jueves, 9 de junio de 2011

LA MANCHA NEGRA


Nota Editorial

La mancha negra narra la historia de dos naufragios muy diferentes entre sí: el del petrolero Prestige frente a las costas de Galicia y el de un policía gallego afincado en Madrid que arrastra la peor racha de su vida...

...Dos desastres inminentes en torno a la insólita figura de Manfred Gnädinger, el alemán de Camelle, a menudo considerado como la única víctima que provocó el hundimiento del obsoleto navío. Manuel Sánchez Dalama ha novelado las circunstancias que rodearon el naufragio del Prestige, entreveradas con una historia de amistad, venganza y narcotráfico, para construir un relato sobre las razones e instintos que llevan a buscar el verdadero sentido de la vida, aunque muchas veces esta búsqueda conduzca a las mismas puertas de la muerte.

PREFACIO (extracto)

HAY RECUERDOS QUE PALPITAN CON UN FULGOR ESPECIAL en nuestra memoria, indemnes, a salvo del paso del tiempo, como ilusiones vivas a las que es imposible renunciar. Uno de los que conservo con mayor ternura es el del verano en que, por primera vez en sus vidas, mis padres decidieron tomarse unas cortas vacaciones. Y alguien les sugirió visitar un pueblo costero donde en agosto el clima resultaba agradable, el alojamiento barato y los paisajes muy diferentes a los de nuestra abrupta Sierra del Courel. Fueron ésas las inolvidables vacaciones de mi infancia, las que comenzaron estimuladas por el estreno del Seat de ocasión que nos llevó a conocer el mar. Una verdadera aventura para un niño de once años.

Corrían los primeros años de la democracia en nuestro país. Camelle era, según había comentado papá, un pequeño pueblo de pescadores acostumbrados a digerir la miseria apelando a todos los medios posibles. Por esa razón, tal vez, sus habitantes acogían con campechana cortesía a los escasos visitantes y no dudaban en compartir con ellos los bienes que poseían. Para mis padres estaba bien: se trataba de un lugar donde el tan ansiado descanso se hallaba al alcance de la mano y el aire marino ayudaría a superar los ataques de asma que por aquel entonces hacían de mí el chico más débil de la clase. De más está el decir que la maldita asma se quedó en la escuela y el paraíso se sentó a conversar conmigo a la orilla del mar.

Camelle era el violento encontronazo del océano contra unos arrecifes donde los percebeiros se jugaban la vida entre las rocas, el cambiante azul de la estrecha ría.

El escritor cubano Manuel Sánchez Dalama

Rematada en una playa que la marea baja estiraba como un acordeón, la multitud de descaradas gaviotas escoltando las barcas que regresaban de faenar, la bandada de chiquillos correteando libres por la costa, el yodado olor de las algas, las pacientes palilleras trabajando a las puertas de sus casas, la aglomeración de pequeñas fincas separadas por altos muros de piedra. Y Camelle también era, tras el puzzle de fincas, los montes que atenazaban al pueblo, coronados por peñascos cuyas formas sugerían enigmáticos castillos, siluetas cambiantes con el paso del sol, sombras y escoltas del atardecer.

En el pequeño pueblo viví experiencias insospechadas para alguien que sólo había visto el mar en películas. Sorprendido ante la inmensidad de un océano cuyo rugir, ola tras ola, parecía la respiración de un gigantesco ser vivo. Absorto en la búsqueda durante la marea baja de los animalillos atrapados en las pozas que salpicaban la costa. Intrigado por los misterios ocultos en los escarpados montes que cercaban la aldea y descendían casi en picado hasta desaparecer en el abismo. Libre, al fin, para incursionar en lo desconocido tan lejos como mi valor lo permitiera.

Curioseando por el litoral descubrí cómo la naturaleza se repetía a escalas diferentes, de menor a mayor. Una piedra semejaba la versión reducida de una montaña; un charco lo era de un lago, y también del mar. Lo que para una hormiga podía resultar enorme, para mí resultaba insignificante; y yo lo era con relación al firmamento repleto de estrellas. Todo en la naturaleza parecía diseñado con los mismos patrones, pero en diferentes proporciones. Y en cada nivel de la escala vivían multitud de plantas y animales a los que, paso a paso, fui descubriendo…

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