martes, 23 de febrero de 2010

ADOPCIÓN DE LIBROS

“El primer rayo de luz que ilumina las tinieblas y convierte en deslumbrante resplandor la oscuridad en que habría aparecido envuelta la historia antigua de la vida pública del inmortal mister Pickwick, surge del detenido examen del siguiente asiento que aparece en el libro de actas del Club Pickwick, y que con al más alto placer presenta a sus lectores el editor de estos documentos, como prueba de la cuidadosa atención, incansable asiduidad y fino análisis que han presidido su investigación entre los variadísimos documentos a él confiados.”

Así comienza el capítulo primero del primer tomo de esta edición de Los papeles póstumos del club Pickwick, que así es el título completo de la primera novela de Charles Dickens que fue publicada por entregas entre 1836 y 1837. De la editorial Juventud y traducido por Juan de Paso (¿será un seudónimo?), la presente edición está fechada en 1943. Lo particular de la misma es que me la encontré en la calle, los dos tomos. Yo tengo otra edición traducida por José María Valverde, al que conocí, admiré y que seguro que se asomará por esta bitácora.

Desde hace años adopto libros. Unas veces de familiares, otras de amigos o conocidos, más de éstos últimos porque abundan más que los primeros, la cuestión es que cuando alguien se quiere deshacer de un libro, lo trae al refugio de libros que tengo montado en mí casa, eso sí, no acepto todos los libros. Los rechazados se van a una organización solidaria que los envía a Nicaragua o Cuba.

Muy raramente me los encuentro tirados en la calle, al lado de un contenedor de basuras. Pero cuando esto pasa tienen la delicadeza de dejarlos fuera del mismo. Claro que luego están las formas organizadas, y no me refiero a la conocida por todos, el BookCrossing (Bucósin, que dice uno), sino a unas iniciativas pequeñas que conozco de primera mano. La primera se da en la bodega donde compro a granel un vino del Priorato que quita el sentido, pero literalmente, porque los 14 grados de tintorro hacen que acudan a mí el mismísimo Baco y Morfeo juntitos de la mano. ¡Que difícil es retomar el trabajo después de la sobremesa española!

A lo que iba, en la bodega citada, recogen libros que les traen los clientes y los ponen en unas cajas delante del establecimiento, para que los transeúntes los puedan coger (no amigos argentinos, no es lo que ustedes se piensan). Claro que ya se pueden figurar los libros que llegan allí. Las enciclopedias que, para decorar el mueble del comedor, se compraban a plazos en el Círculo de Lectores, los coleccionables de todo tipo y nunca terminados, las ediciones baratas que regalan los periódicos, etcétera. A veces, viendo el contenido de la caja, te puedes hacer una idea del dueño de los libros, sobre todo cuando concurren los títulos que todos, en diferentes fases de nuestra vida, hemos acaparado y, en el mejor de los casos, leído. Me refiero una vez que la caja estaba llena de libros de psicología, de antropología social, de marxismo, de sexo… solo faltaba el póster de Víctor Jara.

La segunda iniciativa me toca de cerca, ya que se lleva a cabo en el bar de mí hermano. Allí tienen la “CambioTeca”. En la planta baja del local hay una librería montada con sus lámparas de lectura y todo. Pero con una particularidad, cualquiera puede llevarse un libro a su casa, y quedárselo, con la única condición de que deje otro a cambio. La verdad es que la iniciativa está dando resultado, pero de momento, curiosamente, son más los libros dejados que los que se llevan.

Pero recordando las enciclopedias decorativas me viene a la memoria la anécdota que cuentan sobre Dickens, desconozco si es cierta o no. Dicen que en la biblioteca del escritor destacaban 19 volúmenes de unos extraños libros con un título rarísimo. No pocos intentaron conocer de cerca esta obra, pero eran disuadidos por Dickens. La realidad es que se trataba de unos libros falsos que escondían una cuidada colección de tallas de madera de temática erótica.

Por cierto, no dejen de leer esta novela, una obra maestra.

© JAVIER CORIA

2 comentarios:

  1. Muy interesante. Eso de cambiar etc. aunque personalmente aún nunca me he deshecho de ninguno, voy buscando huecos :-)

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  2. Los unicos libros que me es dad adoptar son los de la biblioteca paterna. Adoptar es un eufemismo, los robo descaradamente. Con premeditación y alevosia voy desmantelando una biblioteca que fue la que me dio de mamar literariamente, amparándome en el desinterés que actualmente suscita en mis progenitores. Sinceramente, creo que están mejor conmigo. Casualmente, "Los papeles póstumos del club Pickwick" es uno de ellos.

    Pero por la cosa de que los hijos aprenden sobre tdo del ejemplo de los padres, me da por pensar últimamente que los míos tal vez me imiten y empiecen a birlarme mis propios libros. Perdón, quise decir adoptar;-P

    En mi ciudad hay una taberna muy pintoresca, en el puerto pesquero, que tiene un sistema de intercambio de libros. Están ubicados en estanterías por todo el local y puedes llevarte cualquiera a cambio de dejar otro ejemplar.

    Saludos.

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