como decirle: Chico, yo te ayudo pero nunca llegarás a mi altura. Bueno, esto es lo que nos hace pensar Blas a través del diario de trabajo que empieza a escribir en Laguardia con el objetivo de abordar esa novela para la que no tiene ni argumento, ni trama, ni personajes, no diálogo interior, ni cosmología, ni siquiera un propósito ni idea propia del mundo que expresar en ella. ¡Coño!, ahora que lo pienso, como lo que les falta a muchas de las novelas de éxito que se publican ahora… En fin, que lo único que tiene Blas es un paisaje, un decorado y lo más importante, un autor, él mismo. Eso sí, querido Manolo, el tal Blas me parece un imbécil redomado y el pretendido “Padre Padrone” no es más que un vanidoso y ególatra, pero eso es inherente al mundo literario, en fin, que no me parece tal malo como para justificar el odio de su acomplejado hijo.


Como una sombra surgida del laberinto subterráneo de las oscuras bodegas de Laguardia se le aparece a nuestro autor sin historia un personaje, un fotógrafo que se presenta como Jesús Viana. Él le explicará una vieja historia, una historia de dolor y de venganza, por persona interpuesta, que tiene a la noble villa como escenario. ¿Tendrá Blas ya la historia que estaba buscando para su novela?...

© JAVIER CORIA
El Garaje Ediciones

Biblioteca Negra

NOTA: “Biasteri” es el controvertido nombre en euskera de Laguardia, digo controvertido porque los expertos no se ponen de acuerdo en el origen del topónimo.

2 comentarios:

  1. Gracias por el artículo, Javier. Ciertamente el padre no es "tan malo"; ocurre que no supo ser el padre adecuado, lo que produce esa envidia-aversión del hijo, quizás tan egocéntrico como su progenitor. Su obsesión le encierra y le impide tanto como su padre articular su propia vida. Enfin, como siempre, en esto de las interpretaciones la última palabra la tiene el lector. Gracias de nuevo
    Manuel Blanco Chivite

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  2. No hay de qué. En eso tienes razón, Manolo, al final quien terminamos las novelas somos los lectores.

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